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Africanos, quédense

Actualizado el 25 de abril de 2016 a las 12:00 am

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Alrededor de 1930, Jacobo Mintz desembarcó en Puerto Limón con solo lo que llevaba puesto. Atrás quedó su familia en Polonia, nación con crecientes aires de intolerancia hacia su gente y que, para rematar, sería invadida años más tarde por los nazis.

Llegó con una mano delante y otra atrás, al punto que tuvo que vender la camisa que traía puesta para comprar un tiquete de tren hacia el interior del país.

Como él, cientos de judíos europeos –principalmente polacos– llegaron en los años veinte y treinta. Además de escapar de la intolerancia y discriminación, buscaban un país donde pudieran forjarse un mejor futuro económico. Venían sin nada, ni siquiera un conocimiento básico del idioma. Solo tenían claro que su bienestar dependía del esfuerzo y trabajo propios.

Don Jacobo y su gente se toparon con la suerte de llegar a una tierra que los recibió y les dio una oportunidad. Empresarios locales –algunos de ellos inmigrantes ya asentados– les daban telas y otros artículos en consignación para que fueran a vender (de ahí surgió el “polaqueo”). Fue así como echaron raíces y prosperaron. Varias generaciones después, la comunidad judía le ha dado al país destacados pensadores, deportistas, empresarios, músicos y científicos.

Así como ocurrió con los polacos, a lo largo de los años arribaron a nuestro país jamaiquinos, chinos, italianos, colombianos, libaneses y nicaragüenses con nada más que las ganas de salir adelante. Costa Rica es hoy una nación más rica y diversa gracias a ellos. Por eso cuando veo el drama de los africanos atascados en Paso Canoas me pregunto en qué momento empezamos a ver a los inmigrantes como una amenaza en vez de como una oportunidad. ¿Será que el Estado de bienestar nos atrofió el sentido de solidaridad, que ahora percibimos a estos extranjeros en necesidad como una carga inaceptable?

Invitémoslos a quedarse. La comunidad musulmana en Costa Rica –que ya los está asistiendo– así como otras iniciativas voluntarias podrían ayudarles a conseguir empleo y a valerse por sus propios medios. Este gesto no debería significar costo alguno para el contribuyente, pues la adopción de estos inmigrantes podría realizarse desde la esfera privada, como era el caso hace menos de un siglo.

A pesar de que los africanos han manifestado que su intención no es permanecer en el país, permitirles integrarse a nuestra sociedad nos engrandecería como nación y a la larga nos haría una sociedad más diversa y próspera.

Juan Carlos Hidalgo es analista sobre América Latina en el Cato Institute con sede en Washington. Cuenta con un BA en Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional y una maestría en Comercio y Política Pública Internacional del George Mason University.

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Juan Carlos Hidalgo

Columnista

Analista sobre América Latina en el Cato Institute en Washington. Cuenta con un BA en Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional y una Maestría en Comercio y Política Pública Internacional en George Mason University..

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