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Página Negra Joan Rivers: A gritos por la vida

Actualizado el 14 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

Gracias a ella las mujeres se abrieron un espacio en la comedia y en la televisión; tiró a matar en la alfombra roja y su lengua era un látigo envenenado.

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Es tan importante la vida, que no vale la pena tomarla en serio. Escandalosa y mordaz, más de uno acudió a su funeral para verificar que en efecto… estaba bien muerta.

Aterrorizó a las celebridades con su labia babosa y murió justo con el instrumento que la hizo amada y temida: la garganta. Una operación en las cuerdas vocales –si es que tenía– la calló para siempre.

Desde que se autodenominó la “Robocop” de la moda; caminar por la alfombra roja fue un suplicio para los figurones del espectáculo. Además de sortear las jaurías de periodistas, debían de ensartar con estoicismo los dardos envenenados de Joan Rivers.

La comedia fue la válvula de escape para soportar el suicidio de su marido, Edgar Rosenberg en 1987; aunque se reía de sí misma tuvo algunos personajes a los cuales acosó con particular saña: Adele, Anne Hathaway, Victoria Beckham, Angelina Jolie y Taylor Swift.

También la emprendió contra Elizabeth Taylor y se divirtió a sus anchas con la oronda figura de la diva de los ojos celestes, a quien comparó con un bus, si bien parecía un ropero de tres puertas.

Como amiga era buena, pero como enemiga todavía mejor. Nadie se explica como sobrevivió en el mundo de los programas nocturnos, dominado durante décadas por hombres.

Joan Rivers,y su hija Melissa, protagonizaron hace algunos meses el   reality show Joan & Melissa: Joan Knows Best?  |  E! ENTERTAINMENT PARA TELEGUÍA
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Joan Rivers,y su hija Melissa, protagonizaron hace algunos meses el reality show Joan & Melissa: Joan Knows Best? | E! ENTERTAINMENT PARA TELEGUÍA

Desde las trincheras de la cadena E! Entertainment no dejó muñeco con cabeza en los premios Óscar, los Emmy y los Globos de Oro, adonde escoró con su hija Melissa, tras ser desahuciadas de TV Guide y reemplazadas por Lisa Rinna.

Ahí empezó con Fashion Police ; Melissa era la productora y ella la presentadora; si su trabajo era bromear, toda la preparación se la tomaba muy en serio y era una empleada tenaz, fuerte, esforzada. Nunca faltó al set y cada día escribió y mejoró sus propios chistes.

Los años la volvieron más ácida y disponía de un costal de insultos sin importar raza, credo, religión o sexo. Cada nada se salía del saco, pero se la aguantaban con la esperanza de que se mordiera la lengua y se envenenara.

La verdad no estaba nada bien, y no era por el tren de años, sino por la casi 800 cirugías plásticas que modificaron su cuerpo; según ella, tenía los pechos tan caídos que si se hacía una mamografía, aprovechaba para hacerse el pedicure.

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Joan sacó punta a su escaso físico, y su endeble moral, para hacer chistes con sus propio pellejo; en especial de su edad: “Nunca he querido tener ni un día menos de los que tengo; la gente desearía volver a tener 30. ¡Noooooo! Yo estoy muy feliz aquí, es genial, cada vez es mejor y mejor, y después claro, todos morimos”.

Así fue. A los 81 años acudió a la clínica de endoscopía Yorkville para la operación; de ahí pasó inconsciente al Hospital Monte Sinaí, donde salió con los pies por delante: ¡en un féretro!

Diva loca

“Me enamoré”. Así, solo dos palabras le bastaban a Edgar Rosenberg para explicar por qué se había casado con Joan, solo cuatro días después de conocerla. Los dos parecían una pieza teatral de un solo acto; para los de afuera una comedia; para adentro, una tragedia.

La revista People publicó, el 31 de agosto de 1987, un artículo de Richard Meryman donde relató el impacto del suicidio de Edgar 15 días antes, la co-dependencia que los ataba y cómo Joan enfrentó la perdida del hombre que la transformó en una comediante.

Ambos eran como el hambre y las ganas de comer. Perseguidos por los fantasmas del fracaso, azotados por carencias afectivas, maltratados por una sociedad que –según ellos– les negaba el mérito a su talento y obsesionados con una sola idea: ¡la carrera de Joan!

Joan Alexandra Molinsky era hija de un médico, Meyer Molinsky, y de una ama de casa, Beatrice Grushman. Vivió una infancia infeliz en Nueva York, donde nació el 8 de junio de 1933. Sus padres discutían a cada rato por el dinero; Meyer tenía buen corazón, pero era un poco cicatero. La madre derrochaba buen humor y poseía una fina ironía.

El 13 de agosto de 1975, Rivers se presentó  en el MGM de Las Vegas. Su   show   fue estridente y ácida. Eso la hizo destacarse en el mundo liderado por hombres. | AP
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El 13 de agosto de 1975, Rivers se presentó en el MGM de Las Vegas. Su show fue estridente y ácida. Eso la hizo destacarse en el mundo liderado por hombres. | AP

Padeció de sobrepeso y, según ella: “Sabía que era una bebé no deseada cuando vi que mis juguetes de baño eran una tostadora y un radio”.

