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EDITORIAL

Implicaciones de la crisis griega

Actualizado el 08 de julio de 2015 a las 12:00 am

Grecia es quizás el ejemplo más palmario de años de mal manejo macroeconómico, caracterizado por políticas fiscales dispendiosas

¿Podría Costa Rica avanzar por la misma senda si el Gobierno y los diputados no le ponen coto al creciente déficit fiscal?

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Implicaciones de la crisis griega

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Aunque ganó el “no” en el referendo, la saga para el pueblo griego continúa. El gobierno de Alexis Tsipras y los representantes de la Unión Europea (UE) ya retomaron las negociaciones; sin embargo, prevalece una gran incertidumbre. La situación es tan compleja que difícilmente se hallará una solución a corto plazo y, si se encontrara, tampoco es fácil predecir si los griegos cumplirán sus compromisos. Es importante transitar sobre las escurridizas arenas de la crisis griega para derivar algunas lecciones y no correr los mismos riesgos.

Cuatro facetas se deben resaltar en este proceso: la que generó la crisis económica (causas), el incumplimiento de las promesas frente a los acreedores, las reformas pendientes y las consecuencias e implicaciones actuales.

Causas. Grecia es quizás el ejemplo más palmario de años de mal manejo macroeconómico, caracterizado por políticas fiscales dispendiosas, exagerado endeudamiento público para sostener el gasto (actualmente sobrepasa el 177% del PIB), políticas salariales excesivas, pensiones extraordinarias que consumen un alto porcentaje del PIB, ausencia de reformas estructurales para incrementar la productividad (rigidez laboral) y ocultamiento malicioso de la verdadera situación fiscal a los socios europeos. El país enfrenta, además, el agravante de no poder hacer el ajuste mediante una devaluación por estar ligado a una moneda común.

El nivel de consumo se hizo insostenible. Cuando se secaron las fuentes de crédito externo, los títulos de la deuda soberana griega se vinieron al suelo. Los inversionistas exigieron mayores tasas de interés para compensar el riesgo, el diferencial entre los bonos griegos y los alemanes llegó a un 11,7%, comparado con el 1,56% en el caso de España o el 1,52%, en el de Italia. Por otra parte, la producción e ingresos en todos los sectores cayeron abruptamente, y dio paso a crecientes niveles de pobreza. La primera lección es que ningún país puede vivir mucho tiempo por encima de sus medios. Tarde o temprano tiene que aterrizar en la realidad. Eso se intentó con los frustrados planes de salvamento.

Incumplimiento. La historia financiera de Grecia en los últimos cinco años se caracteriza por la celebración de numerosos planes de salvamento y, luego, una larga serie de incumplimientos. Los planes estuvieron a cargo de los ministros de Hacienda de la Comunidad Europea (CE), el Banco Central Europeo (BCE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Posteriormente se sumaron acreedores privados, forzados a aceptar una reducción sustancial en el principal de sus acreencias. Aparejado al financiamiento adicional y la reducción de deudas, se impusieron programas para modificar el desequilibrio macroeconómico.

En noviembre del 2012, el FMI aprobó un acuerdo de financiamiento condicional ( extended arrangement ) por un monto extraordinario, a lo cual se sumaron aportes adicionales del BCE y Gobiernos de la UE. Los montos se desembolsarían gradualmente, conforme Grecia implementara las reformas requeridas. Pero no ocurrió así. Se había comprometido a reducir el gasto e imponer nuevos impuestos para originar un superávit primario de un 3% en el 2015 y, luego, un 4,5% en el 2016 con el fin de hacer frente a los pagos de la deuda externa, incluidos los organismos internacionales, Gobiernos y tenedores de bonos. También debía aplicar reformas de carácter estructural, incluida una mayor flexibilidad en los contratos laborales, aumentar la base y tarifas del impuesto sobre el valor agregado y reducir las exageradas pensiones para combatir el déficit y estimular el crecimiento y la competitividad. El programa estaba bien diseñado, pero era riguroso y exigía ajustes en los sectores público y privado que no estaban acostumbrados a la frugalidad.

