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Página Negra Philip Seymour Hoffman: La muerte de un viajante

Actualizado el 08 de febrero de 2014 a las 11:55 pm

Probó las drogas en la juventud; pasó 22 años limpio, pero recayó tras una ruptura amorosa y se desplomó como una choza de paja barrida por una tormenta.

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AP para Teleguía

Vivir por nada, morir por algo. Una ensalada de estupefacientes, 125 veces más potente que la morfina, explotó su cuerpo como una lluvia de estrellas.

Una seguidilla de muertes precedió a la suya: cinco en Long Island, 22 en Pensilvania, 19 en Rhode Island; todas marcadas con “As de Picas”, un potente cóctel de drogas adulterado con fentalino, que les redujo a cenizas todo el sistema respiratorio.

El vicio le costaba $10 mil mensuales; pero Philip Seymour Hoffman no podía detenerse, aunque sabía que eso lo mataría en algún momento.

Odiaba a la prensa; le molestaba que convirtieran su adicción en carnaza sensacionalista; detestaba responder las preguntas estúpidas de los correveidiles y en pocos minutos montaba un muro para repeler a las hienas informativas.

Hoffman parecía una montaña andante, pelo enmarañado, cara regordeta, mirada oblicua, manos enormes, cuerpo curvado y aspecto desaliñado. Lucía mas como un actor sin trabajo que una estrella de Hollywood con un Óscar en el morral, un Globo de Oro, un BAFTA y al menos 50 películas en 25 años de carrera cinematográfica.

En un cuarto de siglo Philip se consolidó como uno de los mejores actores norteamericanos, asido a la mano de directores como Paul Thomas Anderson, los hermanos Coen, Spike Lee o Todd Solondz.

Tímido y nervioso como una lagartija mutaba en dragón sobre el escenario teatral o ante la cámara. Podía ser un déspota clasista en El talento de Mr. Ripley ; un profesor pusilánime en La última noche ; un quebradizo maricón en Magnolia ; el líder satánico en The Master o el imponente Truman Capote en la película homónima que le valió el Óscar en el 2005.

La actuación lo liberó de sus demonios. En la adolescencia su madre lo llevó a una función teatral en la New York State Summer School of The Arts. Recién graduado realizó un curso de verano y asistió a clases con Alan Langdon. Con 22 años se graduó en la Tisch School of The Arts en la Universidad de Nueva York.

Su primer papel fue como abogado defensor en un episodio olvidado de la teleserie La ley y Orden , en 1991; un año después debutó en la gran pantalla con cuatro películas, una de ellas fue Perfume de Mujer donde interpretó al inescrupuloso George Willis, el tortero amigo de Chris O’Donnell.

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El sábado 1 de febrero Philip visitó su cafetería favorita y compró un expreso cuádruple con hielo y un chorrito de leche; en la noche departió con dos amigos en un restaurante de West Village –New York– donde cenó una hamburguesa con queso, un jugo de arándanos y un refresco.

Todo parecía normal, salvo por la tormenta de nieve que sacudía la ciudad, expectante por la final del Super Bowl.

Nadie sabrá nunca que ocurrió. La mañana del domingo su esposa Mimi O’Donnell lo esperó en vano para que recogiera a sus tres hijos, una cita a la cual nunca faltaba.

Antes del mediodía el escritor David Katz irrumpió en el departamento de Hoffman y lo encontró exánime en el baño. Vestía una camiseta vieja, un calzoncillo desgastado y tenía una aguja clavada en el brazo.

Alma hermosa

Los personajes que interpretaba se le pegaban al cuerpo, como el látigo a la piel del caballo; ellos tapaban sus frustraciones y el rechazo a la vida.

Su padre, Gordon S. Hoffman, vendía máquinas de fotocopiado; su madre, Marilyn L. O’Connor, fungía como abogada y jueza de tribunales de familia, además de activista por los derechos civiles; relató Philip en una biografía en el sitio Turner Classic Movies .

En 1976, con apenas nueve años, sus padres se divorciaron; él y sus hermanos Jill, Emily y Gordy fueron criados por Marilyn. Por eso la idolatraba y ¿quién no adora a un hombre que ama a su madre?

Cuando recibió el Óscar al mejor actor, por su papel en Capote , recordó su niñez y elogió a su mamá: “Ella crió a cuatro niños sola y merece una felicitación por eso. Má, ¿tú sabes? Me llevaste a mi primera obra y estuviste conmigo, tus pasiones se convirtieron en mis pasiones. Y, tú sabes, siéntete orgullosa, mamá, porque estoy orgulloso de ti y todos estamos muy bien esta noche”.

Hoffman creció en Fairport, Nueva York, y si bien su padre era protestante y su madre católica nunca tuvo vocación religiosa. Lo que si lo enganchó fue el teatro, desde el día en que su madre lo llevó a ver una obra colegial.