Recibió una sólida educación en el Colegio Barnard y soñaba con ser actriz, pero sus padres la desalentaron. Joan no era de las que se dejaba mangonear y apenas terminó la universidad huyó de la casa – estuvo afuera dos años– y a los 22 se casó con el empresario James Sanger; el matrimonio solo duró seis semanas, porque ella deseaba un hijo y él no.

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Edgar era judío y nació en Alemania en 1924; aún joven tuvo que huir con su familia de las cacerías nazis. Nada pudo llevarse, ni siquiera su canario y una cajita de soldaditos de plomo. Huyeron a Dinamarca; ahí no podían hablar en su propio idioma y al final escaparon a Sudáfrica.

El trauma de la guerra acosó a Rosenberg; jamás pudo librarse del complejo de persecución y de que le quitarían todo lo que amaba o poseía; por eso al encontrar a Joan halló –¡al fin!– alguien de confianza y un bálsamo a su dolor.

En una ocasión, cuando era vicepresidente de la cadena NBC, un auto lo atropelló y estuvo un año hospitalizado; la compañía lo bajó de puesto, le redujo el salario y tuvo que buscar empleo como recepcionista de noche, en una de las librerías Doubleday.

Más que una pareja eran una isla, cincelada a partir de un intensa lealtad mutua y de un afecto suave, que rara vez excedía de una mano sobre el hombro y el roce de los dedos en el cuello. Joan iba “gritando mi camino por la vida”; Edgar, era fino, culto, devoraba libros, elegante, obsesivo, buen escritor humorístico y eso la enloqueció.

Desde que se casaron, en 1965, convirtieron el trabajo en un juego. Edgar fue el arquitecto, el director de su vida, “la roca” a la que ella se aferró y lanzó su carrera. Por eso su muerte –en 1987– la precipitó al vacío y le quitó las ganas de vivir, solo le quedaron las de reír para no llorar.

Una entre hombres

Por 20 años, entre los 60 y 70, Joan saltó de un club de comedia a otro; probó en la televisión e incluso dirigió Rabbit Test , en 1978, que fue un sonado fracaso.

Los gavilanes de la crítica la destrozaron. Encima demandó por $5 millones al travesti Frank Marino, porque esta la imitaba en un show en Las Vegas y repetía los mismos chascarrillos que ella.

Para peores condujo desde el 9 de octubre de 1986 The Late Show –para Fox– y se enemistó con su gran amigo Johnny Carson, quien dejó de hablarle porque competía directamente con el suyo, The Tonight Show , de la NBC.

Las sanguijuelas de la prensa endosaron el fracaso a Edgar y ambos cerraron filas contra los enemigos. Joan nunca hizo bromas contra él; lo protegía y se hacía pasar por la tonta, la fea, la ridícula. Bien lo dijo: “Era tan fea que envié mi foto a Aunque usted no lo crea de Ripley y él la envió de vuelta y dijo, ‘no lo creo’”.

Aún así los ejecutivos del programa lo condenaron al ostracismo y finalmente, a los ocho meses, despidieron a Joan.

Parecía que tenía ébola; en Hollywood la trataron como una paria y la evitaban hasta en los restaurantes. Ella asimiló el fracaso, era parte de su vida; pero Edgar careció de fuerzas para luchar contra la angustia y se “embotelló”.

Con tal de distraerse viajó a Irlanda, pero en Dublín una úlcera sangrante lo mandó al hospital. Dejó de leer, perdió las ganas de luchar y le dijo a Joan: “Me meto a la cama y no se si amaneceré”.

La mañana del 14 de agosto de 1987 Edgar fue a visitar a su gran amigo Tom Pileggi. Preparó un testamento, escribió sendas cartas a Joan y a su hija Melissa, organizó la distribución del patrimonio familiar, grabó varios casetes y se atragantó con un frasco de valium y alcohol.

El dolor, el desconcierto, la ira y la culpa cayeron sobre Joan; pero el orgullo o la dignidad la levantaron. “No quiero una mano cálida en mi hombro. Ni muestras de simpatía. Mi trabajo es hacer reír, soy una profesional” comentó a People . A The New York Times le dijo: “Mi esposo se suicidó, mi hija no me habló durante dos años y estaba en bancarrota”.

Joan sacó punta a su escaso físico, y su endeble moral, para hacer chistes con sus propio pellejo; en especial de su edad

Rivers se acomodó el pelo, se sacudió el polvo del piso, secó sus lágrimas y resucitó de las cenizas de su vida. Un mes después bromeó: “Mi esposo se suicidó y fue mi culpa, estábamos haciendo el amor y me quité la bolsa de la cara”.

Así triunfó en un mundo de hombres comediantes y por 50 años revolvió y se rió de todo lo que significaba ser mujer, de ahí que “todas las mujeres de la comedia están en deuda con ella”, dijo Amy Poehler, de Saturday Night Live .

Rompió todos los moldes; fue la primera en hablar de amoríos estudiantiles con un profesor casado; tenía un amigo gay y nunca se mordió la lengua con nadie; tildó al Presidente Barack Obama de maricón y a Michelle de transexual.

Joan Rivers fue un personaje polarizante; rara vez se disculpó, nunca miró hacia atrás y tuvo éxito, solo por una razón: decir lo que otros pensaban.

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