Opinión

EDITORIAL

Crónica de un descalabro

Actualizado el 07 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

Es evidente la supremacía obtenida por los cuerpos armados venezolanos en el cenáculo del poder estatal

Venezuela prosigue el rumbo del endeudamiento con garantía de sus inmensas reservas petroleras

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El presidente venezolano, Nicolás Maduro, no cesa de proclamarse heredero del difunto Hugo Chávez. Este autoengrandecimiento es fuente inacabable de chistes, de esos que suelen circular sigilosamente. Al fin de cuentas, Maduro presume de ser un condecorado militar y, quizás, hasta mariscal, como fueron Stalin y Tito. Si no, ¿para qué el engalanado uniforme que luce a menudo, al estilo de Chávez?

Así se presentó el martes pasado, cuando habló por tres interminables horas para comunicar al país la enésima reestructuración del Consejo Ministerial, esta vez con la promesa de sacudir a su gobierno para superar las congojas del país. No obstante, su anuncio se redujo a reposicionar a algunos ministros y mostrarles a otros la tarjeta roja.

De todos los cambios, el principal fue el traslado a la Cancillería del zar del petróleo y todopoderoso vicepresidente para la economía, Rafael Ramírez. En su lugar, Maduro designó al exgeneral Rodolfo Marco Torres para la jefatura económica y a Asdrúbal Chávez, primo del finado Hugo, como ministro del petróleo y minas. Este último banquillo conlleva la rectoría de Pedevesa, es decir, del grifo que da vida a Venezuela con la producción y exportación del petróleo.

Otros movimientos elevaron a los uniformados a tomar la batuta en otras carteras ligadas, también, a la economía. En balance, fue evidente la supremacía obtenida por los cuerpos armados en el cenáculo del poder estatal.

Sin embargo, de toda esa dinámica, la figura predominante es el respetado Rafael Ramírez, cuyo nombre circulaba para las esferas preeminentes del poder político, incluyendo el sillón presidencial. No en vano, Ramírez era autor de una serie de medidas económicas correctivas para prevenir el naufragio del país. Nada de esto, por supuesto, era del agrado de Maduro, celoso guardián de su corona.

No conviene olvidar, tampoco, que Cuba y sus miles de emisarios poseen el don de la ubicuidad en Venezuela, incluyendo entre los mandos del Ejército. Por ello, es de asumir que la gimnasia del martes contó con el imprimátur de La Habana, para la cual el petróleo venezolano constituye una continua infusión vital.

Tampoco es posible evaluar lo que ocurre en Caracas sin referencia a la honda crisis económica que mantiene a la población venezolana sumida en la pobreza. Una inflación de niveles planetarios, la creciente ausencia de artículos de primera necesidad en los anaqueles de los mercados, la falta de medicamentos en los hospitales y las demás secuelas de la crisis ahondan la angustia del pueblo venezolano.

De cara a estos problemas, Venezuela prosigue el rumbo del endeudamiento con garantía de sus inmensas reservas petroleras. China ha sido la mayor prestamista que algún oxígeno presta al país.

En todo caso, el régimen ha impuesto medidas inéditas. La última ha sido exigir a los compradores en los mercados imprimir de previo sus huellas dactilares, con lo cual podrían las autoridades prohibir su acceso futuro a los bienes, bajo el cargo de acaparamiento de productos de primera necesidad.

Sin duda, el panorama venezolano es desolador. Nada podría detener su marcha al acantilado, excepto acuerdos nacionales y democráticos genuinos. A su vez, el cómo de esta ruta implicaría aperturas impensables para el Gobierno actual. Pobre país.

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