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EDITORIAL

El Plan Impulso

Actualizado el 26 de octubre de 2015 a las 12:00 am

Una reducción en las tasas de interés era inevitable y conveniente, a pesar de que sus efectos en la producción solo se logren ver con algún rezago

A los bancos comerciales les faltó visión para apreciar lo que estaba ocurriendo y tardaron mucho en reaccionar

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El Plan Impulso

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Consideramos apropiado efectuar un análisis objetivo del plan propuesto por el presidente, Luis Guillermo Solís, para reactivar la economía y contribuir a generar mayores fuentes de empleo. De entrada, creemos que se queda corto en varios aspectos, pero es un paso en la dirección correcta. Si algo necesita la producción nacional, es un empujoncito hacia adelante.

k Medidas. Las principales medidas contempladas conjuntamente por el Gobierno y el Banco Central mediante el Plan Impulso son reducir las tasas de interés, establecer una nueva metodología para calcular la tasa básica pasiva, incrementar la liquidez, recurrir a ciertas medidas de financiamiento externo y colocación de títulos, para conjugar el déficit fiscal, y algo en materia de inversión pública en infraestructura.

El crecimiento de la producción depende de muchos factores, no solo de la tasa de interés. Por eso creemos que se queda corto. La inversión pública contemplada en el plan sí contribuye, pero probablemente no sea tan ambiciosa como para marcar una gran diferencia. Más se debería hacer en materia presupuestaria, que privilegia los gastos corrientes sobre la expansión de capital. El plan, sin embargo, tiene un aspecto cualitativo que se debe rescatar: parte del supuesto de que el sector privado, que otorga el 86% de los puestos de trabajo, es el llamado a generar las nuevas fuentes de empleo y, por ello, se concentra en la reducción de intereses, rubro sensible en la producción. Por eso, miembros del sector privado, particularmente Uccaep y Crecex, lo vieron con buenos ojos.

k Tasas de interés. Reducir las tasas de interés es, probablemente, la más importante y controversial de las medidas. Algunos opinan que toda reducción debería ser decretada por el mercado y no el Estado; otros, que el mercado financiero costarricense no es tan competitivo como en otros países, que está influido por grandes actores públicos, incluidos los dos grandes bancos estatales, Hacienda y el Banco Central; que las políticas fiscal y monetaria, de toda suerte, inciden en el valor nominal del dinero, y –lo más importante– que las circunstancias económicas internas y externas han variado significativamente y las tasas de interés no deben permanecer estáticas en niveles tan elevados, como si nada estuviera ocurriendo.

Efectivamente, cambios importantes se han dado en el mundo y en la economía interna. La inflación mundial ha caído muy por debajo de las tasas observadas en años precedentes, al igual que las tasas de interés. En EE. UU., por ejemplo, la tasa de inflación no mueve las agujas y las tasas de interés del Banco de la Reserva Federal (Fed) se mantienen entre 0 y 0,25%, aunque la expectativa es que se normalicen, pero muy gradualmente; en Europa, sucede algo similar y, en Japón, la inflación ha sido negativa, a pesar de la expansión monetaria en todas ellas. La caída en el precio del petróleo y otras materias primas asociada con la ralentización del crecimiento en los mercados desarrollados y emergentes, como China, y la caída en Latinoamérica, han contribuido a la baja inflación. La respuesta oficial es de todos conocida: aumentar la liquidez y reducir las tasas de interés para tratar de estimular la inversión y el gasto.

Guardando las proporciones de tamaño, tiempo y lugar, en Costa Rica hemos experimentado algunos de los efectos de la crisis. El crecimiento de la producción ha sido modesto, particularmente en el 2015 (2,8%), y el desempleo se ha mantenido elevado (9,5% de la fuerza laboral). La inflación y las tasas de interés han venido cayendo, pero este año se precipitaron de forma más notoria. La variación del índice de precios al consumidor (IPC) este año será prácticamente cero, pero las tasas de interés han permanecido demasiado elevadas en términos reales. Aunque el Banco Central redujo substancialmente su tasa de política monetaria (de 5,25% a 3% hasta hace pocos días), los otros bancos, públicos y privados, mostraron mucha reticencia a acompañar al Central en la reducción. La tasa básica pasiva permanecía alrededor del 6,45%, siendo muy elevada en términos reales. Eso impedía bajar las tasas activas, que son las más influyentes en las decisiones de inversión.

k Rezago. Creemos que a los bancos comerciales les faltó visión para apreciar lo que estaba ocurriendo y tardaron mucho en reaccionar. Esto explica, al menos en parte, el impulso oficial. Un mercado más competitivo probablemente habría reaccionado con más celeridad, especialmente porque la menor inflación, en vez de castigar las utilidades, más bien las favorece, sobre todo si se toma en cuenta que las perspectivas de incrementos en el IPC para el año entrante son también muy favorables.

