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Política energética

Actualizado el 14 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

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A mediados del siglo pasado, Costa Rica decidió invertir en el desarrollo de sus capacidades hidroeléctricas y depositó la ejecución del programa en manos del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE). El éxito apenas admite discusión. Durante las últimas décadas, el país generó alrededor del 85% de su electricidad por esos medios.

Es difícil aceptar el agotamiento de una política tan robusta, pero ocurrió y ya no es posible disimularlo. Hoy, carecemos de un programa energético adecuado a las necesidades del presente, sin mencionar los retos del futuro. El desarrollo comienza a verse limitado por escasez y precio.

La reducción de costos y el aumento en la eficiencia operativa del ICE son medidas necesarias, pero insuficientes. Mejorar los esquemas de financiamiento de nuevos proyectos y reestructurar las condiciones de los préstamos existentes, en el tanto sea posible, suavizará el traslado de las cargas financieras al tarifario y fortalecerá las finanzas del ICE, pero dista de ser una solución para la demanda creciente, aunque reprimida por el precio.

Es preciso hallar nuevas fuentes de energía y nuevos medios para explotarlas. Es decir, hace falta romper con los dos pilares de la política energética agotada: el monopolio estatal y la escasa explotación de fuentes alternativas. Algo se ha hecho. El país aprovecha una pequeña parte de la geotermia disponible y, todavía en menor medida, la energía eólica y solar. Permite, también, la participación privada en un ámbito muy limitado.

En la práctica, seguimos intentando enfrentar los problemas de la actualidad con políticas del siglo pasado. La mejor denuncia del fracaso son las altas tarifas de electricidad y sus consecuencias para la calidad de vida y la producción, especialmente la industrial. Por ese camino, el traslado a países vecinos de fábricas y procesos dependientes del consumo intensivo de electricidad no podrá ser evitado. Tampoco el peso creciente de las tarifas en la economía hogareña. Hay una carrera contra el tiempo que le pone un alto costo al debate eterno.

Existe un sector privado dispuesto a arriesgar su capital para generar electricidad limpia en el marco de estrictas regulaciones gubernamentales. La última licitación del ICE lo demostró de sobra. Existen, también, importantes reservas energéticas en espera de ser explotadas, por el ICE o por los particulares. Tal es la magnitud de los proyectos posibles que, probablemente, no baste ninguno de los dos para desarrollarlos. Las soluciones están a la mano. Faltan las decisiones para adoptar una política energética en beneficio de la economía y, también, de la ecología.

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Armando González R.

agonzalez@nacion.com

Editor General Grupo Nación

Laboró en la revista Rumbo, La Nación y Al Día, del cual fue director cinco años. Regresó a La Nación en el 2002 para ocupar la jefatura de redacción. En el 2014 asumió la Edición General de GN Medios y la Dirección de La Nación. Abogado de la Universidad ...

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