Opinión

Adiós, Haydée

Actualizado el 23 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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Adiós, Haydée

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Por motivos que no es del caso explicar aquí, no es sino hasta ahora que escribo sobre la desaparición terrenal de esa magnífica actriz y, sobre todo, esa extraordinaria persona que fue Haydée de Lev.

A través de los años tuve el privilegio de admirarla sobre el escenario, no solo cuando se presentaba en una obra, sino también durante los ensayos, cuando el director de turno, en muchas ocasiones Daniel Gallegos, veía desaparecer, lentamente, a Haydée para surgir, como un extraño nacimiento, Ana Frank o Encarnación Sancho, en La Segua , o María Estuardo, en la obra homónima de Schiller. Durante muchos años fue la “señora del teatro” y su presencia aseguraba el éxito de un montaje. Su profesionalismo la impulsaba hacia cualquier sacrificio para lograr una interpretación perfecta.

Beto Cañas lo cuenta muy bien cuando recuerda el estreno de su obra La Segua . Se iba a estrenar un lunes con Kitico Moreno en el papel protagónico y el domingo en la tarde se llevó a cabo el último ensayo durante el cual Kitico se cayó y se fracturó un pie: ¿Qué hacer, entonces? ¿Suspender la función? No. En la vieja tradición de the show must go on , Beto llevó el texto a Haydée en su casa y le dijo: “Le traigo esta obra que usted no ha leído y cuyo contenido ignora. Vengo a pedirle que lo lea, lo estudie y lo estrenamos de hoy en ocho”. La actriz aceptó el reto, se encerró a leer y estudiar la obra, que se estrenó a los ocho días de la visita del autor y, como se trataba de un festival, a la hora de entregar los premios, por unanimidad, el de la mejor actriz fue otorgado a Haydée.

El teatro no fue lo único que le interesó a esta extraordinaria actriz, ya que le interesaban todas las manifestaciones artísticas. Incansable lectora, leyó y disfrutó de la buena literatura de todos los países. Fue fundadora de la Radio Nacional y tuvo un programa en la Radio Universidad de Costa Rica durante el cual leía cuentos de autores costarricenses; incluso, en una ocasión tuvo la gentileza de leer un cuento mío.

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Practicó el ballet y la danza, e inició y mantuvo durante varios años un curso de dicción que, con el tiempo, se fue transformando en veladas literarias, a muchas de las cuales me invitó y disfruté de la conversación intelectual y del estudio de grandes literatos, sobre todo de nuestra América. En varias ocasiones en que fui miembro del jurado de Teatro coincidí con los otros integrantes para otorgarle el premio como la mejor actriz del año. Igual sucedió cuando fui miembro del jurado de Áncora : el premio de Teatro se le otorgó a la pareja formada por el director Daniel Gallegos y la actriz Haydée de Lev, por la obra Emily .

Son muchas las obras en las que trabajó Haydée y siempre lo hizo con gran profesionalismo y profundidad de sentimientos. Recuerdo con especial agrado Shirley Valentine y, sobre todo, El diario de Ana Frank , en la cual esta actriz –de unos cuarenta años en ese entonces– lograba, a través de una extraordinaria actuación, hacer creíble que la que estaba en el escenario era una niña de trece años.

Emily fue quizás la obra mejor lograda del dúo artístico del director Daniel Gallegos y la actriz Haydée de Lev. Tuvo mucho éxito cuando fue presentada aquí y aún más durante el Festival de Guanajuato, cuando fue aclamada por el público y la crítica especializada. Todavía recuerdo con emoción la escena en que Haydée, judía, se persigna: “En el nombre de la abeja, de la mariposa y de la brisa, ¡Amén!”.

Haydée de Lev ha partido en un viaje sin regreso, pero su recuerdo, su inteligencia y su dedicación al teatro vivirán siempre mientras exista el arte, el amor y el deseo de ser mejor cada día.

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