Opinión

Juan Gelman y los rostros amados

Actualizado el 19 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Juan Gelman y los rostros amados

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Ha muerto Juan Gelman a los 83 años. El poeta del destierro. El poeta del exilio. El poeta del dolor más hondo. El admirado autor argentino falleció en México sin aguacero, pero, como César Vallejo, en un día del que ya tenía el recuerdo porque esperaba la muerte con la mansedumbre de quien ha vivido y padecido mucho. Su hora le llegó con la paz de haber atado cabos, por muy punzantes que estos fueran.

Gelman, precursor en Argentina del movimiento El Pan Duro bajo la influencia de la poesía con compromiso social, tuvo que exiliarse al comienzo de la dictadura militar en 1976. Atrás quedaron su hijo Marcelo y su nuera Claudia, dos jóvenes de 20 y 19 años que fueron unos de los tantos desaparecidos de este periodo tan negro. Durante años, Gelman indagó sin descanso sobre el paradero de la pareja, con la preocupación de que la muchacha había sido apresada con siete meses de embarazo. Para entonces ya se sabía que una de las más grandes atrocidades que cometía la Junta era la de permitir que las mujeres parieran, con el objetivo entregar sus bebés a militares o policías antes de matar a las madres en oscuras mazmorras o lanzarlas al mar bajo la infame Operación Cóndor.

A lo largo de las dos décadas en las que Juan Gelman vagó por el desierto de la incertidumbre no dejó de escribir los más bellos y exquisitos poemas. Supo conjugar la lucha por que se hiciera justicia y llegara hasta el fondo de la verdad con la elaboración de cantos al amor más carnal: “Cuántas veces temblé apenas si cubierto por la luz del verano mientras te describía por mi sangre”. El poeta escribía sin cesar, pero sin olvidar que su nieta podía vivir en alguna parte. Tal vez engañada por la historia oficial. Ajena a la búsqueda de su abuelo. La hija de Marcelo y Claudia.

Gelman llegó a reconocer los restos de su hijo hallados en una fosa común. Y, un día del año 2000, tuvo la dicha inmensa de localizar a su nieta Macarena en Uruguay, donde su madre fue trasladada antes de ser asesinada por los militares que en ese país colaboraron con la dictadura argentina. La niña había sido entregada a un matrimonio que tardó en revelarle su verdadera identidad.

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La historia del reencuentro de Gelman y Macarena es una más de las muchas que se han repetido a lo largo de los años, en que cientos de familias no han cejado en su empeño de encontrar a sus seres queridos. En el caso particular del galardonado poeta, llegó a colaborar estrechamente con su nieta recuperada en lograr que se acabara la impunidad, amparada bajo la Ley de Caducidad, que no permitía que se investigara a los responsables de crímenes bajo la dictadura. Poco a poco, los dos forjaron una relación de amor y respeto. Macarena llegó a adoptar sus apellidos biológicos Gelman García, a la vez que ha mantenido su amor por la madre adoptiva que la crió y finalmente la apoyó en el reencuentro con su familia de sangre.

Gelman pudo haber rezumado odio y acritud frente a los asesinos de su hijo y de su nuera. Los terribles militares que destruyeron las vidas de tantas familias. En cambio, y a diferencia de una Hebe Bonafini carcomida por un rencor transformado en ponzoña, el poeta escribió desde la “pérdida” y no desde el “odio”. Pacientemente tiró del hilo hasta encontrar los amados huesos de su hijo porque así rescataba del olvido su historia. Un último homenaje a Marcelo.

Juan Gelman llegó a decir: “Hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí, y muestran su rostro sin descanso”. Cuando le llegó la muerte plácida en su casa, en Ciudad de México, no hubo aguacero, pero sí el recuerdo de una tarde que ya había soñado.

[©FIRMAS PRESS]

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