Además, los grandes demandantes de recursos como Hacienda, los bancos del Estado y el propio Central saben bien que pueden captar a tasas menores cuando la inflación es baja, pues tampoco se sacrifica la rentabilidad real de los usuarios. Una reducción en las tasas de interés no solo era inevitable, sino conveniente desde los puntos de vista económico y social. Mantener tasas pasivas reales muy elevadas implica una traslación de recursos a personas de mayores ingresos, aparejada a un castigo a los deudores e inversionistas, y un aumento de las utilidades de los bancos y entidades financieras no concordante con las circunstancias económicas. Una menor tasa de interés también contribuye a reducir el déficit fiscal.

k Caída. El Ministerio de Hacienda, de consuno con los bancos públicos y el Banco Central, ha mandado la señal de estar dispuesto a captar, pero a precios nominales más bajos, aunque siempre positivos en términos reales. Las tasas de interés ya han comenzado a bajar, según hemos reportado en estos días. A nuestro modo de ver, es posible que las demás entidades bancarias tengan que adaptarse a esta nueva realidad, pues podrían llenarse de recursos caros que luego afectarían sus utilidades. El Banco Central también redujo su tasa de política monetaria de un 3% anual a solamente un 2,25% anual, dando también una señal de la dirección hacia la que quiere mover el resto del sistema.

k Cálculo de la básica pasiva. A lo anterior se suma la decisión de la Junta Directiva del Banco Central de variar la fórmula de cálculo de la tasa básica, aunque su aplicación será gradual. En vez de limitarse a contabilizar los títulos con vencimiento entre cinco y siete meses, se incluirán todos los plazos hasta un año de vencimiento con el objetivo de considerar el costo verdadero de la captación bancaria, lo cual parece un paso permanente en la dirección correcta. Al incluirse los a corto plazo, donde se ubica el grueso de la captación, la tasa básica pasiva (promedio ponderado) tendrá que bajar. Eso eventualmente afectará las tasas activas (préstamos) que, por imperativo legal, deben basarse en esa tasa básica pasiva para prestar sin incurrir en arbitrariedad unilateral en contra de los deudores. Bajar las tasas activas sí tendrá alguna influencia positiva en la inversión y crecimiento, sobre todo a mediano plazo. En todo caso, los deudores y empresarios verán algún alivio en sus flujos de caja.

k Estrujamiento fiscal. Una de las dudas sobre la eficacia del Plan Impulso es la eventual presión fiscal en el mercado financiero, una vez agotado el último tracto de los $4.000 millones de eurobonos. En condiciones normales, cabría esperar alguna presión adicional a contrapelo de la política de reducción de intereses. La respuesta de Hacienda, sin embargo, es negociar con el Gobierno de China la colocación de un monto importante de bonos denominados en moneda extranjera (se menciona la cifra de $1.000 millones en ventanilla), colocar nuevos títulos en dólares en el mercado local a tasas inferiores a las del mercado en colones y recurrir al financiamiento de organismos internacionales. Aunque algunos de estos mecanismos puedan parecer inconvenientes, lo cierto es que restarían presión al mercado financiero interno y contribuirían a bajar las tasas de interés, al menos mientras se tramita alguna reforma fiscal.

A nosotros nos parece más eficaz y sostenible emprender una reforma fiscal más comprensiva, bajo el doble componente de menores gastos y mayores ingresos, tal como hemos venido sosteniendo en los últimos años. Pero ese consenso no ha podido conseguirse entre los poderes Ejecutivo y Legislativo. Esa sería la situación ideal. Sin embargo, en vista de las consideraciones anteriores y las nuevas condiciones de la economía interna y externa, creemos que una reducción en las tasas de interés era inevitable y conveniente, a pesar de que sus efectos en la producción solo se logren ver con algún rezago.

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