Opinión

Camisas pardas

Actualizado el 20 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

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“En la derecha y en la izquierda, siempre abundarán los que llevan camisas pardas en sus cerebros”, dijo aquel profesor de Filosofía de la UCR tras oírme comentar las dificultades que enfrentaba con frecuencia para convencer a diversos grupos universitarios de que, para la academia, más importante que las bibliotecas y las aulas, es la libertad de que cada cual exprese dudas u opiniones sin que se le someta a la llamada “objeción turca”, que consiste en cortarle la lengua al mensajero antes de que hable.

En aquel entonces, no disponíamos aún de la red y el acceso a la información tenía límites; pese a ello, en alguna ocasión me escuché señalando que una biblioteca es útil aunque esté en otra provincia, pero la oportunidad de escuchar y ser escuchado al mismo tiempo se extingue en una distancia de escasos metros. En un debate sobre ese tema, alguien me preguntó quiénes tenían derecho a hablar dentro del claustro universitario, y lo que contesté como rector se puede resumir más o menos de esta manera: “En tanto dependa de mí, aquí en la Universidad le escucharemos sus argumentos incluso al demonio, y para que el pisuicas no nos convenza estamos obligados a usar nuestro discernimiento”. Lamentablemente, el pardismo mental nunca cesó.

La embajadora nicaragüense designada por Daniel Ortega fue invitada varias veces a hablar con estudiantes y profesores en una de nuestras aulas. Exigido por las camisas pardas de derecha a ponerles coto a sus visitas, presté oídos sordos a la queja y, cuando un grupo de camisas pardas de izquierda amenazó con usar la fuerza para impedir que el embajador estadounidense diera una charla en otro edificio, anuncié que yo mismo iría a abrirle el aula y a presentarlo. Solo que, para mi desencanto, el diplomático decidió a última hora abstenerse de asistir, pero sigo creyendo que su ausencia fue una pérdida para la academia.

Cuando, más tarde, otras camisas pardas intentaron impedir que dirigentes indígenas de Nicaragua, opuestos a su gobierno en lo tocante al tema de la autonomía regional, participaran en un conversatorio en el edificio de la Escuela de Estudios Generales, me hice cargo de que el servicio de seguridad le garantizara el acceso al aula asignada, y que ellos pudieran expresarse.

Ahora, después de tantos años, me resulta deprimente tener que repetir la amarga admonición del recordado colega filósofo.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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