Opinión

Hombre de dos reinos

Actualizado el 22 de octubre de 2001 a las 12:00 am

La calidad gongoriana de vida poseía el timbre de lo espiritual

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Una tarde, serían las tres y el café se nos enfriaba en la taza, Enrique Góngora me habló de sus ideales de juventud: "Yo quería conocer el mundo, reflexionar sobre las cosas", dijo Enrique; y allí, de la frase, emergió el joven remoto, soñador. Era el mismo que había entrado conmigo a la "soda" próxima a la UNED unos segundos antes.

Por aquellos días, fines de los 70, la Universidad Estatal a Distancia parecía nuestra. Quiero decir, de todos los que ahí trabajábamos, desde el querido rector –Francisco Antonio Pacheco– hasta el guarda.

Enrique tenía una vicerrectoría a cargo. Reñido con el uso de la corbata y el saco, los ojos ávidos y fogosos, siempre de camisa, había hecho de la oficina un foro. Yo desfilaba, como tantos, tras orientación y consejo; no, miento: hubiera pagado, si me lo pide, para escuchar sus opiniones y relatos y aquella voz baja, persuasiva, dedicada a convencerte de lo increíble y a poner puntitos de gracia a la jornada.

Pérdida y recuperación. La muerte no se lleva solamente una persona. Nos hurta, de paso, el ejercicio secreto de sus costumbres: "el hábito de unos libros, de una llave, de un cuerpo entre los otros", señala Borges, frecuencias que representan la amistad de cada uno y el universo.

Con la muerte de Enrique, ahora, hemos perdido la clave de su privacía, de su cotidiano yo; y hemos ganado una visión de la prodigalidad de su existencia.

¿Cómo expresar dicha recuperación mortis? No es fácil. Diré que significa todo lo que él dejó en nosotros, a partir de su hospitalidad y rica conversación. Lo que dejó en nuestra memoria, la fotografía mental de su ser y hacer únicos.

Transitaba, casi lo veo, del Fausto de Goethe a la exégesis de un raro término –sicodélico, por ejemplo– que alguien introducía en la charla; nos endilgaba apodos exactos y cariñosos; traía el último dicho de la calle y lo asociaba con una sorpresiva cita de Zenón, antiguo griego, sobre la carrera de Aquiles y la tortuga.

Sus artículos de Página 15 siguieron idéntico recorrido. Porque la prosa escrita fue una extensión de sus párrafos hablados. Imaginaba al lector, debatía con él, quizá lo contradecía por adelantado y, a la hora del estribo, se acercaba –afectuoso, riendo– a darle la mano.

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Una especie de Miguel de Unamuno, dotado de más humor que el gran vasco y de una capacidad de absolución que surgía en el clásico momento de la despedida. Impresa o en directo.

Anteayer y pasado mañana. "Heinrich, sos un hombre de dos reinos: anteayer y pasado mañana", me gustaba recordarle a veces, germanizando su nombre. Tamaños decires servían al propósito de aguijonearlo un poco, de promover una respuesta insólita y certera; y de redefinir, también, lo que podríamos llamar un movimiento, un biorritmo individualísimo.

Enrique no estaba quieto en su presente. Una cantiga del Infante Juan Manuel, un acorde de espineta, la creación de un grupo de música preclásica, denotaban máximo apego hacia el pretérito perfecto, mientras el futuro incluía su labor al frente de la Comisión de Energía Atómica o le remitía mensajes de años luz a cuestas de un libro de ciencia-ficción.

Así, de semejante dialéctica, debió haber nacido su concepto de "calidad de vida" (nada que ver, advierto, con "nivel de vida", categoría que depende de los ingresos).

La calidad gongoriana de vida poseía, en realidad, el timbre de lo espiritual. Una fe generosa que valorizaba lo viejo y el metaporvenir. A Enrique lo atraía ese amplio horizonte y, hoy, libre de espacio y de tiempo, andará de fijo rozando altas nubes, los ojos ávidos y fogosos, rumbo a una mesa redonda con sus nuevos amigos, los ángeles.

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