Opinión

EDITORIAL

Contaminación alarmante

Actualizado el 21 de agosto de 2013 a las 12:00 am

Las concentraciones de partículas dañinas aceptables para la Organización Mundial de la Salud (OMS) fueron superadas hasta en un 150% en la GAM

La propulsión eléctrica exige un replanteamiento de los sistemas de generación y distribución de energía, si se quiere de ella un impacto ambiental

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La contaminación del aire en la Gran Área Metropolitana (GAM) ya alcanzó niveles de amenaza para la salud pública. Las concentraciones de partículas dañinas aceptables para la Organización Mundial de la Salud (OMS) fueron superadas hasta en un 150% y la presencia de sustancias dañinas como sulfatos, cloruro, nitrato, fosfato, potasio y otros ha sido constatada por los científicos.

El “pulmón urbano” instalado en las afueras de la Antigua Aduana para probar y dramatizar el punto no defraudó las expectativas de quienes lo concibieron. El resultado se esperaba, pero el impacto visual de la transformación de los materiales por las inmundicias atrapadas es aterrorizante.

Cansancio, mareos, irritación de los ojos, bronquitis, neumonía, afectación del sistema circulatorio, hiperactividad, enfisema, males cardíacos, asma y atrofia del desarrollo muscular de los niños son algunas de las enfermedades asociadas con elementos que todos los días respiramos en la capital y sus alrededores. Es hora, y lo es desde hace rato, de pensar con seriedad en las soluciones.

El transporte automotor figura como primer responsable. El ministro de Ambiente y Energía, René Castro, destaca entre las iniciativas ya adoptadas la eliminación del plomo de los combustibles y la reducción del contenido de azufre. Sin esas medidas, la situación sería mucho peor, pero, con ellas, el pulmón urbano demostró, en solo dos meses, cuánto falta por resolver.

La contaminación no es la misma en toda la región afectada y estudios anteriores midieron su presencia en esquinas específicas de las ciudades del Valle Central, más transitadas que las inmediaciones de la Antigua Aduana, donde los resultados fueron todavía más alarmantes.

El país está urgido de emprender con seriedad la migración hacia combustibles menos contaminantes, como el gas y la electricidad. El Gobierno adelanta planes para sustituir 4.000 autobuses y 12.000 taxis por vehículos de combustible alternativo y conduce negociaciones con los países manufactureros para obtener trato preferencial en precios y financiamiento.

También se adoptó la decisión de estimular la importación de automóviles híbridos, capaces de operar con electricidad y combustibles fósiles. La suficiencia de la reducción de impuestos a esos vehículos es objeto de polémica, pues la tecnología es todavía cara y el beneficio arancelario significa, apenas, entre $2.000 y $3.000 en autos cuyo precio de venta va de $35.000 a $45.000.

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Los importadores reconocen la dificultad de introducir la nueva tecnología a ese costo, y el número de autos de matrícula costarricense con esas características es muy reducido. Sin embargo, la mayor limitación para adoptar el uso de la energía eléctrica para el transporte no está en el precio de los autos, sino en las limitaciones existentes para la generación. En ese punto es donde conviene pensar con miras al futuro.

Nuestro país, pese a su riqueza energética, es incapaz de proporcionar el suministro necesario para aumentar la flotilla pública y privada de autos híbridos o impulsados exclusivamente por electricidad. No tendría sentido suplir el faltante con plantas térmicas, también dependientes de los hidrocarburos. La propulsión eléctrica exige un replanteamiento de los sistemas de generación y distribución, si se le quiere adoptar con la amplitud necesaria para causar un impacto significativo en la calidad del aire.

Vistas desde esa perspectiva, la generación eléctrica privada y la apertura de las fuentes geotérmicas y geomagmáticas en la cordillera Volcánica Central y en la de Guanacaste son un imperativo ecológico.

Conservar intactos los parques nacionales, tal como fueron creados en torno a los volcanes, no cumple el propósito ambiental pregonado por sus defensores irreflexivos, sino todo lo contrario. La riqueza energética de esas zonas puede ser aprovechada con mínimo daño y amplia compensación de los terrenos afectados. Tampoco contribuye a la salud ecológica la obstinada oposición a la generación privada de energía limpia.

Es hora de hacer a un lado la demagogia y el prejuicio para comenzar a parecernos al país que queremos y decimos ser.

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