Opinión

Carta a un intelectual indignado

Actualizado el 28 de junio de 2014 a las 12:00 am

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Carta a un intelectual indignado

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¿Así que no te gusta el fútbol? No hay problema. A algunos no les gusta Vargas Llosa, a otros no les gusta el vodka. A mí, por ejemplo, no me gustan para nada las rancheras y no logro entender la emoción de la gente que se desgalilla en las fiestas cantando La ley del monte . Pero estoy muy claro en que no me gustan las rancheras no porque las considere un arte menor o muy proletarias para mi gusto musical: no me gustan porque no me gustan, igual que no me gusta el ceviche de pulpo, y no considero a quienes sí lo disfrutan ni palurdos ni patanes.

En Facebook, que es la más transparente vitrina del mundo jamás creada, también han aparecido, en medio de la alegría y la locura que para nosotros los ticos ha significado este Mundial, las voces de siempre: quienes se quejan del escapismo del fútbol, quienes entornan los ojos y miran esta algarabía con una risita burlona, quienes pregonan que deberíamos estar concentrados en la resolución de, por decir algo, el hambre o el calentamiento global, y no de fiesta y carnaval, como en efecto se encuentra el mundo entero en estos días.

Se vale todo. De niño no fui nunca un gran futbolero, pero con los años he aprendido a apreciar el efecto psicológico que este sucedáneo de los odios nacionales, este amable e inocuo sustituto de la muerte y la angustia y la desesperación, provoca cada cuatro años en todo el mundo. Por eso, ahora creo que es sumamente emocionante ver la final de un torneo de fútbol con amigos, sea en un bar, sea en casa, picoteando los venenos que uno normalmente no come, bebiendo más allá de la medida prudente, porque, sí, durante esas preciosas dos horas se vale todo y se puede dejar de lado el estrés, el cansancio, la impotencia de este mundo que sí va cambiando, pero demasiado lento para nuestro gusto.

Sería tan fácil ser frívolo y superficial, como tantas personas que se estilan “profundas” porque creen que la cultura es solo Chopin, Stendhal y Botticelli, y que hoy se rasgan sus, oh, tan sublimes togas porque el pueblo se lanza a las calles en absoluto éxtasis por cuatro goles, en vez de estar reclinados en habitaciones en penumbra, consumidos por el spleen y el sturm und drang , discutiendo con exquisito pesimismo la insoportable levedad del ser, la dicotomía ética o el advenimiento del superhombre, respirando el olor a sepulcro de la limitada, pueblerina, seudointelectualidad tica, que no ha producido casi nada de valor ni de utilidad en los últimos cuarenta años.

Esa es la verdadera superficialidad, la verdadera frivolidad, porque tampoco este excelso grupo de intelectuales ha hecho nada por el país, para nada ha propuesto soluciones a sus problemas y laberintos, ocupado como está por refregarse en un alboroto de peluquines, uñas y carteras por la miserable laurea de un premio nacional, por la beca pergeñada con maniobras dignas de un estratega militar, por el puesto político que pospondrá por cuatro años más la necesidad de trabajar para comer, como todo el mundo.

La gente que me sacó las lágrimas el viernes y me hizo maldecir el vivir tan lejos de mi país, la que cubrió de azul, rojo y blanco ese centro neurálgico informal de San José que es la Fuente de la Hispanidad, se lanzó a la calle en un merecido hiato de la realidad, en unas cortas vacaciones del alto costo de la vida, la inseguridad y la desmoralización generalizada que ha puesto de rodillas durante los últimos treinta años a este pueblo sencillo y pobre, pero pulcro y orgulloso, que durante buena parte del siglo pasado dio lecciones de desarrollo cultural, político e intelectual a América Latina, pero que hoy suda la gota gorda para escurrirse apenas entre los últimos lugares de la clase media del mundo. Y ninguno de estos seudointelectuales, conscientes, elegantes, inteligentes, que hoy miran con sorna esta epifanía que estamos viviendo, movió un dedo para evitar la silenciosa tragedia de Costa Rica que estamos viviendo.

Este año he visto a los costarricenses demostrar dos veces que, a pesar de esa emasculación simbólica que hemos sufrido en las últimas décadas, sigue siendo un pueblo terco y soberbio que también sabe decir “no” a quienes lo humillan con actos o con palabras. Porque ha celebrado con lágrimas, con un nudo en la garganta, con el grito de “Costa Rica” coreado por las calles el 6 de abril y el 20 de junio, esta catarsis de las amas de casa, de los oficinistas, de los profesionales liberales, de los empleados públicos, de los comerciantes, esta apoteosis pacífica en la que explota y se esfuma en el aire la rabia e impotencia que nos hemos tragado por décadas en silencio y con disimulo, a la tica, con una aparente sonrisa y un aparente chiste en la boca.

La gente no es estúpida. Así que, querido intelectual cultísimo, me dirijo a vos desde el abismo de mi modesta cultura, y mi más modesta inteligencia, para decirte que no hace falta criticar a nuestro pueblo por su cataclísmica alegría de las últimas horas, escudándose en tu superior análisis de la realidad y en tu inquebrantable compromiso contra el hambre, la injusticia y la opresión.

Simplemente no te gusta el fútbol y eso está bien, pero no te vistás de ropajes ajenos ni mirés con desprecio a quienes regresarán a sus trabajos con una sonrisa enorme en la cara, con el mensaje de que, aún contra todos los pronósticos, si se quiere se puede, con la intención de ponerse la camiseta de la Selección Nacional, en su propia cancha, con sus propios rivales, con otros árbitros.

La gente no es estúpida, amigo intelectual, aunque no alcance los olimpos de sublime sabiduría en los que te movés con tanta gracia. La gente sabe que esto es un Mundial, que esto es fútbol, y que en tres semanas habrá que bajar de la nube y seguir bregando. Porque, ¿de verdad no te has dado cuenta de lo que se trata toda esta locura? Se trata simple y llanamente de una nación que intenta a saltos y brincos recuperar la fe en sí misma.

Y, como en todos los temas de fe, la Razón sobra, tus razones sobran, y en este glorioso partido te has dado a vos mismo una tarjeta roja.

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