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Crítica de televisión: 'Sense8'

Actualizado el 07 de julio de 2015 a las 12:00 am

Los hermanos Wachowski. Con esta nueva propuesta de Netflix hay una confusa búsqueda de nueva narrativa y temática

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Protagonista. Jamie Clayton (derecha) interpreta a Nomi, una activista transgénero. Amanita (Freema Agyeman) es su pareja en la serie. Netflix

Los hermanos Wachowski –directores de la trilogía The Matrix – desarrollaron junto con Netflix una nueva serie que busca, con su trama y sus personajes, reescribir la manera de narrar en televisión.

Fue así como nación Sense8 , la nueva serie de esta empresa comercial estadounidense de entretenimiento, que consta de 12 capítulos en su primera temporada y que ha sido muy comentada entre los suscriptores de este servicio.

Sin embargo, la serie no logra cuajar cambios al lenguaje conocido del audiovisual, pero hace aportes en narrativa y temática.

En la tercera revolución televisiva de contenidos streaming difícilmente se irán a presentar cambios en el lenguaje audiovisual. Quizá se podrán agregar figuras de montaje como el cliffhanger o bullet time , pero no variar definitivamente el lenguaje.

Narrativa. El aporte narrativo de la serie es enseñar al personaje sin validar su función: mostrar al transgénero antes que al hacker .

Usualmente, la función del personaje precede a su ser; acá se muestra el ser de las personas antes de su aporte al grupo, pero esto ralentiza el arranque de la trama.

Aún, al sexto capítulo, la audiencia carece de elementos para entender el conflicto global, incluso en el último capítulo pasa esto.

Promocional de la serie 'Sense8' (Netflix/YouTube)

Otras dudas. Sumado a esto, no clarificar un objeto del deseo mantiene en secreto gran parte de su trama. Aunque puede confundir a la audiencia, representa un recurso desde el guión que puede ser útil: renovar la trama cuando se requiera.

El montaje es caprichoso. Las visitas sensate no siempre están orientadas con sentido del espacio o tiempo, sino que levitan en una suerte de cuarta dimensión donde no importa quién ve o quién es visto.

¿Desdoblamientos o personificaciones? No es claro si son reglas del mundo ficticio o imprecisiones de montaje. Esta narrativa es más bien una búsqueda que podría confundir a la audiencia.

Dicotomía. Sense8 pinta un mundo multiétnico, diverso e igualitario desde el inicio, esa es a la vez su debilidad y fortaleza.

Si bien es cierto ese retrato de igualdad genera réditos desde audiencias cosmopolitas, es posible que le reste calado en audiencias conservadoras.

Desde una perspectiva de igualdad, la serie tiene contenido sexual que podría ser fuerte; dependiendo de la visión de mundo de la audiencia esto podría ser liberador o perturbador.

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Sense8 no es para todos, pero justamente esta falencia es su mayor logro.

Pone en el tapete la dirección que el audiovisual de consumo masivo tomará tarde o temprano, hacia una representación más sincera de la realidad en cuanto a derechos de igualdad. Quitando el componente de ficción la serie es un gran monólogo.

Es posible que el abordaje narrativo del ser y temática desde género, religión, sexualidad e identidad venga marcado por el cambio de género de Lana Wachowski (anteriormente Larry Wachowski) quien tuvo participación en la dirección del programa; aunque esto no se gesta solo.

Debe existir apoyo de una palanca como Netflix para abrir espacios más trasgresores en sus parrillas y retratar otras realidades diferentes a las tradicionales.

En el contexto actual se producirá más contenido similar, no solo de ficción sino también de otros géneros, pues como sociedad ahí nos dirigirnos.

Sense8 no es un producto para todos, pero es un producto bueno que se disfruta al momento de aceptar la realidad ficticia y social de los personajes.

Aunque claramente no es para una audiencia masiva sino selectiva –todavía más siendo contenido on demand –, merece una oportunidad; si desde su óptica su posición se lo permite, es posible que disfrute una muy buena serie con una narrativa que intenta moverse adelante.

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William Venegas

Crítico de cine y teatro

Filólogo y educador. También estudió Teatro, Estética, Historia del Arte, Filosofía del Arte y Semiótica para hacer lo que quería: crítico de cine y teatro. Fue profesor de Literatura y Apreciación Cinematográfica en la UNA. Escribe para La Nación desde 1991.

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