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Conquistar el desarrollo

Un pueblo educado sabe que el desarrollo no se alcanza por decreto, aunque la artimaña de enunciar utopías grandilocuentes permita al demagogo convencer al ciudadano simple de que es posible alcanzar por esa vía algún tipo de arcano Shangri-La.

Citando nombres como el de Lincoln, reconocemos que, aunque excepcionalmente el mesianismo político es posible, lo usual es que el político con aires mesiánicos sea peligroso. Si no, recordemos que son mayoría los personajes, estilo Chávez en Venezuela, Trujillo en República Dominicana o Pol Pot en Camboya, déspotas que arrastraron a sus pueblos al abismo. Y es que la responsabilidad del liderazgo no implica únicamente señalar el camino, pues lo verdaderamente esencial es que este sea correcto. Mientras el líder plantea ideales, el demagogo habla de riesgosas utopías. De ahí, la necesidad de hacer distinción.

Ideales y utopías. Los ideales son visiones anticipadas de perfecciones venideras; y las utopías, delusorios y peligrosos espejismos. El ideal es hijo de la inspiración, y la utopía, un engendro del delirio. No por casualidad los regímenes totalitarios de la historia siempre han sido precedidos de panfletos imbuidos de delirios mesiánicos. Por eso, entendamos que, como un proceso gradual, el desarrollo no se decreta, sino que se construye a través de la cultura.

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