Opinión

Energía renovable y pobreza

Actualizado el 25 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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Energía renovable y pobreza

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MIAMI – El secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, declaró: “Los más afectados por el cambio climático son los pobres”. Esto es cierto porque los pobres son los más vulnerables y los que menos recursos tienen para adaptarse al cambio. Pero, a menudo, se olvida que las políticas actuales contra el calentamiento global están causando un gran aumento del costo de la energía que perjudica sobremanera a los habitantes más pobres del mundo.

La generación de energía solar y eólica recibió $60.000 millones en subsidios solo en el 2012. Esto implica que el mundo gastó en energía $60.000 millones más de lo necesario. Y como el beneficio climático logrado equivale a unos escasos 1.400 millones de dólares, esto quiere decir, básicamente, que con los subsidios se derrocharon $58.600 millones. Además, se usaron otros $19.000 millones en subsidios a los biocombustibles, básicamente sin ningún beneficio climático. Todo ese dinero se podría haber usado en mejorar la atención de la salud, contratar más maestros, hacer mejores rutas o reducir impuestos.

Obligar a todo el mundo a comprar energía más cara y menos confiable eleva los costos en toda la economía y deja menos dinero disponible para la provisión de otros bienes públicos. En promedio, los modelos macroeconómicos señalan que, desde el 2020 y hasta que termine el siglo, el costo total de la política climática de la UE será de €209.000 millones ($280.000 millones) por año.

El peso de estas políticas cae de lleno sobre los pobres del mundo ya que para los ricos es fácil pagar más por la energía que consumen. No deja de sorprenderme ver a ambientalistas bienintencionados y de buen pasar económico afirmar, con total desparpajo, que hay que duplicar los precios de la gasolina o demandar que toda la electricidad se genere a partir de costosas fuentes ecológicas. Medidas que, tal vez, sean bien recibidas en el pudiente condado de Hunterdon, Nueva Jersey, cuyos residentes solo gastan un 2% de sus ingresos en gasolina. Pero el 30% más pobre de la población estadounidense gasta en gasolina casi el 17% de su ingreso neto de impuestos.

Los ambientalistas también celebran que las familias del Reino Unido redujeron el consumo de electricidad casi un 10% desde el 2005. Pero olvidan mencionar que esto se corresponde con un 50% de aumento de los precios de la electricidad, que se gasta principalmente en llevar el uso de energías renovables del 1,8% al 4,6% del total.

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Los pobres (¡qué novedad!) redujeron su consumo mucho más que el 10%, mientras que los ricos no lo redujeron en absoluto. En el transcurso de los últimos cinco años, calefaccionar un hogar en el Reino Unido se volvió un 63% más caro, al mismo tiempo que cayeron los salarios reales. Ahora, un 17% de las familias son pobres en materia de energía; es decir, tienen que gastar más del 10% de sus ingresos en energía; y como los ancianos suelen ser comparativamente más pobres, cerca de un 25% de sus hogares son energéticamente pobres. Pensionados menesterosos deben quemar libros viejos para calentarse (porque son más baratos que el carbón), se pasan el día andando en autobuses calefaccionados y la tercera parte dejó de calefaccionar sus hogares.

En Alemania, donde este año los subsidios ecológicos costarán 23.600 millones de euros, los precios de la electricidad aumentaron un 80% desde el 2000, lo que llevó a 6,9 millones de familias a vivir en la pobreza energética. Los bávaros ricos, que son dueños de sus casas, pueden sentirse orgullosos de sus ineficientes paneles solares, mientras reciben generosos subsidios que, básicamente, pagan los inquilinos pobres del Ruhr, que no tienen dinero para comprarse un panel solar, y encima tienen que pagar más por la electricidad.

Y la lista continúa. En Grecia, donde la subida de los impuestos al fueloil aumentó un 48% el costo de la calefacción, cada vez más atenienses derriban árboles en los parques para hacer fuego, con lo que la contaminación del aire se triplicó.

Pero la peor parte del costo de las políticas climáticas se la llevan los países en desarrollo, donde tres mil millones de personas carecen de acceso a fuentes de energías baratas y abundantes, lo que perpetúa su pobreza. Para cocinar y mantenerse calientes deben quemar ramitas y estiércol, produciendo un nivel de contaminación del aire doméstico que provoca 3,5 millones de muertes al año: este es, por mucho, el mayor problema ambiental del mundo.

El acceso a la electricidad podría resolver ese problema y, al mismo tiempo, permitiría a las familias leer de noche, refrigerar la comida para que no se les eche a perder o usar una computadora para conectarse con el mundo. Además, las empresas podrían ser más competitivas, lo que alentaría la creación de empleo y el crecimiento económico.

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Tomemos el caso de Pakistán y Sudáfrica, donde la falta de capacidad de generación produce frecuentes apagones que trastornan la actividad de las empresas y provocan pérdida de puestos de trabajo. A pesar de ello, muchos occidentales bienintencionados y sus Gobiernos han puesto numerosos reparos a la financiación de nuevas usinas de carbón en ambos países y sugieren usar fuentes renovables como solución alternativa.

Esto es hipócrita. En los países ricos solo generamos el 1,2% de nuestra energía a partir de las carísimas tecnologías solar y eólica, y jamás aceptaríamos tener energía solamente cuando haya viento. En los próximos dos años, Alemania construirá diez usinas de carbón nuevas para generar electricidad.

En 1971, el 40% de la energía que consumía China procedía de fuentes renovables. Luego China impulsó un explosivo crecimiento económico apelando casi exclusivamente al uso del carbón, altamente contaminante, con lo que sacó a 680 millones de personas de la pobreza. Hoy China obtiene del sol y el viento un insignificante 0,23% de la energía que consume. En cambio África obtiene el 50% de fuentes renovables y sigue siendo pobre.

Un nuevo análisis del Centro para el Desarrollo Global le pone cifras a nuestro desinterés por los pobres del mundo. Invirtiendo en energías renovables, podemos sacar a una persona de la pobreza por alrededor de 500 dólares. Pero generando electricidad con gas, esa misma suma permitiría sacar de la pobreza a más de cuatro personas. Por pensar solamente en el clima, estamos dejando deliberadamente a más de tres de cada cuatro personas en la oscuridad y la pobreza.

Resolver de manera efectiva el calentamiento global demandará innovaciones a largo plazo que pongan la energía no contaminante al alcance de todos. Mientras eso no ocurra, derrochar enormes sumas de dinero a costa de los pobres del mundo no es ninguna solución.

Bjørn Lomborg es profesor adjunto de la Escuela de Administración de Empresas de Copenhague, fundador y director del Centro de Consenso de Copenhague, y autor de varios libros. © Project Syndicate.

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