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Castigo físico: evidencia y realidad costarricense

Actualizado el 23 de junio de 2013 a las 12:00 am

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Castigo físico: evidencia y realidad costarricense

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Todos hemos presenciado alguna vez la práctica del castigo físico. Por ejemplo, una madre pegándole a su hija por hacer un berrinche; un padre pegándole a su hijo por pegarle a otro niño; o un adolescente a quien le dieron en la boca por respondón. Estas son escenas públicas frecuentes. Probablemente la mayoría de los costarricenses no vemos el castigo físico como algo extraño o cuestionable. De hecho, este ha sido por muchos años un método disciplinario tradicional en nuestro país, con fuertes raíces culturales. Según un estudio realizado por Unicef, el 53% de los costarricenses ha sido receptor de golpes (sin incluir nalgadas) como forma de disciplina.

Además, según el mismo estudio, la mayoría de los ticos creen que el castigo físico “es necesario” para evitar formar adolescentes irrespetuosos y con conductas delincuentes. La mayoría de personas que en su niñez fueron castigadas físicamente, no aparentan haber sufrido ningún trauma psicológico o secuelas permanentes, creándose una percepción de que esta es una forma de disciplina segura. Sin embargo, hoy día se sabe que muchas de estas personas sí cargan con daños emocionales debido al castigo físico y que estas secuelas con frecuencia cursan imperceptibles. Asimismo, la evidencia científica demuestra que el castigo físico puede inclusive aumentar la probabilidad de comportamiento violento o delincuente.

¿Cuál es la evidencia? Estudios poblacionales de alto poder estadístico han encontrado que el castigo físico puede aumentar la probabilidad de que un niño opte por respuestas violentas ante situaciones estresantes. Una encuesta nacional en EE. UU. encontró que el castigo físico está asociado a un mayor riesgo de enfermedades psiquiátricas en la edad adulta como lo son la ansiedad, la depresión, los trastornos de personalidad y el abuso/dependencia de drogas. La Organización Mundial de la Salud demostró que el castigo físico excesivo está asociado con el desarrollo de comportamientos que conducen a enfermedades como obesidad, diabetes, hipertensión, depresión, enfermedades de transmisión sexual y abuso de drogas.

Varios estudios han relacionado el castigo físico con el riesgo de desarrollar conductas violentas en adolescentes. De igual manera, hay abundante bibliografía científica asociando el castigo físico y el desarrollo de sociedades violentas. Esta evidencia científica que relaciona el castigo físico con trastornos psicológicos y sociales ha existido por muchos años. Desafortunadamente, esta información ha permanecido latente en la bibliografía médica. En parte, potencialmente por una negación al sentido de responsabilidad de la sociedad (la mayoría de personas han castigado físicamente a sus hijos) y en parte también porque la evidencia misma no establece clara causalidad. Sin embargo, de manera similar al caso de la relación tabaquismo-cáncer, el peso estadístico acumulado de todos estos estudios a través de muchos años es suficiente para concluir que el uso del castigo físico aumenta el riesgo de efectos psicosociales negativos.

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En uno de los estudios más recientes en este campo, un grupo de investigadores de la Universidad de Tulane, observó el nivel de violencia en niños de edad preescolar durante un periodo de dos años. Los investigadores encontraron que los niños a quienes se les empezó a castigar físicamente durante el periodo de observación, mostraron al final del periodo un nivel de violencia significativamente más alto al compararlo con los niños cuyos padres no les habían pegado. Este estudio es una contribución más a la creciente evidencia que sugiere que un niño no violento se puede tornar violento si es castigado físicamente.

¿Qué nos dice la experiencia? Los psicólogos infantiles afirman que el “mal comportamiento” en los niños es una forma de expresión propia de esa edad y que ocurre frecuentemente como una forma de experimentación y en respuesta a necesidades básicas como nutrición, horas de sueño, ejercicio, exploración, pero más importante que todo, la atención de sus padres. Desafortunadamente, en la actualidad, los niños reciben mucho menos atención debido a un estilo de vida que deja poco tiempo para compartir con ellos, llevando potencialmente a peor comportamiento.