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Subió de rodillas los peldaños del éxito y en una entrevista a Le Monde , en el 2004, confesó que las pasó negras en su juventud con trabajos ocasionales mientras conseguía una oportunidad actoral. Laboró de empacador en un supermercado y fue guardia de seguridad en un spa.

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En los años 90 consiguió papeles breves, secundarios y de relleno, hasta que el carruaje de la suerte se detuvo ante su puerta con Boogie Nights , en 1997. Su plasticidad interpretativa lo convirtió en el favorito de los directores para los roles de reparto, donde mostró sus impresionantes cualidades histriónicas aprendidas en el teatro.

Sobre las tablas interpretó piezas de William Shakespeare, Anton Chejov, Eugene O’Neill o Arthur Miller. “El teatro fue muy difícil para Hoffman y tener que ensayar y realizar ocho funciones semanales tenía un costo emocional muy elevado para él” comentó su amigo Robert Falls, director de Long Day’s Journey .

Fundó la compañía LAByrinth y ahí conoció a su mujer Mimi, una vestuarista con quien tuvo tres hijos: Alexander, de 11 años; Tallulah, de siete años; Willa, de seis años.

La fama nunca lo cegó y en Hollywood tenía reputación de hombre raro. Tras separarse de Mimi dejó la casa familiar de $5 millones y compró un sencillo apartamento en Manhattan. Sus hijos estudiaban en escuelas públicas y solía salir con ellos para pasear y comerse un helado.

Era un vecino sin estridencias, viajaba en el metro, evitaba a los cazadores de chismes y se chillaba cuando lo reconocía algún admirador, sobre todo los adolescentes, impactados por su personaje del revolucionario Plutarch Heavensbee, encargado de dirigir los Juegos del Hambre y propiciar la revolución de Panem, según la obra de Suzanne Collins.

La duda

Los muertos por drogas forman parte del folclore de Hollywood; estos suelen acabar sus días tirados en el piso de una suite o en las frías losetas de un baño, cuando no en un caño. Su óbito genera un escándalo mediático que exagera, casi siempre, las cualidades artísticas de la víctima basados en aquello de que no hay muerto malo ni novia fea.

El primer registro de una estrella cinematográfica caída a tierra data del 20 de setiembre de 1920, cuando un mozo del Hotel Crillón –en París– encontró el cuerpo desnudo de Olive Thomas inflado por una sobredosis de dicloro de mercurio tóxico.

La luminaria era una vivaracha bailarina de Las Follies de Ziegfield. Lo tenía todo: juventud, belleza, fama, dinero y era la esposa de Jack Pickford, hermanito atorrante de la novia de América Mary Pickford.

De ahí en adelante, el lienzo de plata está tachonado de vacas sagradas caídas en desgracia por el pasto de la adicción.

El caso más reciente, Philip Seymour Hoffman, solo fue otro hilo más en la madeja de Átropos, cortado a los 46 años y en la plenitud de su carrera como actor. Hasta hace unos meses creyó que podía burlar a la Moiras, pero el tratamiento de desintoxicación apenas retrasó lo inevitable: la sobredosis.

El sabueso de la adicción lo persiguió desde la adolescencia. “Todo era drogas y alcohol; consumía cualquier cosa que me daban. Me gustaba todo. Si hubiera tenido tanto dinero como ahora, ya estaría muerto”, reveló Philip en una entrevista televisiva.

Parecía que él había tomado el control de la situación tras diez días, en mayo del 2013, en un intenso programa de rehabilitación que se vino al piso cuando Mimi le pidió que –¡por favor¡– se fuera de la casa lejos de los niños.

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Según el reporte de los policías que entraron a su departamento, la mañana del 2 de febrero, el actor tenía una farmacia particular: relajantes musculares, pastillas contra la ansiedad, docenas de jeringuillas y medio centenar de bolsitas de heroína, capaces de matar hasta una ballena.

El New York Post publicó, unas semanas antes, que Seymour había dicho a un desconocido que era un “heroinómano”, a pesar de que llevaba 23 años alejado de los estupefacientes.

La petición de Mimi lo devastó. “Son todo para mí. Luego viene mi profesión. Trato de vivir de modo de no tener motivos de arrepentimiento. Quizá por eso trabajo tanto: no quiero sentir que me perdí algo importante”.

Como Willy Loman, en la Muerte de un viajante , que interpretó en el 2012 y lo nominó al Premio Tony, el mundo de ese hombrecillo se desmoronó.

Los medios publicaron imágenes con el lamentable estado en que se encontraba en las semanas previas a su muerte. En una foto aparece aferrado a la barra de un bar; en otra semiinconsciente en un avión, tan borracho que lo tuvieron que subir al vuelo en un carrito.

Cuesta mucho subir, pero nadie lo detiene a uno cuando va para abajo. La vida consiste en ir perdiendo cosas: los afectos, la autoestima y el mundo cae en ruinas hasta que la vida misma se agota.

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