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Luis Alberto el hombre excepcional

Actualizado el 01 de diciembre de 2016 a las 12:00 am

Luis Alberto Monge será recordado como un estadista que garantizó la paz costarricense

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Ha partido hacia el encuentro con su Creador el alma de uno de los más grandes luchadores sociales y políticos del siglo XX. Su legado continuará inspirando a quienes somos responsables de resguardarlo. En esencia, la suya fue una vida de combate en favor de la economía social solidaria, pero, ante todo, será recordado como un estadista que garantizó la paz costarricense en una de las etapas más oscuras de la historia centroamericana.

¿Cómo fue posible que el humilde hijo de una familia campesina de Palmares ascendiera al poder? Sujetos a la tendencia histórica que nos narró el reputado historiador Samuel Stone, en su obra La dinastía de los conquistadores, Luis Alberto Monge fue una singularidad histórica.

Hasta la irrupción de la Segunda República, el poder en nuestra nación estaba reservado para quienes controlaban la actividad agroexportadora. En palabras del historiador, los gobernantes usualmente eran descendientes de las principales familias españolas que colonizaron el territorio nacional, y cuya trayectoria económica se encontraba ligada a las grandes exportaciones agrícolas a Europa.

Antes de la Segunda República, el poder era inimaginable para un mozalbete criado por una familia campesina de los paisajes de Palmares. Es gracias a las transformaciones que impulsó su generación, incluso muchas de estas por la vía armada, que el acceso al poder político y económico dejó de ser un coto de caza exclusivo de aquella casta socioeconómica.

Primeros pasos. Su luz se prendió a este mundo el 29 de diciembre de 1925. Su vida sería marcada por un profundo dolor: con tan solo cuatro años queda huérfano de padre. Su madre, Elisa, debió asumir la tarea de sacar adelante a sus hijos, creciendo Luis Alberto con aquella inmensa deuda de ternura, humildad y abnegación.

Su vida fue marcada por esos valores, que fueron los que ofreció al país desde el servicio público. Urgido de colaborar con el sustento del hogar, incluso niño laboró en los cultivos de tabaco y café.

Una placa en su homenaje –en el Mercado Central– nos refiere también de su breve paso allí como empleado de comercio. Pese a la humildad de su origen, fue un hombre de precoces inquietudes intelectuales y políticas.

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Lector voraz, “entonces dedicaba mis noches y mis ratos libres del colegio a la lectura, por ejemplo leí todo lo que había de Bolívar”.

Su biógrafo, Alberto Baeza, nos refiere que su madre muere cuando don Luis contaba con veintitrés años de edad, pero fallece no sin antes llevarse la satisfacción de verlo convertido en el constituyente más joven de la historia. Carente de recursos para costearse una profesión liberal, pero lector infatigable fiel a su vocación por superarse, estudia cuatro años trabajo social en la Universidad de Costa Rica.

Cuando monseñor Sanabria, aquel enorme precursor social costarricense, promueve la primera confederación de trabajadores socialdemócratas y socialcristianos –la Rerum Novarum– el presbítero Benjamín Núñez, uno de sus fundadores, se apoya en aquel joven estudiante universitario que ya daba de que hablar por su valiente activismo en pro de las causas sociales.

Así fue como Luis Alberto ingresó formalmente, desde “la Rerum”, como un combatiente vigoroso de las luchas sociales en Costa Rica. Al punto que, para 1945, Luis Alberto se había convertido en figura protagónica del movimiento social no marxista.

Desde allí incuba lo que fue una vocación de vida en favor de la economía social, que lo llevó a promover, siendo congresista, la ley del aguinaldo, y durante su administración 1982-1986 a promover la revolución social del solidarismo y el cooperativismo. No por casualidad una de sus recordadas frases fue: “Mi supremo anhelo es que seamos una República cooperativa”.

Movimientos laborales. Al finalizar la Guerra Mundial, su protagonismo nacional lo lleva al escenario internacional. Asume la Secretaría General de la ORIT y además un importante rol protagónico en la OIT y en la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL).

Desde el escenario de los movimientos laborales internacionales, se involucra de forma valiente en la lucha contra las dictaduras latinoamericanas. Allí combate a la par de Haya de la Torre, José Figueres y Rómulo Betancourt, entre otros.

Su carrera política la forja como fundador del PLN, del que fue su secretario general. Si hay algo que me embarga de un hondísimo sentido de responsabilidad, es reconocer que ocupo la misma silla en la que estuvo sentado. Me hace responsable de resguardar el enorme legado que nos inspira. Su paso por el Congreso y la Secretaría General del Partido lo llevó finalmente a disputar el solio presidencial, el cual asume en uno de los momentos más convulsos de la historia republicana.

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Crisis económica. En medio de la hora más oscura de la historia militar centroamericana, a Luis Alberto le correspondió el enorme desafío de recibir un país económicamente arruinado. Al recibir la silla presidencial, la deuda pública había crecido a $3.500 millones antes de su ascensión.

En los años anteriores a su llegada, el decrecimiento de la producción interna bruta per cápita se había derrumbado duplicando su porcentaje en 1979 y 1980, y se triplicó su decrecimiento para 1981-1982. Se había duplicado el sector informal del mercado de trabajo de un 25% a prácticamente un 50% en 1982.

La inflación se disparó a un promedio del 80% y el consumo per cápita se estrepitó cuadruplicando el porcentaje de su caída de 1978 a 1983. Dos años antes de su llegada, de 1980 a 1982, prácticamente se duplicó el desempleo abierto. Los salarios cayeron casi al 40%, la producción global un 6% y la per cápita un 16%.

De acuerdo con las encuestas gubernamentales de hogares, elaboradas por el Ministerio de Economía, se duplicó la indigencia dos años antes de su arribo. Pese a este oscuro panorama, al salir su administración, Luis Alberto dejó a ese mismo país que recogió en ruinas, no solo con estabilidad económica, sino que sentó las bases del proceso de apertura económica que permitió el despegue sostenido de nuestro desarrollo durante dos décadas.

Sin embargo, su mayor legado no fue en lo económico, sino en haber garantizado, en la hora más sangrienta de la guerra centroamericana, que Costa Rica se mantuviera ajena de tal baño de sangre.

De Luis Alberto me llevo una vivencia sin igual: cuando me correspondió ser el líder nacional de la Federación de Estudiantes de secundaria, tuve el honor de acompañarlo en el anuncio de su proclama de neutralidad. Fue con ella que confrontó con valentía los intereses guerreristas de la administración Reagan, alejando así al país del fantasma de la guerra. Me embarga un profundo dolor. Su pérdida nos es irreparable.

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