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EDITORIAL

Montezuma y el legado de los Wessberg

Actualizado el 25 de septiembre de 2013 a las 12:00 am

El país le debe a una pareja de suecos la Reserva Natural Absoluta Cabo Blanco, única área protegida de bosque primario establecida antes de 1977

La Reserva Natural Nicolás Wessberg está formada por apenas 63 hectáreas, pero es portadora de un mensaje poderoso y enaltecedor

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La historia de la conservación en Costa Rica, que aún está por escribirse, le debe muchísimo a extranjeros como el ambientalista sueco Olof Nicolás Wessberg, padre de la Reserva Natural Absoluta Cabo Blanco, primera área protegida del país, quien fue asesinado en 1975 cuando luchaba por la creación del Parque Nacional Corcovado.

Él y su esposa, Karen Mogensen, llegaron aquí en 1955 y se establecieron en una pequeña finca en Cóbano, cerca de la playa de Montezuma, donde se propusieron reforestar la zona con especies endémicas.

En esa propiedad funciona actualmente la Reserva Natural Nicolás Wessberg, la cual representa el último legado que le entregó la pareja al pueblo de Costa Rica. Como retribución a su sacrificio, lo menos que podemos hacer es honrar su memoria y preservarla como ejemplo para las nuevas generaciones.

Durante 40 años, doña Karen, como la conocieron sus amigos y vecinos, fue un personaje legendario en Montezuma y una incansable defensora del medioambiente. Su modesto albergue, que abrió al morir su esposo, como forma de paliar las dificultades económicas sin sacrificar la reserva, fue un lugar de paso obligado para todo visitante de la península de Nicoya.

Doña Karen murió en 1994 y estipuló en su testamento que deseaba donar el terreno al Estado para que se convirtiera en un área de conservación absoluta, tal y como es Cabo Blanco. La reserva se encuentra cerrada a los turistas, pero está disponible para los investigadores y las actividades de educación ambiental.

La antigua casa de los Wessberg, a la que puede accederse por medio de un sendero que significativamente comienza en la escuela de la comunidad, se convertirá en un museo dedicado a conmemorar su legado histórico.

Poco después de llegar a Costa Rica, Nicolás Wessberg descubrió Cabo Blanco, “el más hermoso bosque que Dios ha creado”, como lo describió años después, y se dio cuenta de que la tala indiscriminada, la agricultura y la ganadería estaban a punto de acabar con los últimos vestigios de selva virgen de la región. Para salvaguardar este santuario, en 1960 lanzó la primera campaña de recolección de fondos para fines ecológicos en Centroamérica.

Gracias a los donativos de importantes organizaciones no gubernamentales de Estados Unidos, Inglaterra, Suiza y Austria, pero también a pequeñas contribuciones privadas, el 21 de octubre de 1963 se instauró la Reserva Natural Absoluta Cabo Blanco, única área protegida de bosque primario establecida antes de la promulgación del Servicio de Parques Nacionales en 1977.

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Una vez nombrados los dos primeros guardaparques, Wessberg en persona supervisó su trabajo y en muchas ocasiones los acompañó en sus recorridos de vigilancia. También hizo investigaciones biológicas y escribió artículos en publicaciones internacionales. En su recuerdo, uno de los senderos de Cabo Blanco lleva por nombre El Sueco.

El entusiasmo y esfuerzo de la pareja escandinava contribuyeron con el establecimiento de una política de parques nacionales y áreas protegidas, en la década de 1970, que sentó las bases del país verde que anhelamos y que, pese a sus contradicciones y dificultades, se transformó en uno de los líderes mundiales en conservación.

La Reserva Natural Nicolás Wessberg está formada por apenas 63 hectáreas, pero es portadora de un mensaje poderoso y enaltecedor. Exalta a una pareja de pioneros del movimiento ecologista y de la relación armoniosa entre el ser humano, la comunidad y la naturaleza. Un sueño que, hoy más que nunca, está vivo y a la vez amenazado por intereses mezquinos, como lo demostró el asesinato del joven ambientalista Jairo Mora en Limón, en mayo pasado.

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