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Maestros de generaciones

Actualizado el 22 de octubre de 2001 a las 12:00 am

Dos dignos apóstoles de Hipócrates

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Managua, Nicaragua. La educación da al niño, que luego será adolescente y después profesional, las mejores herramientas para lograr excelencia. Esto está en estrecha relación con los educadores, de cuya calidad depende la mayor oportunidad de los educandos para lograr el éxito. Esto se cumple a todo nivel, incluyendo las carreras universitarias y de especialización.

Quiero recordar a dos grandes maestros de la medicina costarricense, dignos apóstoles de Hipócrates –uno ya fallecido y otro que aún dedica parte del tiempo al arte de curar–, quienes influenciaron mucho la formación de médicos nicaragüenses, centroamericanos y latinoamericanos.

Calidad humana. El Dr. José Manuel Quirce Morales, eminente cirujano, nació en 1911, estudió medicina en Bruselas y al regreso a Costa Rica fue ministro de Salud en 1944 y jefe del Departamento de Cirugía del hospital San Juan de Dios. Muy conocido por su calidad humana y por su carácter al realizar cirugías complejas, dedicó su vida al Hospital San Juan de Dios, cuya Unidad de Cuidados Intensivo lleva su nombre; desde mi primer contacto (que recuerdo), a los 16 años y como paciente, sentí gran admiración por el Dr. Quirce, quien murió en 1994.

El otro eminente cirujano al que me refiero es el Dr. Carlos Arrea Beinxech, quien ha dedicado su vida a la cirugía pediátrica y afirmo, sin temor a equivocarme, que fue el padre de la cirugía pediátrica en Costa Rica. Estudió en México y EE. UU. Desde su regreso fue jefe del Servicio de Cirugía y luego del Departamento de Cirugía del Hospital Nacional de Niños Dr. Carlos Sáenz Herrera hasta 1989; antes del retiro fue subdirector médico. El Dr. Arrea influyó en forma muy importante en la formación de al menos 6 cirujanos pediatras de los 30 que hay en Nicaragua.

A cada uno lo suyo. Con esta breve reseña de estos grandes costarricenses, quienes tuvieron tanta influencia en la formación y vida de médicos nicaragüenses y en la mía propia, aplicó la máxima de Ulpiano, de dar a cada uno lo suyo.

Anoche, cuando venía del hospital, después de enfrentarme a un paciente con una enfermedad quirúrgica compleja, recordé a estos dos grandes centroamericanos que dejaron en mi, igual que en otros muchos extranjeros, un legado de conocimiento en las ciencias medicas y quirúrgicas y, más importante aún, de valores éticos y morales que nos inculcaron con ejemplo y entrega.

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