Opinión

‘Aleph’ y después

Actualizado el 23 de noviembre de 2015 a las 12:00 am

Jorge Luis Borges, como su prosa, aun contra su voluntad, es increíble

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La primera letra del alfabeto hebreo se llama aleph y el nombre designa, en el cuento de Jorge Luis Borges, a “la pequeña esfera tornasolada… de dos o tres centímetros” que contiene el espacio cósmico y que yace oculta en un sótano de la gran ciudad.

Publicado en 1945 y reeditado en 1974, El aleph es la obra más emblemática de la producción borgiana y también la menos encasillable.

El centro del relato (que el propio Borges notifica en la segunda mitad de su fábula) debe aguardar la repetida mención y el movedizo papel de Beatriz Viterbo, ambiguo pero significativo, que sirve para fijar un contexto equívoco, de presuntos amoríos y vanidades intelectuales, contexto que incluye a Borges, una suerte de amante poco afortunado de la mujer y seudoamigo de Carlos Argentino Daneri, primo de Beatriz. Los demás son todos actores de reparto y extras.

Una lectura de claves llevó al crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal a decir que El aleph era una secreta parodia de La divina comedia (Daneri sería Dante Alighieri y Beatriz, la musa contemporánea de aquella historia del siglo XIV); no obstante, el propio Borges negó tal semejanza y sembró de dudas el camino de una posible interpretación teórica.

¿Entonces? Carlos Argentino Daneri habita la casa del sótano aludida más arriba, en la calle Garay, una calle cualquiera de un barrio sepia de Buenos Aires, la misma casa de sus tíos donde, cierto día remoto y anterior a su edad escolar, descubrió por accidente el mundo inesperado que denominó Aleph.

Daneri, por vanidad, incontinencia verbal o ganas de entrar en la historia (o las tres cosas) participa de su secreto al autor, arrogándose la función de arcángel de un sitio incomparable: “El lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”.

En la tremenda oscuridad del sótano, echado sobre las gastadas tablas y listo a lo que podría acontecer, sea lo que fuere, Borges se convierte en el ojo unánime, el testigo privilegiado y ecuménico de un fenómeno inclasificable: “Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo… vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra… vi el Aleph desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra…”.

La enumeración es copiosa porque la vista es simultánea y el lenguaje humano, sucesivo: la voz que enumera nace y se apaga, intermitente, ante la maravilla que se presenta como un todo, y lo es: “el inconcebible universo”.

Después. Daneri ayuda a Borges a levantarse y subir las escaleras que llevan al comedor. Triunfal y con descaro, le pregunta: “¿Lo viste todo bien, en colores?”. El tono y la indiferencia de Borges (que le suenan extraños a él mismo) se acoplan a su deseo de no hablar de lo que pasó.

Rumia un par de veces la palabra “formidable” y aconseja a Daneri “el campo y la serenidad” como dos grandes médicos” y llama a esto “su” acto de venganza. Trato de imaginar, ahora sí, la cara desencajada del primo de Beatriz. ¿Y la vivencia torrencial que Borges acaba de sentir?

Ya en la calle, de vuelta a su techo, confiesa: “Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido”.

Pero no se detiene aquí. La posdata del cuento habla de la presencia de otro Aleph, descubierto por el capitán Richard Burton –cónsul de Inglaterra en Brasil– allá por 1867 y documentado por Pedro Henríquez Ureña (por mi cuenta, quiero agregar que el guatemalteco Augusto Monterroso dice que hay que releer La araucana (siglo XVI), el poema épico de Alonso de Ercilla y reparar en la manzana milagrosa, esfera al fin).

“Yo creo que el Aleph de la calle Garay es un falso Aleph”, concluye Borges, que trata así de no quedar pegado a una obra que no puede negar como típicamente borgiana y a la que sus admiradores consagraron por su originalidad.

Pero la contradicción ronda por ahí, y pienso –mejor dicho, aventuro– que El aleph, el cuento, fue y sigue siendo un campo de batalla entre lo creíble y lo increíble. Y que Borges, como su prosa, aun contra su voluntad, es increíble.

El autor es escritor.

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