En pocos días, la tormenta Nate causó enormes daños en la infraestructura vial del país, destrozó viviendas y edificios escolares, entre otros, y cargó de penas a muchas familias que, por ahora, dependen de la ayuda pública. El Estado debe proceder, con urgencia, a identificar y reparar los daños, de conformidad con una cuidadosa lista de prioridades. La tarea, cuyo costo podría ser el equivalente de varios puntos porcentuales del producto interno bruto (PIB), debe ser ejecutada con independencia de la situación de las finanzas públicas, que son deficitarias. Habría sido mucho mejor contar con un superávit fiscal en los años de vacas gordas para tener lo necesario en los de vacas flacas, pero solo queda aceptar la situación tal como es.
Nate destrozó puentes y carreteras. Así, dejó incomunicadas a muchas poblaciones. No es posible perder tiempo. De otra forma, será difícil llevar apoyo a las familias damnificadas. Además, las vías y puentes obstruidos atentan contra la producción del país. Las erogaciones requeridas deben ser financiadas con cargo a partidas del presupuesto nacional carentes del mismo grado de urgencia. También es necesario recurrir a la diplomacia para obtener ayuda de países amigos, entre ellos los miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que tienen recursos para atender este tipo de necesidades de naciones cercanas a la organización.
Si esas medidas no proveyeran todos los recursos requeridos, no debe el gobierno temer al endeudamiento, en particular al de rápido desembolso, porque se justifica, incluso, en términos macroeconómicos. Los indicadores del déficit fiscal y del endeudamiento público se expresan como proporción del PIB, y si este se estanca (o, peor, si decae) debido a los daños de infraestructura, habría un deterioro de las relaciones citadas.
