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Imperdonable tragedia nacional

La situación del INA debería ser un escándalo más impactante que el cemento chino

velia govaere
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En las políticas públicas nos sobra corazón, pero nos falta cerebro. Es trágico. Abunda la solidaridad, hasta el exceso de la incapacidad. Por encima de aparentes y electoreras diferencias, las corrientes hegemónicas tienen en la inversión social un vértice que las vincula, sin importar ideologías ni banderas. Para sobrevivir, hasta el liberalismo ha tenido que arroparse de harapos socializantes.

La equidad define nuestra alma generosa. ¡Eso es muy lindo! El Estado social de derecho abriga nuestras aspiraciones como pueblo reacio a la polarización, refractario a las brechas y rebelde a la desigualdad. No viene sin bemoles ese loable anhelo, cuando se traduce en obsesión compulsiva que serrucha el piso a todo lo que destaca. Pero, en su esencia, nuestro imaginario colectivo igualitario es sano.

Somos un país ejemplar en políticas redistributivas, pero las más de las veces altamente ineficientes. ¡Eso sí que es feo! Desde doctrinas aparentemente contrapuestas, comunismo, cristianismo o socialdemocracia, no ha tenido retroceso ese impulso ideal que solo ha sabido profundizar la intervención del Estado para equilibrar brechas. Pero, capítulo tras capítulo, nuestros fraternales intentos se han visto quijotescamente distorsionados por la galopante ineficiencia de nuestras instituciones públicas. Lo nuestro son buenas intenciones, no cabales y eficaces ejecuciones.

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