Opinión

Haydée por siempre…

Actualizado el 20 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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Haydée por siempre…

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Era el año 1982. Yo me graduaba en el Taller Nacional de Teatro; mi personaje, Bernarda Alba. Celebrábamos con gran euforia la muestra de graduación; lo habíamos logrado, sentíamos que el mundo abría sus brazos a todos nuestros sueños. Creíamos en ese momento que la luna sí podía ser de queso y que podíamos volar sin alas…

Una hermosa señora, que parecía levitar, de mirada profunda y sincera, se acercaba por el pasillo. Entre la algarabía, me miró fijamente a los ojos y me dijo: “Hiciste una Bernarda Alba maravillosa, ¡tenés un gran talento!”. Me abrazó y yo me quedé inmóvil tratando de asimilar lo que me había pasado.

Haydée, la señora imponente que alguna vez tuve el privilegio de ver en el Teatro Nacional, y en algunas otras salas, la señora que veía con admiración y que reafirmaba que no me había equivocado al elegir mi profesión, ¡era ella! Y estaba junto a mí, diciéndome con su cálida voz que yo lo había hecho bien.

Desde entonces, se desarrolló entre nosotras un lindo cariño: iba a las salas a verla cuantas veces me fuera posible. En Cartas de amor de una monja portuguesa , creo que asistí a ver la obra unas 15 veces; yo pensaba que, además de tener el placer de verla, tenía el privilegio de recibir una clase magistral de actuación cada noche.

Ella me recibía en su camerino con sus grandes brazos abiertos, y si había alguna persona con ella, siempre me presentaba como una “gran actriz” que había interpretado magistralmente a Bernarda Alba…

En el escenario. La vida nos permitió compartir en la radio, en la sala de su casa, en alguna reunión de actores, en exposiciones de arte, pero aún no habíamos podido compartir el escenario.

El tiempo pasó insolentemente y yo me fui haciendo grande. Tuve la oportunidad de ver Los monólogos de la vagina , en Nueva York y en México, yo trabajaba con María Torres en ese momento y, en cuanto regresé, le comuniqué a Lucho Barahona y a ella que debíamos hacerla en Costa Rica, y que la tercera actriz debía ser Haydée. Hicimos los trámites para poder montarla y, en el 2001, se hizo realidad.

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Fue ahí, en el escenario, y entre bambalinas, donde terminé de conocer a esa gran señora: ahora como amiga, como colega, pudimos reír a carcajadas con sus ocurrencias, con su simpatía, su inteligencia, su valentía, elegancia, dignidad y calidez.

Ella fue un ejemplo para mí de cómo deben hacerse las cosas, no solo en lo profesional: en entrega y trabajo, en amor por lo que una hace. Fue un ejemplo de lucha, de responsabilidad ante la vida, de levantar hijos, de tomar de decisiones, de asumir riesgos, de vivir con alegría, intensamente y, sobre todo, honestamente…

Siempre fue una fuente de energía que contagiaba a todos. Así lo estará haciendo ahora en el lugar hermoso donde descansan las almas. Su legado vivirá siempre en la memoria del teatro costarricense y en el corazón de todos los que la conocimos. ¡Feliz viaje, Haydée!

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