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Institucionalizar la paz

Actualizado el 05 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

Naciones pequeñas y sin poderío internacional como Costa Rica pueden contribuir a la paz

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Muchas son hoy las realidades de la guerra y las amenazas a la paz. Las primeras se refieren a conflictos localizados; las segundas, al entorno mundial.

La única solución total a la violencia es la conversión personal de todas las personas al mandato del amor al prójimo, incluido el amor al enemigo. Pero, dado que vivimos en un mundo de pecadores, de egoísmo y de búsqueda de la propia satisfacción sin respetar el límite de los derechos ajenos, deben buscarse soluciones institucionales para mejor preservar la paz.

Con el surgimiento de las naciones-Estado y el avance tecnológico militar, el imperialismo y el aislamiento no fueron ya los caminos propicios para buscar alguna paz. Para poner fin a la guerra de los Treinta Años, a mediados del siglo XVII, con los tratados de Westfalia se acordaron los principios de soberanía nacional, integridad territorial y equilibrio de poderes para promover la paz entre los Estados de Europa.

Con la Liga de las Naciones, después de la Primera Guerra Mundial, y con las Naciones Unidas, después de la Segunda, se buscó fortalecer las bases institucionales para la paz del mundo.

Pero la proporción de los habitantes de la tierra que hoy sufren guerras es mucha y los modernos medios de comunicación nos permiten estar enterados de los horrores a los que están sometidos tantos pueblos.

A pesar de que esa proporción es la menor registrada desde que se puede tener noción de su magnitud, es un verdadero imperativo moral mejorar la institucionalidad que preserva la paz. Además, el aterrador poder destructor de la moderna tecnología hace más importante y urgente esa tarea.

Trampa. El profesor de Harvard Graham Allison desarrolló el concepto de la “trampa de Tucídides” con relación a la guerra del Peloponeso, cuando Esparta –ante la amenaza del fortalecimiento de Atenas– creyó en la conveniencia de llevarla a la guerra para no perder su poder hegemónico en Grecia.

Hoy, mucho se escribe sobre esta trampa en relación con Estados Unidos frente al surgimiento de China. Y, claro, la existencia de una trampa no implica que necesariamente se caerá en ella. Entran en juego muchos otros factores, incluyendo las características de los líderes y el propio azar. Pero es bueno saber de su existencia para mejor evitarla.

Otro profesor de Harvard, Joseph S. Nye, introdujo este año el concepto de “trampa de Kindleberger”, y recuerda la tesis de este economista de que en los treinta la Segunda Guerra Mundial había surgido de la renuencia de Estados Unidos a asumir el papel de líder hegemónico ante la decadencia de Inglaterra. “A escala global, los bienes públicos –como un clima estable, una estabilidad financiera y la libertad de los mares– corren por cuenta de coaliciones lideradas por las principales potencias”. Ello dejó sin financiamiento la producción de esos bienes, y sin ellos se facilita la guerra.

El presidente Xi Jinping asumió la defensa del libre comercio internacional en el Foro Económico Mundial. Esta respuesta a las amenazas en contra del intercambio internacional de bienes del presidente Trump da esperanzas de que no estemos cerca de caer en la trampa de Kindleberger.

Estas trampas señalan algunos de los riesgos de una confrontación global y obligan a avanzar en una institucionalidad que las evite. Lo que es más necesario aún por los peligros que conllevan los enfrentamientos localizados.

Guerras civiles. Las confrontaciones locales causan enormes pérdidas de vidas, horrores y sacrificios, no solo de los militares y guerrilleros involucrados, sino también de las poblaciones civiles, de mujeres, niñas y niños. Además, la participación de potencias globales como parte de esos conflictos regionales puede llegar a desencadenar conflagraciones globales que cada día tendrían más devastadoras consecuencias.

Es imperioso fortalecer la institucionalidad universal. Pero será muy difícil lograrlo.

Como acertadamente señaló hace ya varias décadas el presidente del Congreso de EE. UU. Tip O'Neill, toda política es política local. Ello significa que los funcionarios elegidos –para serlo– deben responder a los intereses y prejuicios de sus electores. Y en ellos el miedo a lo desconocido, el odio y el instinto de preservación frecuentemente conducen a llevar la guerra a otros lugares, y dificulta limitar la soberanía nacional en pro de fortalecer las instancias internacionales.

En la nación hegemónica de nuestros días, en el país con mucho militar y tecnológicamente más poderoso, en los EE. UU., el sentimiento aislacionista frecuentemente ha imperado.

Ello impidió, por ejemplo, la aprobación de la Liga de las Naciones ideada por su propio presidente Wilson; impidió la aprobación del International Trade Organization (ITO) propuesto por los propios EE. UU. en 1945; y hace que EE. UU. no sea parte de la Convención Americana de Derechos Humanos (Pacto de San José), ni de la Corte Interamericana de Justicia, ni admita la jurisdicción del Tribunal Penal Internacional.

Esta realidad, así como los rasgos de las Naciones Unidas –propios de su origen– que privilegian a las naciones vencedoras de la Segunda Guerra Mundial, hacen hoy difícil aprobar y coordinar acciones que permitirían en muchos casos evitar, poner término, o al menos limitar conflictos locales.

Ello fue evidente durante la reciente situación en Siria producida por el bombardeo de Bashar al-Asad a su pueblo con químicos mortales, prohibidos internacionalmente desde sus estragos en la Primera Guerra Mundial.

EE. UU. no podía recurrir a las Naciones Unidas para responder a semejante infamia, pues el veto ruso en el Consejo de Seguridad habría impedido llegar a acuerdo alguno.

Se daba el precedente de la inacción del presidente Obama, en el anterior ataque del gobierno sirio a sus habitantes con gases, a pesar de la advertencia del propio presidente al respecto. Por ello, no actuar habría dado carta blanca para que continuara semejante genocidio. Y actuar, como lo hizo el presidente Trump, significó hacerlo al margen de la comunidad internacional contra un gobierno reconocido por las Naciones Unidas.

Como señaló en una columna reciente sobre este tema mi amigo Carlos Alberto Montaner, “la política es el arte de escoger la opción menos mala. El problema es que casi nunca sabemos cuál es esa maldita opción”. Se dio esa situación por la falta de poderes de las organizaciones internacionales.

Participación. Sin duda, es tarea de todos los gobiernos decentes trabajar en crear una mejor institucionalidad internacional para la paz, a pesar de la dificultad de lograrlo. ¿Es esta una tarea de tales proporciones que nosotros no tenemos vela en ese entierro? No. Naciones pequeñas y sin poderío internacional como Costa Rica pueden contribuir a la institucionalización de la paz.

Lo podemos hacer utilizando siempre las instancias internacionales para promover y defender la libertad, la dignidad y los derechos naturales de las personas, la democracia y el Estado de derecho; acudiendo a las instancias internacionales competentes para procurar evitar o poner fin a genocidios y situaciones de catástrofe humanitaria; ejerciendo siempre, sin medias tintas ni temores, nuestro liderazgo moral por la paz.

El autor fue presidente de la República de 1998 al 2002.

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