Opinión

Carmen Naranjo: y llovía, llovía...

Actualizado el 18 de marzo de 2017 a las 12:00 am

Y vendimos la lluvia es un cuento irreverente en tanto fuerte crítica a sistemas político-sociales

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Los cuentos “Y vendimos la lluvia”, de Carmen Naranjo, y “La autopista del sur” de Julio Cortázar (sobre este último hice un comentario en este medio el 21 de enero) tienen en común su carácter de literatura de ciencia ficción, según los planteamientos de Umberto Eco en relación con este género.

Esta modalidad literaria, siguiendo al estudioso, se construye con base en el principio de “conjeturalidad”, según el cual, a partir de una conjetura, producto de tendencias, indicios, situaciones y demás del mundo real, surge un mundo ficcional. Según la Real Academia Española (RAE), conjeturar es “formar juicio de algo por indicios y observaciones”.

El cuento titulado “Y vendimos la lluvia”, de Carmen Naranjo, es tierra fértil para plantear cómo, a partir del principio de “conjeturalidad”, se construye un mundo ficcional que narra la historia de un país a punto de la debacle, camino al despeñadero, resultado de desastrosos gobiernos; todo ello producto de administraciones de desvergonzados políticos y gobernantes de turno, de altos niveles de corrupción, amén de su ineficacia, desidia y absurdas decisiones para enfrentar circunstancias adversas.

La causa. El inicio del texto son las palabras del ministro de Hacienda: “¡Qué jodida está la cosa! (...) no había un centavo en caja (...) el Fondo tercamente estaba afirmando no más préstamos hasta que paguen intereses, recorten el gasto público, congelen los salarios”. Por otro lado: “el pobre pueblo exclamaba: aumentan el agua y el agua no llega a casa a pesar de que llueve diariamente”.

Llega el momento en el que “el hambre y la pobreza ya no se podían esconder (…). El mar de pobreza creciente que se vio en ciudades y aldeas, en carreteras y sendas, contrastaba con más Mercedes Benz, beemedobleu, Civic y el abecedario de las marcas en sus despampanantes últimos modelos. (...) gente sin casa sin un centavo en el bolsillo”. Se daba “un robo cada segundo y un asalto a las residencias cada media hora”.

Además, “para ese entonces ya habíamos vendido muy mal el atún, los delfines y el domo térmico, también los bosques y los tesoros indígenas. Además, el talento, la dignidad, la soberanía y el derecho al tráfico de cuanto fuera ilícito”.

Esta caótica situación hace surgir la duda: “¿Es que a nadie se le ocurre en este país alguna pinche idea que solucione tanto problema? (...) preguntó el presidente de la república que poco antes de las elecciones se proclamaba que era el mejor, el del pensamiento universitario, con doctorado para el logro del desarrollo”.

Negocio con lluvia. Es tal la apremiante situación sobre el endeudamiento y la incapacidad de pagar la deuda que el gobierno de turno piensa “ponerle un impuesto al aire”. “El aire era parte del patrimonio gubernamental, por cada respiro diez colones”.

Sin embargo, ante el complicado sistema que implica vender el aire, se decide –como “maravillosa” iniciativa– vender la lluvia. Es el clímax de la situación: “Estamos dispuestos a vender la lluvia, no faltaba más, su producción no nos cuesta nada, es un recurso natural como su petróleo, haremos un trato bueno y justo. (...) venderemos la lluvia a diez dólares el centímetro cúbico, los precios se revisarán cada diez años, la compra será ilimitada, con las ganancias pagaremos los préstamos, los intereses y recobraremos nuestra independencia y nuestra dignidad”.

Se invoca a “amigos orientales”, al sultán Abun dal Tol para seducirlo con el ofrecimiento de nuestra lluvia y así lograr el monto de dinero necesario para solucionar la gigantesca deuda: “Oh, padre sultán, señor mío, de las lunas y del sol, si su alteza arábiga pudiera ver como llueve y llueve en ese país, le juro que no me creería”.

Finalmente se construyen embudos y acueductos en el Atlántico para trasportar el agua. El primer pago en dólares, proveniente del Emirato de los Emires, se celebró con una semana de vacaciones. ¡Y así sigue la historia!

Crítica. Es un cuento irreverente en tanto fuerte crítica a sistemas político-sociales y lo hace utilizando el recurso del sarcasmo, mordacidad, humor y crítica punzante, entre otros.

Queda en evidencia que la relación literatura-sociedad se establece cuando, siguiendo la propuesta de Eco, el escritor, a partir de conjeturas que surgen del mundo real (de su presente) construye un hiperbólico mundo ficcional: sus raíces “serían”, entonces, coyunturas y situaciones culturales actuales. Su argumento lo convierte en un fiel representante de literatura de ciencia ficción.

Conocer el desenlace será tarea de los lectores y el acercamiento a este mundo producirá en ellos una sonrisa.

La autora es filóloga.

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