Opinión

EDITORIAL

Barrera de intransigencia

Actualizado el 26 de enero de 2014 a las 12:00 am

La asistencia de los dos bandos enfrentados en Siria genera una leve esperanza de paz

El régimen de Assad estuvo a punto de aprovechar un desliz del secretario general de la ONU para dar al traste con las pláticas

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Las conversaciones sobre la paz en Siria han topado, en Ginebra, con una dura barrera de intransigencia, nutrida por décadas de despotismo y por la desconfianza imperante entre los opositores al régimen de Bashir al Assad.

El inicio de las pláticas se vio amenazado por un sonado fiasco del secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, quien invitó a Irán a participar en el proceso previsto para dar inicio el pasado miércoles. El dramático anuncio cayó como una bomba en Washington y otras capitales occidentales, además de alarmar a los opositores de Assad.

El anuncio del secretario general estaba totalmente fuera del libreto y de inmediato provocó una ola de especulaciones. Una vez despejado el panorama, salió a la luz el origen del desatino de Ki-Moon. Según trascendió, el secretario general tuvo conversaciones con el ministro de Relaciones Exteriores iraní, a quien advirtió sobre el deber de aceptar en su totalidad el comunicado de la conferencia previa, conocido como Ginebra 1, como condición de su participación. El diplomático asintió con una sonrisa, dijo Ki-Moon.

Posteriormente, la embajadora estadounidense en la ONU, Samantha Powers, a quien el secretario general comunicó la histórica (a su juicio) aceptación iraní, preguntó si tenía alguna nota escrita del sonriente vocero de Terán. Su interlocutor dijo que no, pero que el gesto del representante iraní lo decía todo. ¿Todo?

El escepticismo de Washington se ahondó al conocer las declaraciones del canciller, el mismo día, pero pocas horas después de la cita con Ki-Moon. El funcionario iraní denunció las maniobras y engaños de Estados Unidos para apropiarse de la conferencia. “Irán no acepta ninguna precondición”, declaró de forma lapidaria.

Washington y la oposición iraní reiteraron que Irán es el principal proveedor de armas y personal para el despotismo sirio, y permitirle involucrarse en el diálogo de pacificación sería una burla al propósito fundamental de las negociaciones. Igual reacción tuvieron otras naciones, en particular algunas pertenecientes al Consejo de Seguridad de la ONU.

La aprobación de la naciente declaración Ginebra 2 podría resultar en una derrota para Assad y su protector iraní. Por eso, compartían el objetivo de dar al traste con la conferencia, para lo cual se habrían valido del traspié del secretario general. Asimismo, el apoyo ruso en la ONU habría ayudado a frenar alguna resolución adversa del Consejo de Seguridad.

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Sin embargo, el cabildeo de Estados Unidos y otras naciones de peso condujo a que, horas más tarde de haber invitado a Irán, Ki-Moon no tuviera más remedio que rescindir el convite.

El fiasco de la invitación proyectó su sombra sobre el ulterior desarrollo de la conferencia. La inauguración se realizó conforme al programa, pero pronto devino en una amarga disputa entre el canciller sirio y los delegados opositores. En la misma vena, el viernes por la noche debía celebrarse el histórico encuentro, cara a cara, del Gobierno sirio con la opositora coalición de adversarios de Assad para convenir en un proceso transitorio de paz. La reunión fue pospuesta.

Sin embargo, los opositores se negaban a sentarse con los oficiales del régimen. En cambio, propusieron sentarse en salones adyacentes, separados por una barrera de intransigencia, en tanto el negociador de la ONU iría y vendría con propuestas.

Las incertidumbres del qué y cuándo han engendrado pesimismo en torno a la conferencia. Lo único claro, que ya se conocía, es la complejidad del proceso. Sin embargo, la asistencia de los dos bandos ha generado una leve esperanza de paz.

Ojalá que así sea, para detener una lucha que ya causó más de 130.000 muertos, epidemias fatales para la infancia, y el dolor y amargura de un pueblo victimizado.

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