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Innovarnos para innovar

Actualizado el 09 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

Tiene que comenzar una revolución del concepto que queremos tener de nosotros mismos

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El índice global de innovación del 2015 coloca a Costa Rica como el tercer país más innovador de América Latina. ¿Por encima de México? ¿De Brasil? ¿De Argentina? ¿Será verdad tanta hermosura? Nuestra realidad es más cruel que esta gentil autocomplacencia.

Imaginemos que un viajero espacial con un enorme telescopio apunta su mirada hacia el planeta Tierra, y encuentra dos países pequeños, Israel y Costa Rica, y observa los signos externos de las empresas multinacionales que ahí están.

Curiosamente, son los mismos y piensa, entonces, que hacen las mismas cosas. ¡Qué gran error! Si se acercara un poco más, descubriría las diferencias: en Israel crean los componentes de los productos que en Costa Rica ensamblan. Así son las cosas. Las mismas empresas en un país investigan y desarrollan nuevos productos, mientras en el otro ensamblan porque no encuentran una masa crítica de investigadores para procesos más profundos de renovación tecnológica.

La innovación, más que un resultado que disfrutamos, es una preocupación que nos agobia. Nuestro imaginario colectivo no logra adueñarse del corolario creado por la sociedad del conocimiento.

En esa nostálgica visión idealizada de ser una patria de maestros, y no de soldados, no se comprende nuestra minúscula producción de graduados en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas.

¿No está a contrapelo de los tiempos que vivimos una patria de maestros que siga produciendo más maestros, abogados y políticos, que ingenieros, técnicos y desarrolladores de software?

Pero eso es lo que está ocurriendo, porque el 26% de los graduados de las universidades provienen de ciencias sociales, mientras que las ciencias básicas e ingeniería representan solo el 13%. Y el 64% de nuestros jóvenes se quedan sin graduarse siquiera de secundaria.

¿Cómo podríamos tener más científicos y mejores ingenieros cuando el 45% de los maestros que les enseñaron matemáticas no son capaces de pasar el examen de matemática en bachillerato?

Puntos estelares. Frente a un pobre sistema de innovación, los mejores cerebros de nuestro país se han unido, en varias ocasiones, con estas mismas inquietudes, para diseñar mapas de ruta, con puntos estelares, como la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, el diseño de la estrategia Siglo XXI y, más recientemente, en el 2011, un Plan Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación, y, ahora, una nueva versión para el periodo 2015-2021, de seis políticas estratégicas de innovación en educación, recursos hídricos, ambiente, energía, salud e industria agroalimentaria.

Todo eso suena a pedir de boca. Dos planes, seis políticas e innumerables instituciones responsables. ¿Dónde están los resultados? Desdichadamente, somos muy buenos en planes, pero no empoderamos ni al buque insignia ni al capitán del barco.

Carecemos de prioridades de ejecución. Tenemos demasiados caciques y pocos indios. Trabajamos aislados y sin dirección, y los grandes temas de fortalecimiento del aparato productivo caminan cada uno por su lado.

En consecuencia, tenemos planes, políticas y mapas de ruta de innovación, pero no una rectoría institucional responsable de implementación que reúna bajo una sola sombrilla, debidamente empoderada, todas las áreas temáticas.

Por eso no tenemos un sistema jerarquizado de innovación, que esté articulado, alineado y sea capaz de una gestión eficiente a corto y largo plazo.

Ahora bien, el motor de innovación es el sector privado. Toda gran innovación toma cuerpo en un producto o en un proceso vinculado a demandas sociales de mercado.

El Estado es indispensable como promotor de talento humano, facilitador de procesos y creador de ambientes amigables a la innovación, pero ningún sistema de este tipo puede permitirse la ausencia del sector empresarial, ni la debilidad en las alianzas público-privadas.

Desde temprana edad. Por otra parte, un resultado innovador es la punta de un inmenso iceberg sustentado por una enorme montaña invisible que es esa masa humana crítica construida ladrillo por ladrillo desde las primeras experiencias infantiles en el sistema educativo: un profesorado calificado que promueva la creatividad y el pensamiento abstracto y no el mero uso de la memoria; universalización de las TIC en las escuelas, un sistemas de detección y promoción de talentos desde la primaria; en fin...

La capacitación obligatoria de los profesores en el nuevo sistema curricular de enseñanza de las matemáticas debería convertirse en emergencia nacional. ¿Y qué decir del inglés? Ese es el lenguaje que vincula a los innovadores con los centros de investigación, a las empresas con la academia, a los productores con las necesidades internacionales de mercado.

¿Y las pymes? Las más emblemáticas transformaciones de la vida moderna han surgido, muchas veces, en un garaje.

Un ingeniero innovador debería poder convertir su idea en una empresa que, a veces, comienza de cero.

Desde su arranque, esa pyme necesitará cubrir en gasto social e impuestos cerca de la mitad de su planilla. El Estado no hace la diferencia entre la pyme y la empresa grande, y mucho menos entiende la seguridad social en que la supervivencia de las pymes es esencial al ecosistema empresarial que le da sustento.

¿Qué le queda a la pyme, ya no para innovar sino para sobrevivir? No existe una sola iniciativa política que alivie la carga de las empresas que comienzan. De esto ni siquiera se habla.

Las ideas innovadoras no surgen en el vacío. Necesitan una cultura que las fomente, en un cuerpo social que las nutra, con un Estado facilitador, institucionalmente empoderado y que las promueva.

En nuestro caso, lo primero que necesitamos innovar es el chip de nuestro imaginario colectivo. En algún lugar, de alguna manera, tiene que comenzar una revolución del concepto que queremos tener de nosotros mismos.

El punto es: ¿Cómo comenzar a transformarnos, dónde encontrar un catalizador de aspiraciones renovadas, cuál es el punto de apoyo para reinventarnos? En fin, ¿qué debemos innovar para innovarnos?

La autora es catedrática de la UNED.

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