Opinión

Nacionalistas y globalistas

Actualizado el 28 de marzo de 2017 a las 12:00 am

El punto clave en este tema es la relación entre fronteras, cultura y conexión

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WASHINGTON, DC – Las elecciones holandesas se constituyeron, después de algún tiempo, en la primera luz de esperanza para las personas en Europa y Estados Unidos que se encuentran profundamente preocupadas sobre si la reacción violenta contra la globalización llevará al poder a aún más partidos políticos de blancos “judeocristianos”. El primer ministro holandés, Mark Rutte, derrotó al candidato antiislamista Geert Wilders, quien había planteado el cierre de las fronteras holandesas, la clausura de las mezquitas y la prohibición del Corán.

La manera estándar de describir a las fuerzas políticas que incluyen desde aquellas del partido Fidesz de Viktor Orbán en Hungría hasta las del Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia, así como también a los partidarios de Donald Trump en Estados Unidos es denominarlas como fuerzas “populistas”. El populismo se define como una tendencia política de las clases populares yuxtapuesta a una tendencia política de las élites. Sin embargo, por lo menos en Estados Unidos, la ideología de Trump –que poco tiene que ver con el tradicional conservadurismo republicano– enmarca el eje de división no como “los muchos” contra “los pocos”, sino como los nacionalistas contra los globalistas.

En el primer número de American Affairs, una nueva revista conservadora dedicada a “explorar el verdadero contenido de nuestra ciudadanía común”, el catedrático de la Universidad de Georgetown Joshua Mitchell escribe que “en varias generaciones los conservadores pensaron que el enemigo interno era el progresismo. Hoy en día, estos conservadores tienen la idea de que se están enfrentando a un nuevo problema: el populismo”.

De hecho, Mitchell sostiene que lo que realmente está sucediendo no es un movimiento de masas populares, sino una “rebelión en nombre de la soberanía nacional”. Una rebelión en nombre de una nación conectada, de ciudadanos conectados unos con otros, conectados a sus “pueblos, ciudades, Estados y a su patria”. La forma como Mitchell explica lo que sucede, es que el nacionalismo de esta rebelión es un nacionalismo con conexión a tierra, enraizado en la riqueza de las asociaciones voluntarias que Alexis de Tocqueville identificó como el antídoto estadounidense contra el universalismo racional abstracto de la Revolución francesa y de las revoluciones en el resto del continente americano.

El punto clave en este tema es la relación entre fronteras, cultura y conexión. Al mantener la soberanía a escala nacional en lugar de hacerlo a escala global, las fronteras pueden ser defendidas y las comunidades pueden ser definidas y mantenidas. Si esas fronteras se disuelven, lo que une a los seres humano ya no son las comunidades o las culturas que comparten, sino solo su identidad. Por lo tanto, Mitchell argumenta que el globalismo y la política de la identidad colectiva van de la mano, y que ambas tendencias están desvinculadas de la identidad nacional.

Ser etiquetado como globalista sin raíces es siempre peligroso, tal como el pueblo judío lo sabe bastante bien. El principal insulto antisemita soviético fue “cosmopolita sin raíces”, un término usado para referirse a los intelectuales judíos, y con el que Vladimir Putin se sentiría perfectamente cómodo en la actualidad, al mismo tiempo que resucita al nacionalismo ruso fundamentado en la Iglesia ortodoxa rusa, la Madre Rusia y la cultura campesina eslava.

En EE. UU., muchos partidarios de Trump también mancillan a los globalistas por lo que ellos sienten es un desdeño cínico. Ellos montan en ira contra lo que perciben como creencias cuasi religiosas –de hecho, un fariseísmo– de la izquierda.

Después de las elecciones presidenciales, Sam Altman, presidente ejecutivo de una prestigiosa incubadora de empresas emergentes en el Valle del Silicón, pasó varios meses viajando y dando charlas a lo largo de todo Estados Unidos a audiencias compuestas por votantes de Trump. Cuando la conversación tocaba el tema de las reacciones de la izquierda a la victoria de Trump, muchos de sus interlocutores argumentaban que “la izquierda es más intolerante que la derecha”. Altman observa que esta opinión “surgía mucho, y con verdadera animadversión, en conversaciones que de lo contrario eran agradables”.

Él cita a una persona quien dijo: “Dejen de llamarnos racistas. Dejen de llamarnos idiotas. No lo somos. Escúchenos cuando tratamos de decirles por qué no lo somos. Oh, además, dejen de burlarse de nosotros”. Esa percepción de una combinación de arrogancia y fanfarronería hace que la irritación explote, y se convierta en furia y en fantasías de venganza.

Los actuales asesores de la Casa Blanca tienen una reacción similar. Un nuevo perfil de Kellyanne Conway, directora de campaña de Trump que se convirtió en asesora de la Casa Blanca, señala que ella “no ha olvidado la manera cómo las personas la trataban cuando pensaban que era una perdedora segura. Su actitud no fue una de absoluta descortesía o menosprecio; fue una aún mucho peor. La trataban con condescendencia melosa “con la amabilidad indulgente y adulona de las personas que tienen las personas que piensan que son mejores que tú”.

Hasta ahí no más llegó la educación superior que trata de enseñar a cuestionar y manejar las emociones. Los estudiantes de primer año de Derecho en Estados Unidos aprenden a reprimir sus intuiciones naturales de justicia –por ejemplo, la intuición de que si un automóvil defectuoso causó un accidente y lesionó gravemente a un niño, con toda seguridad el fabricante debe pagar por ello– y aprenden a dar lugar a un análisis cuidadosamente razonado de los costos y beneficios para la sociedad en su conjunto. Ese entrenamiento a menudo significa que las “élites” altamente educadas, que socializan principalmente entre sí, olvidan o ignoran intencionalmente el papel de la emoción en la política, excepto cuando los asesores de campaña producen un sinfín de vaporosos anuncios políticos para hacer “sentir bien” a las personas.

Sin embargo, los sentimientos de estar desconectados y menospreciados traen consigo emociones poderosas, lo suficientemente fuertes como para torcer los hechos llevándolos a una oscura realidad alternativa. Es crítico mirar más allá de una simple historia de populismo, de masas contra élites. Una narrativa del nacionalismo enraizado en la tierra contra un globalismo farisaico que flota libremente es una narrativa que va a generar apoyo y fuerza para mantener tenazmente una posición, incluso entre muchas personas muy ilustradas.

La respuesta correcta no es negar la existencia o legitimidad de un deseo de permanecer enraizado a la tierra mientras ocurren cambios tumultuosos, ni tampoco negar el amor por el país y la cultura, y mucho menos mirar con desprecio a los menos ilustrados. La respuesta correcta es construir una nueva narrativa de patriotismo, cultura, conexión e inclusión.

Aunque Wilders perdió las elecciones este mes y aun en el caso de que Le Pen pierda en el mes de mayo, ellos y sus seguidores no desaparecerán del mapa.

Anne-Marie Slaughter es presidenta y directora ejecutiva de New America. © Project Syndicate 1995–2017

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