Según pediatras especialistas en desarrollo y comportamiento, el proceso de enseñanza de cómo manejar frustración y resolver conflictos de manera eficiente y humana es sustituido muchas veces por “pegar”. Esta herramienta disciplinaria es más “rápida”, está siempre “disponible” para los padres, y aparenta detener el comportamiento indeseado. Sin embargo, el castigo físico es un método basado en el miedo, que produce un tipo de buen comportamiento el cual frecuentemente es superficial y temporal; y que perdurará hasta que el individuo pueda resistirse al castigo. En contraste, técnicas disciplinarias no físicas generan un mayor entendimiento de “¿por qué está malo lo que hice?”, y esto tiene un efecto potencialmente más permanente.

Los niños aprenden imitando. Además, al pegar se les está dando el ejemplo de que “pegar está bien” y en el peor de los casos, podría interpretarse como que es admisible dominar a alguien físicamente inferior por medio de la fuerza. Los niños aprenden imitando a sus padres. Si los niños ven a sus padres pegando, están aprendiendo que pegar es una manera aceptable de expresar frustración y de resolver problemas. De igual manera, si los hijos no ven a sus padres resolver problemas de manera humana y creativa, no aprenderán las alternativas no físicas de resolver problemas más allá de la fuerza física. Por último, al pegar, se está estableciendo una peligrosa escala de castigo que utiliza cada vez más fuerza. Esto conlleva el riesgo de un castigo físico excesivo y consecuencias médicas lamentables.

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Las alternativas al castigo físico son simples y se basan en preceptos básicos de psicología como el “sistema de premio y castigo”. En primer lugar, el buen comportamiento debe ser premiado de manera consistente y reiterada. Los niños no saben lo que es portarse bien o mal. Por lo tanto, cuando se están portando bien, que tiende a ser la mayoría del tiempo, podríamos premiarlos frecuentemente con muestras de afecto comunes: un beso, un abrazo y una explicación de ¿por qué se le está dando afecto? Esta técnica es conocida como “reforzamiento positivo” y cuanto más se aplique más estimulará el comportamiento deseado. Asimismo, existen múltiples estrategias no físicas para disminuir comportamientos no deseados como el sistema de puntos, la consecuencia natural, la consecuencia lógica, la ignorancia activa, la extinción, la pérdida progresiva de privilegios, y la famosa “pausa” (también conocida como time-out ) que si es aplicado correctamente es altamente efectivo. Lamentablemente, según el estudio de Unicef, el 51% de los costarricenses mostraron una ausencia importante de patrones de crianza y limitaciones importantes en el establecimiento de límites y orientaciones.

¿Cuál es la realidad costarricense? Es un hecho comprobado que en Costa Rica la mayoría de adultos toleran el castigo físico, lo practican y lo justifican. Por otro lado, la investigación clínica ha demostrado que el castigo físico está asociado a consecuencias psicosociales significativas. Este puede aumentar el nivel de violencia en niños y adolescentes y los niveles de violencia en una sociedad. Además, los países donde se practica poco el castigo físico tienen menores índices de criminalidad en adolescentes. La discrepancia entre la evidencia científica y el concepto de castigo físico que tienen la mayoría de adultos costarricenses podría encontrar explicación en nuestra tradición cultural. Sin embargo, se ha demostrado que el 65% de los costarricenses tienen una ausencia de conocimientos adecuados para trabajar límites sin recurrir al castigo físico. Por lo tanto, la alta incidencia de castigo físico en Costa Rica no solo es un asunto cultural, lo cual sería comprensible y difícil de cambiar, sino que también es por falta de conocimiento, lo cual es inaceptable pero afortunadamente modificable por medio de la educación.

La familia ejerce una influencia fundamental en la propensión a conductas violentas. Esta influencia puede ser protectora o inductora de riesgos en la probabilidad de que nuestros hijos se involucren en violencia interpersonal cuando crezcan. La ola de violencia que azota América Central y la epidemia nacional de abuso infantil, nos obliga a los costarricenses a reflexionar como padres acerca de nuestra cultura disciplinaria; y como seres humanos acerca de las potenciales consecuencias de cada uno de nuestros actos. La información existe y está a nuestro alcance. Pegar no es un método disciplinario adecuado; no es efectivo a largo plazo y puede tener consecuencias psicosociales importantes. Es imprescindible que los costarricenses nos instruyamos en los múltiples métodos disciplinarios alternativos al castigo físico y que los apliquemos en nuestros hijos desde edades tempranas. Una educación humana, sensible y sin violencia, es un grandísimo aporte a la formación de nuestros hijos, y es nuestro granito de arena en la lucha contra la creciente violencia.

Dr. Hernán Sierra Profesor asistente de Pediatría, Clínica Children’s Hospital University of Illinois.

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