
La ambición de poder es una mala hierba; espesa la sangre, atiza la crueldad y ahoga los remordimientos. Fría, despiadada, brillante y calculadora, es difícil sentir piedad por quien tiene la astucia de Rasputín.
Para llegar a ser la mujer más poderosa del planeta sacrificó todo rasgo de humanidad. Ama tanto el poder, como odia la idea de perderlo.
A los cuatro años una buscapleitos del barrio Park Ridge, en Chicago donde se crió, le propinó un pescozón y su madre le advirtió: “En esta casa no hay lugar para cobardes”. Regresó y zarandeó a la mocosa.
Con 16 años buscó, puerta a puerta, votos presidenciales para el candidato republicano Barry Goldwater, en 1964. Sus padres la educaron en la fe de ese partido y con estrictas normas éticas, que después inmoló en el altar de los demócratas.
Si los astros están en lo correcto Hillary Diane Rodham, hija de Hugh y Dorothy –desde el 26 de octubre de 1947– podría ocupar el puesto de mando de la Casa Blanca, donde solo 44 hombres la precedieron.
Igual podrá recordar a dos mujeres que estuvieron en la Oficina Oval antes, con propósitos diferentes eso si: Marilyn Monroe, debajo del escritorio del Presidente John F. Kennedy; y la becaria Mónica Lewinsky, pero con su marido Bill Clinton.

Al cabo de 30 años Hillary habrá completado una parábola en pos del poder, que comenzó de la mano de dos hombres: Hugh Rodham, su padre, y Don Jones, el joven ministro negro de una iglesia metodista de Chicago.
Ella era los ojos de su papá; estuvo a su lado 16 días seguidos cuando agonizó; solo sus creencias religiosas le permitieron sobrellevar el dolor.
Hugh era un estadounidense rudo, el “pater familias” republicano, entre macho agresivo y tierno; él le enseñó desde chiquita a leer en el periódico la sección del mercado de valores.
Con los años usó esos consejos para especular en la bolsa y ganar dinero fácil, con la ayuda de su amigo Jim Blair, abogado externo de la multinacional Tyson Foods.
El reverendo Jones la introdujo en los barrios marginales negros e hispanos de Chicago; estimuló su agudo intelecto y la transformó en una joven pensativa, austera, alejada de las veleidades femeninas y preocupada por la calidad humana en la política.
En su juventud lavó platos en una soda en Alaska y limpió salmones en una procesadora de pescado; de ahí fue despedida por criticar las condiciones insalubres de la planta.
Todos esos ideales de hippie trasnochada los tiró al cesto en la Universidad de Yale, donde se graduó en leyes a los 26 años. Su alma revolucionaria la vendió al bufete Rose Law, despacho legal de los más ricos y poderosos millonarios de Arkansas.
La profecía
Sin necesidad de brujas ni de asesinatos al estilo de Macbeth , la candidata demócrata va rumbo a cumplir la predicción de Betsey Wright –consultor de ese partido– que orientó a Hillary al inicio de su carrera y desde 1974 predijo que llegaría a ser senadora y después presidenta.
El ascenso habría sido menos empinado, de no ser porque se le cruzó el guapo Bill Clinton, un adicto sexual y mentiroso inveterado, que le llenó el corazón de papel picado y tras varios intentos fallidos la convenció de casarse, porque él ocupaba una esposa para sus intereses electorales por la gobernación de Arkansas, un estado donde no pasa nada desde el pleistoceno.
Hillary sabía que Clinton era un depredador de mujeres, un egomaníaco, un resbaladizo farsante capaz de engatusar a la gente con su mirada y sus aires de nuncaquiebrounplato. Pero -¡Ay! Ella lo ama.
A regañadientes se casó en 1975, consciente de que ese paso la llevaría a perder su individualidad y postergar sus ambiciones, a costa de encumbrar al poder al hombre que más hizo por destruirla.
En 40 años de matrimonio sobrevivió a todos los escándalos imaginables por parte de Bill, en especial tres: “Troopegate”, por sus escapadas con la tropa de guardaespaldas a buscar mujeres; el “Whitegate”, los manejos turbios con propiedades y el “Fornigate”, sus aventuras amorosas con Gennifer Flowers y la Lewinsky, la cereza del pastel.
Cada nada publican un libro con las miserias de la eventual Primer Comandante. En Feudo de Sangre , el autor Edward Klein afirma que Michelle Obama –supuesta amiga de Hillary– se burla de la candidata demócrata y la apoda Hildebeest, un juego de palabras entre Hillary y wildebeest, que significa ñu, el antílope africano.
En Crisis de carácter , el exagente del servicio secreto Gary Byrne la describe como “errática, incontrolable y en ocasiones violenta”, dispuesta a sufrir los devaneos de Bill, con tal de manipularlo y obtener beneficios políticos.
Ronald Kessler va más allá y en First Family Detail la retrata como “un monstruo ártico épicamente abusivo. Cuando está en público ríe con gracia. En cuanto desaparecen las cámaras, se hace evidente su personalidad enojada, su maldad y su imperiosidad”.
Solo unos allegados conocen cómo se divierte Hillary; el resto sabe que trabaja, trabaja y trabaja; esa adicción es propia de las personas distantes emocionalmente, alejadas de los demás para que sus sentimientos nunca afecten sus decisiones.
Para Hillary Clinton solo el poder tiene sentido; y lo demás es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada.