Opinión

Democracia y desarrollo en América Latina de cara al nuevo ciclo

Actualizado el 27 de diciembre de 2015 a las 12:00 am

Esta década será mucho más dependiente de lo que la región hagapor sí misma

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Democracia y desarrollo en América Latina de cara al nuevo ciclo

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La proximidad del cierre del año, y la celebración del 37.° aniversario del inicio de la tercera ola democratizadora en América Latina es una ocasión propicia para hacer un balance acerca del estado de la democracia y del desarrollo en la región.

Partamos por una afirmación: Latinoamérica es hoy radicalmente diferente a la de hace tres décadas y media. En nuestros días, la democracia es la forma mayoritaria de gobierno si bien existe un alto grado de heterogeneidad entre los países.

Es innegable el avance logrado en estos casi 40 años en materia de elecciones libres y justas y vigencia y respeto de los derechos humanos y democratización. Un activo (el vaso medio lleno) que debemos reconocer y valorar.

Durante estos años, no solo hemos logrado recuperar la democracia y hacerla sostenible sino, al mismo tiempo, dotarla de un importante piso de apoyo ciudadano (un 56% según Latinobarómetro 2015). Esta resiliencia de la democracia en América Latina es uno de los logros más importantes por destacar y valorar.

El desafío reside ahora en cómo seguir avanzando y que este proceso pueda mantenerse a largo plazo.

Empero, América Latina presenta una paradoja: es la única región en el mundo que combina democracias electorales en la casi totalidad de los países que la integran, con amplios sectores de su población viviendo por debajo de la línea de pobreza (un 28,1% para el 2013, según la Cepal), con la distribución del ingreso más desigual del mundo, con altos niveles de corrupción y elevadas tasas de homicidio.

Esta inédita combinación determina que nuestras democracias exhiban importantes déficits así como serios desafíos que afectan su calidad.

Las asignaturas pendientes (el vaso medio vacío) abarcan los problemas institucionales que impactan negativamente en la gobernabilidad y el Estado de derecho, la independencia y la relación entre los poderes del Estado, el fenómeno de los hiperpresidencialismos y de las reelecciones, la corrupción, las restricciones a la libertad de expresión, el funcionamiento deficiente del sistema de partidos políticos, la falta de equidad de género, así como graves problemas de inseguridad ciudadana, factores todos ellos que generan desconfianza ciudadana e insatisfacción con su funcionamiento.

Desaceleración y conflictividad social. Últimamente las noticias en el ámbito económico no son buenas para América Latina. Después de una década dorada (2003-2013), el viento de cola dejó de soplar. La marcada desaceleración económica que afecta a la región (sobre todo a Suramérica, pero no a Centroamérica), y el estancamiento en la reducción de la pobreza muestran un cuadro creciente de malestar social, graves escándalos de corrupción, un fuerte derrumbe de la popularidad de muchos presidentes y condiciones de gobernabilidad complejas en varios países.

Esta brusca desaceleración no es coyuntural, sino que ha venido para quedarse, es un fin de ciclo. La Cepal proyecta para el 2015 una contracción económica regional de 0,4% y un anémico crecimiento del 0,2% para 2016 si bien con alta heterogeneidad entre países. El BID confirma este sombrío panorama al anunciar que las exportaciones de la región (altamente concentradas en materias primas salvo en México) cayeron por tercer año consecutivo.

Las noticias tampoco son alentadoras en el plano social. Según la Cepal, entre el 2013 y el 2014 el nivel de pobreza se estancó en alrededor 167 millones de personas, mientras el índice de extrema pobreza subió levemente. Por su parte, la OIT acaba de anunciar otra mala noticia: el aumento del desempleo por primera vez en cinco años (1,7 millones de personas han perdido su trabajo) e indicios de que podría estar subiendo la informalidad debido a una mayor generación de empleos de menor calidad.

¿La tormenta perfecta? ¿Son estos fenómenos dolores de parto que alertan sobre un cambio de ciclo no solo en el panorama económico sino también en el ámbito social y, en consecuencia, en el escenario político-electoral de América Latina?

Los resultados de las recientes elecciones en Argentina (presidenciales) y en Venezuela (parlamentarias) en las cuales el oficialismo (que llevaba largos años en el poder) fue derrotado en ambos países parecieran indicar el inicio de un nuevo ciclo en América del Sur caracterizado por la alternancia y un viraje hacia posiciones de mayor equilibrio entre el Estado y el mercado y más respeto hacia las instituciones y la división de poderes.

Pero, más allá de estos recientes resultados electorales, lo que parece quedar cada vez más claro es que la combinación explosiva de estos factores (desaceleración económica, programas de ajuste, estancamiento de la reducción de la pobreza y riesgo de reversión, denuncias de corrupción al alza y popularidad de los mandatarios a la baja) constituye una tormenta perfecta que anticipa mayor conflictividad social y una gobernabilidad más compleja en varios países de la región como lo experimentó este año Guatemala y lo están padeciendo actualmente Brasil y Venezuela entre otros.

Me pregunto: ¿Tendrán las instituciones políticas la capacidad para adaptarse a este nuevo y complejo escenario regional y poder dar respuesta a las demandas de una ciudadanía mas movilizada, empoderada y exigente?, ¿cuentan los sistemas democráticos de la región con los liderazgos políticos y los amortiguadores institucionales necesarios para hacer frente, con menos recursos financieros disponibles, a situaciones de mayor conflictividad social y de gobernabilidad más compleja?

Mi opinión: América Latina se enfrenta a una encrucijada histórica cuya definición marcará su rumbo de cara a las próximas décadas. La compleja y heterogénea realidad política latinoamericana demanda un nuevo tipo de debate que se centre en la calidad de la democracia; en cómo garantizar no solo la legitimidad de origen sino también la legitimidad de ejercicio, y que ambas estén sometidas al Estado de derecho como lo prescribe la Carta Democrática Interamericana; en cómo transitar de una democracia electoral a una democracia de ciudadanos y de instituciones; en cómo lograr que la democracia entregue respuestas eficaces a nuevos tipos de demandas provenientes de sociedades más complejas, más modernas, más urbanas y más jóvenes.

Y para poder hacer frente de manera exitosa a estos desafíos no solo son necesarias instituciones políticas legítimas y eficaces sino también un liderazgo responsable –político, empresarial y sindical– que ponga en marcha, en los diferentes países latinoamericanos, unos espacios de diálogo tripartitos (incluidos también los consejos económicos y sociales) y unas reformas estructurales encaminadas a repensar la agenda de crecimiento y el modelo de desarrollo, diversificar la matriz productiva, elevar la tasa de ahorro e inversión, modernizar la infraestructura e invertir fuertemente en educación e innovación, todo ello con el objetivo de mejorar la productividad y la competitividad (el talón de Aquiles de nuestra región) de América Latina de cara al nuevo ciclo económico.

No hay más excusas ni tiempo que perder. El nuevo contexto global y regional, plagado de incertidumbre, volatilidad y desafíos, demanda decisiones acertadas y urgentes por más difíciles que sean.

La región necesita poner en marcha, de manera responsable y no populista, una agenda de reformas que combine eficacia (mediante una transformación económica acelerada), equidad social, seguridad jurídica y estabilidad política.

Esta década será mucho más dependiente de lo que la región haga por sí misma. Hoy más que nunca, el destino de la democracia latinoamericana y de nuestro desarrollo está en nuestras manos.

El autor es director regional para América Latina y el Caribe de IDEA Internacional.

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