En enero de este año, llegó al poder el partido de izquierda radical Syriza, con una plataforma contraria a la austeridad. Pronto quedó corto en las reformas acordadas y mermó su capacidad de pago. Se suspendieron los desembolsos y se inició, de nuevo, la crisis que desembocó el 1.° de julio en el incumplimiento del pago adeudado al FMI por $1.600 millones. Técnicamente, se impuso una nueva moratoria (cesación de pagos) con grave impacto sobre la confianza y las tasas de interés. El corralito bancario decretado por el Gobierno para impedir salidas de capital amplificó la incertidumbre entre ciudadanos, empresarios y acreedores. Después del referendo, la medida se prorrogó por dos días, pero posiblemente se tendrá que ampliar más. A estas alturas, es difícil predecir cuándo reabrirán plenamente los bancos y se elimina el corralito. Mucho dependerá de las negociaciones con la UE, el FMI y el BCE. Aunque todos expresaron su deseo de renegociar, la línea dura de los alemanes y el criterio técnico del FMI probablemente se harán sentir.

Reformas pendientes. La odisea griega está lejos de terminar. El FMI, en un detallado informe, que circuló hace pocos días, indicó claramente que si el Gobierno hubiera ejecutado a cabalidad las medidas contempladas en el acuerdo del 2012, habrían comenzado ya a rendir frutos: el PIB crecería, las tasas de interés habrían bajado para aliviar el déficit fiscal y habría menos castigo al empleo y los salarios reales. Ahora, la situación se ha deteriorado mucho más. El FMI asevera que ya no sería suficiente completar los fondos originalmente comprometidos sino que se requerirá de más. Será necesario reducir los superávits fiscales exigidos, auspiciar un aporte mayor de los socios europeos e imponer nuevos recortes a los acreedores, en su mayoría Gobiernos de la UE. Pero los aportes adicionales y los recortes de las acreencias golpearán directamente a los contribuyentes de los demás países y harán más difícil otorgar nuevas concesiones. En Alemania y varios países escandinavos, ya los electores no ven con buenos ojos la permanencia de Grecia en la zona económica europea ni su utilización del euro como moneda común.

Repercusiones. En este momento, todo apunta a que Grecia, a pesar del referendo, no abandonará la UE ni el euro. Los mercados en casi todo el mundo han reaccionado a la baja después de la consulta, pero no hay signos de pánico ni una corrida generalizada. Una de las razones, pareciera, es que la EU está más preparada ahora para enfrentar situaciones como la de Grecia, independientemente de su permanencia o retiro como socio permanente. El euro ha bajado frente al dólar, pero la pérdida es moderada y los analistas no esperan una depreciación significativa. El petróleo también ha bajado, pero más por la ralentización en China y las expectativas de menor crecimiento futuro.

A largo plazo, sin embargo, no sabemos si Grecia podrá –o querrá– cumplir sus compromisos. No se puede descartar que se vea forzada a abandonar el euro y resucitar el dracma como moneda de curso legal. En esa eventualidad, una de las complicaciones sería determinar el tipo de cambio de su nueva moneda frente al euro, lo cual es probable que implique una serie de devaluaciones y sucesivos ajustes inflacionarios, todo lo cual exacerbaría los niveles de pobreza y desempleo. Si se mantienen dentro de la zona del euro, igual tendrán que ejecutar los ajustes estructurales y frustrar los resultados del referendo. No podrán continuar por la senda del derroche fiscal sin enfrentar una nueva y, quizás, más dolorosa crisis. Esta es otra dura lección.

¿Podría Costa Rica avanzar por la misma senda si el Gobierno y los diputados no le ponen coto al creciente déficit fiscal? ¿Habrán aprendido de las duras lecciones de Grecia? Eso es lo que a todos nos debe interesar.

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