Opinión

Drácula gay

Actualizado el 09 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

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Drácula gay

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En abril pasado se cumplieron cien años de la muerte del escritor irlandés Bram Stoker, mientras que su criatura, el vampiro Drácula, sigue más vivo que nunca, pese a tantas estacas clavadas en su corazón, el fuego y la luz del sol, el agua bendita, el ajo y la sal. Nada puede a la larga contra él, que vuelve una y otra vez de su tumba con sus ojos inflamados de sangre y sus colmillos temibles. En su momento inicial, el éxito de Drácula en la cultura popular no se reflejó en las altas esferas académicas y de la gran literatura, desde donde se miraba con desdén tal aceptación popular. Eso cambió con los años y Drácula, en tanto novela, entró en el canon literario serio sin perder sus lectores y adaptadores de otros niveles culturales.

La crítica académica y literaria retomó dicha novela por el aspecto de lo fantástico y lo gótico, pero también por el lado de la sexualidad de la época victoriana, como ha pasado con lectores provenientes del feminismo, del psicoanálisis, de la teoría de género y de la historia cultural y mitológica. Constituye un paisaje imaginario riquísimo para indagar sobre la mentalidad sexual y erótica de la era victoriana, sobre todo el fin de siglo, que es cuando aparece el libro, en 1897. Es la época de Jack el Destripador, de Madame Blavatsky, de Conan Doyle, de Kipling y de Oscar Wilde, de quien, por cierto, Stoker fue amigo y rival de amor, no por algún mancebo, como podría pensar el lector malicioso ante la mención de Wilde, procesado por sodomía en lo que fuera uno de los grandes juicios de la época por el antecedente represivo que significó, sino por una bellísima mujer, Florence Balcombe, quien, para marido, aceptó a Stoker y no a Wilde, para fortuna suya pensando en lo que vendría después.

Ambiguedad erótica. Si bien Stoker le ganó la novia a Wilde y se casó con ella, no fue inmune a la ambiguedad erótica de Wilde, al grado de que algunos han visto en él a lo que hoy llamaríamos un homosexual reprimido, con dudas respecto de su deseo, interesado en el tema, como lo atestiguan sus lecturas y menciones, así como por sus situaciones biográficas, como su sumisa y larga relación, en principio laboral, con el gran actor Henry Irving, un Laurence Olivier de la época. Stoker escribió su novela en los momentos en que Wilde era enjuiciado y condenado en Inglaterra y quizá parte de su miedo y confusión por lo presenciado pudo proyectarse en lo que escribía.

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Al analizar la novela encuentro que lo homosexual se canaliza, no tanto por el personaje de Drácula sino por el de Jonathan Harker, quien lo conoce no solo en Londres sino sobre todo en el propio castillo de Transilvania, donde será sometido por él y sus aliados, y quien es el que cuenta en gran medida la historia mediante un diario. En su castillo, Drácula lo separa a tiempo del mordisco femenino de las vampiras, tras exclamar su célebre frase “That man is mine”, esto es, “Ese hombre es mío”. Ya el vampiro había succionado antes la sangre del dedo de Harker, tras cortarse con el cuchillo al partir el pan. Pese al terror, Jonathan mantiene hacia Drácula una rara fascinación, quizás como la que Stoker tuvo toda su vida por el despótico Henry Irving.

Hasta fechas más bien recientes, el cine nos había enseñado sobre todo la vertiente heterosexual del vampiro (tanto con Bela Lugosi como con Christopher Lee o con Germán Robles), hasta que aparecieron Brad Pitt, Antonio Banderas y Tom Cruise juntos, encarnando a los chupasangres de Entrevista con el vampiro, de Anne Rice, y mostrando sus posibilidades gay. Nada nuevo después de todo, pues la primera vampira literaria, Carmilla, de 1872, es lesbiana y, en 1894, tres años antes de la aparición del Drácula, el conde Stanislaus Eric Stenbock había escrito un cuento con vampiro homosexual en su libro Studies of Death: Romantic Tales. En realidad, los vampiros no son estrictos en sus gustos sexuales, pues estos quedan subordinados a su sed de sangre, no importa de cuál sexo provenga.

Buena parte de nuestras imágenes de Drácula vienen sobre todo del cine pues, en el caso específico de la novela de Stoker, la conocemos más por sus adaptaciones cinematográficas, que suelen serle infieles, desde su primera adaptación como Nosferatu (1922), de Murnau, en el cine expresionista alemán, aunque aquí fue por razones legales (la viuda de Stoker negó los derechos de la novela), hasta versiones más recientes como la de Francis Ford Coppola. Con esta experiencia visual, me acerqué a la novela tras leer un comentario de Wilde que me resultó curioso, al afirmar que una de las mejores novelas leídas por él había sido Drácula. ¿Se trataría de una ironía venenosa más de Wilde para puyar a su amigo Stoker y había que leer esto al revés?

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Fui al texto, lo leí y quedé sorprendido por su gran calidad literaria, más allá de su carácter gótico y de su éxito popular: el suspenso logrado, los personajes, la trama, los ambientes, etc. No, Wilde no ironizaba, y es por esto que desde entonces recomiendo su lectura a todos, a quien quiera leer una novela entretenida, no solo a los amigos de lo fantástico, igual que recomiendo la novela de Wilde, El retrato de Dorian Gray, que nos muestra a un “vampiro” diferente, esteta y amigo del espejo. Mientras que Drácula es incapaz de reflejarse, Dorian Gray no puede escapar a su propia imagen que lo vampiriza, su retrato que envejece, cual Narciso absorbido por su propio reflejo. Ambos son víctimas de la mirada, uno por ausencia, otro por plenitud sombría.

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