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Actualizado el 15 de agosto de 2006 a las 12:00 am

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Me hizo prometer ir a la iglesia. ¿Cómo rehusar su petición si era la única mujer a la que nunca pude decirle que no? Uno siempre tiene sus debilidades. Y ella -ya lo verán- bien vale una misa.

¿Yo, pecador, arrodillado en el templo? No estaba entre mis planes. Al principio, pensé que cruzar el atrio de una iglesia y atravesar su nave con un fardo repleto por los años sería irreverente. Algo así como tratar de tocar a Dios con las manos sucias. ¿Tendría que arrepentirme y pedir perdón? Ya no recordaba el Yo pecador . Tampoco, las oraciones del catecismo. No conocía las formalidades de ahora ni los rituales más modernos, ni aprendí los cánticos que alegran, con guitarras, la misa dominical. Pero eso no le importaba. Fue muy generosa. Me permitió pagar la promesa a mi manera y en el templo de mi elección.

Pensé cumplir bien de mañana, en mi pueblo, San José de la Montaña. Pero, desde que cortaron los cipreses que escoltaban, erguidos, a los feligreses, perdí la vocación. Y no quise cumplir en el santuario de San Pablo de Heredia, donde transito a diario, por el recuerdo del colorcillo irreverente con que estuvo pintado por años (rosadito calzón). Pensé en el templo de Coronado. Ahí iba, en mi infancia, a gozar de turnos pueblerinos donde bendecían a boyeros y carretas, y nos robábamos cajetas... Coronado es imponente: gótico por fuera, pero sombrío por dentro. Como sus frías tardes de invierno.

Al calorcito de Santa Ana fui a parar con mis pecados. Me van su estilo sencillo y colonial, sus añejas tejas, la sombra generosa de los frondosos árboles, sus anchas paredes de piedra blanca (labradas a puro cincel) que guardan, celosas, el fervor de los santaneños. Me van los horcones de madera en vez de columnas, las vigas oscuras y recias (que arrecian la fe) y las puertas espaciosas, talladas a mano, de cenízaro, creo. Y creo, definitivamente, al mirar hacia el altar. No conozco un templo más simple ni hermoso. Su paramento me llegó muy adentro. Ahí pagué la promesa.

Sí, ya sé, no debo reclamar méritos. Soy un pecador recalcitrante. Pero el alma se vuelve receptiva a la espiritualidad que emana de esos templos en las fechas especiales. Ella estuvo presente, en mi mente, durante toda la celebración. Y, a la hora de los salmos, como no los conocía, musité, bajito, una canción de Piero dedicada a sus viejos. ¿La recuerdan? Ya el mío se me fue. La que me queda está muy viejita. Ahora ya camina lerda, como perdonando el viento. ¿Qué más le podría agradecer y cantar un día como este?

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Yo soy tu sangre, mi vieja, yo...

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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