Opinión

EDITORIAL

Remezón electoral en Turquía

Actualizado el 14 de junio de 2015 a las 12:00 am

Turquía es una potencia estratégica en un mundo convulso. Es miembro de la OTAN y su colaboración es esencial para Occidente

Con una economía en dificultades y crecientes demandas populares de mejora social, el país está necesitado de una visión serena y actuaciones decisivas

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Las elecciones parlamentarias de Turquía, el domingo pasado, marcaron un severo revés para el partido Justicia y Desarrollo (AKP) que lidera el jefe de Gobierno, Recep Tayip Erdogan. El AKP es una agrupación islamista moderna, de izquierda moderada, que durante 13 años ha dominado el Parlamento gracias a una cómoda mayoría de los 550 asientos legislativos que conforman el total. En esta oportunidad, el AKP descendió a 256 plazas y privó así a Erdogan de la facultad para formar un gobierno exclusivo. Ahora deberá integrar una coalición con otros partidos y las negociaciones empezaron esta semana.

Los asientos perdidos por el AKP se dividieron mayormente entre el Partido del Movimiento Nacionalista (MHP) y el Partido Popular Democrático (HDP), de los kurdos, que con un 13 % del voto logró ingresar al Parlamento.

Sin embargo, este reacomodo de fuerzas respondió primordialmente al cansancio del electorado con el autocrático Erdogan. En especial, en los últimos años, el gobernante ha dado rienda suelta a su personalidad brusca y, a veces, sin excluir a líderes extranjeros de los destinatarios de sus furias. Sus inclinaciones lo condujeron a exponer en público un plan de reformar la Constitución para ampliar sus facultades presidenciales a niveles temibles.

Tan seguro estaba Erdogan del eventual triunfo electoral que hace pocos años mandó a construir un palacio presidencial a su entero gusto, con mil habitaciones de lujo, canchas deportivas internas, piscinas y todos los lujos imaginables. Este monumento al desperdicio de las riquezas del país, a la pérdida del sentido común y la razón que con pleno derecho los ciudadanos esperan, ha ganado su sitial en la historia.

Con posterioridad a los resultados del domingo, el mandatario ha declarado con cierta humildad que espera completar su coalición. Con tal finalidad, dijo, es imperativo que los dirigentes políticos actúen con humildad para aceptar las limitaciones inherentes a la formulación de alianzas. De no cuajar sus esfuerzos en el plazo constitucional de 45 días, habrá que ir a nuevas elecciones.

Turquía es una potencia estratégica en un mundo convulso. Las circunstancias predominantes requieren de un gobierno democrático y un pueblo solidario. Ataturk, el fundador de la Turquía moderna, así lo contempló en su ideario. No en vano Turquía es miembro de la OTAN y su colaboración es esencial para Occidente.

Con una economía en dificultades y crecientes demandas populares de mejora social, el país está necesitado de una visión serena y actuaciones decisivas de los gobernantes para afincar sólidamente el destino nacional.

Turquía solía ser receptora privilegiada de inversión extranjera. Esa infusión ha mermado, en parte por la competencia de otras naciones, pero, primordialmente, por la incertidumbre institucional y política hasta ahora generada por Erdogan.

Una de las grandes virtudes congénitas de la democracia es la calificación periódica que hacen los pueblos de sus gobernantes. Los próximos días serán cruciales para aquilatar la capacidad del sistema para proveer soluciones en coyunturas difíciles como las presentes, que también invitan a emprender peligrosas aventuras políticas. Esperamos que prevalezca el sentido realista para enderezar la marcha de la prosperidad con democracia.

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