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Crucitas desde la perspectiva internacional

 Afirmar que “en Crucitas somos soberanos” amerita algunos bemoles

Crucitas desde la perspectiva internacional  - 1
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El principio 2 de la Declaración de Río de 1992 establece para los Estados “la responsabilidad de velar por que las actividades realizadas dentro de su jurisdicción /.../ no causen daños al medio ambiente de otros Estados”. Eco ambiental de un viejo principio, invocado por vez primera en un arbitraje entre EE. UU. y Canadá de 1938 (Trail Smelter) y reafirmado por la Corte Internacional de Justicia (CIJ) desde su primer fallo (Corfú, 1949), en sus decisiones sobre ensayos nucleares, y más recientemente en su fallo de 1997 (Represa Gabcikovo-Nagymaros), esta regla sustenta la reciente demanda (2008) de Ecuador contra Colombia ante la CIJ por aspersiones químicas aéreas en zonas fronterizas.

Casi paralelamente, y después de un prolongado ejercicio de identificación de la práctica (1974-1997), se adoptó una convención universal sobre ríos, la Convención sobre el derecho de los usos de los cursos de agua internacionales para fines distintos de la navegación , firmada en Nueva York en 1997. Se trata de una convención “marco”, técnica utilizada para sistematizar reglas lo suficientemente generales y consolidadas en el quehacer internacional, como la de “impedir que se causen daños sensibles a otros Estados del curso de agua” (Art. 7), la de cooperar a fin de lograr “una protección adecuada de un curso de agua internacional” (Art. 8) y de notificar oportunamente “antes de ejecutar o permitir la ejecución de medidas proyectadas que puedan causar un efecto perjudicial sensible a otros Estados del curso de agua” (Art. 11).

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