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Reportaje de ‘Revista Dominical’

Las vidas remotas del otro Chirripó

Actualizado el 04 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

No es el cerro; es el territorio indígena que se comunica con Talamanca pero que muy pocos saben que existe. Mientras la educación se abre paso y mejora a su ritmo para estos cabécares, los accesos son complicados y sus costumbres siguen siendo poco entendidas por el mundo occidental.

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Las vidas remotas del otro Chirripó

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Chirripó, Turrialba

La unidad 666 de la Sede del Atlántico de la Universidad de Costa Rica (UCR) se estaciona antes del último puente decente que pasaremos, en las faldas del río Pacuare. Falta una hora para mediodía pero toca almorzar ya. Sándwich de pinto y huevo, patrocinado por Christian Brenes, profesor de informática de la UCR de Turrialba que sueña con vivir al otro lado del río, ahí pa' dentro, lo más cerca que se pueda de la comunidad indígena de Chirripó.

El Chirripó no es solo un cerro. Para los indígenas cabécar (los ditsö –pronunciado ditsé–, como prefieren que les digan) ese cerro que tantos se esmeran por subir para tomarse una foto en la cima no es tan especial. Importa más el río Chirripó, que para ellos se llama Duchí, y que alimenta a numerosas comunidades indígenas. El distrito más grande de Turrialba, Chirripó, es casa de montañas desconocidas hasta para los turrialbeños.

Que lo diga Christian, quien ahora pasa casi la mitad de sus semanas en esas montañas y que cuando era niño se extrañaba de que los ditsö llegaran al centro de Turrialba en botas de hule, a pesar de que su familia vivía en el campo (pero jamás usar botas de hule fuera de la finca). Antes de conocer este lugar vecino que queda a poco más de una hora de Turrialba, el conocimiento de Christian sobre los indígenas se limitaba a las historias de los incas y los aztecas que le enseñaron en el colegio.

La unidad 666 está parqueada; noto ese número y me pregunto si tendrá algún significado e importancia en el lugar que esta tarde conoceré, y en el cual la próxima semana nos hospedaremos durante tres días. “La gente viene, no pasan de Grano de Oro y creen que ya conocieron el territorio indígena y dicen que hay mucha pobreza y que la gente la pasa mal”, dice Christian.

Ya la señal de celular no entra y ni siquiera hemos cruzado el puente. Esta previa es más incierta que cuando el carrito de una montaña rusa sube lentamente una cuesta antes de caer al vacío. ¿Qué vamos a ver? ¿A quiénes vamos a conocer? ¿Cómo nos impactará esto? ¿Cuáles prejuicios voy a eliminar? ¿Estoy haciéndome muchas expectativas?

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¿Por qué estamos aquí, a todo esto?

VEA MÁS: Un acercamiento fotográfico a los cabécares de Chirripó

Al cabo de esa primera tarde –luego de caminar una hora de ida y otra de vuelta para conocer una escuela de la comunidad de Sharabata y de haber tomado un poco de chicha y café que Táchi (como le dicen a los hombres mayores) nos regaló a mitad de camino, de ida y de vuelta–, nos reencontramos con la 666 y emprendimos rumbo a Turrialba. Pero Christian detuvo el carro y lo apagó.

Quería que conociéramos a un mayor ditsö que lidera los velorios en esa comunidad. Recorrimos un trillo, llegamos a un puente de hamaca como de 100 metros, caminamos más y llegamos a una casa grande, con animales por todo lado y su respectivo rancho, pero nadie respondió al saludo de Christian.

Dos niñas echan ojo por la ventana. Los niños ditsö son curiosos pero con cierta distancia. (Nicole Alpízar.)

Nos quedamos un rato en el rancho, igual a los que hemos visto siempre: cónico, con techo de hojas y bases de palos. Tenía un fuego encendido y una olla colgada en el techo, justo encima del calor. Igual al que habíamos visto ese día más temprano en la casa de Táchi, donde Mina (como se les dice a las señoras mayores) tenía algún tipo de ave cocinándose en la olla, quién sabe desde hace cuántos días.

Salimos del rancho y vemos una estructura de madera con maíz recién sustraído. En la parte de abajo de la elevación, unos cinco chanchos hacen la siesta de la tarde. “Ven: esto no es pobreza”, dice Christian. “Este señor tiene sus animales, cosecha la comida suya y la de los animales en otra montaña porque la tierra es de todos. Vive bien. Solo vive diferente”.

Algunas pocas casas tienen páneles solares y solo en las escuelas hay Internet (con dos megas entre todas).

Tocaba esperar un fin de semana largo para volver a la comunidad, donde esa vez sí nos quedaríamos a dormir y conoceríamos a más ditsö, que era el propósito del viaje. No fue hasta que toda la estadía terminó que volví a esa frase de Christian y entendí que él –a sabiendas de que este artículo estaba en camino– quiso explicarme que el que los ditsö vivan al margen de la sociedad moderna y en condiciones distintas a las nuestras no significa que se están muriendo de hambre o que ansían salir de ahí y vivir como los “normales”.

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Es mucho más complejo que eso. Hay tres temas principales que conocimos de cerca gracias a Christian con los que fue posible probar su punto: sus costumbres autóctonas, el desarrollo de la educación en el territorio y la influencia occidental (del mundo exterior, pues). Vamos por partes, pero a veces los elementos se entrelazan.

'Venimos del maíz'.

Los cabécares vienen del maíz. Fue Sulá, una figura espiritual, quien le entregó la semilla del maíz al dios Sibö para que nacieran ellos. Estos seres humanos son, desde su tradición centenaria, semillas del maíz. Sibö los hizo en la Tierra y por lo mismo nunca pueden alcanzar el cielo, así como no pueden ir abajo a la corteza. Por eso todas sus prácticas espirituales las realizan en ranchos cónicos, donde están presentes la tierra (de donde sale la vida), el cielo y el submundo en partes iguales.

Ni Sulá ni Sibö ni los demás dioses de la cultura son alabados como en las religiones más grandes del mundo, sino que sus historias se escuchan desde temprana edad y a través de ellas se conoce el bien y el mal y se aprenden los valores que los acompañarán durante toda la vida. Los cabécares de Chirripó hacen cantos y danzas, pero no oran ni rezan; sus actividades espirituales están limitadas a una serie de ocasiones especiales y solo las pueden liderar quienes aprenden de los mayores.

Por ejemplo, Alvin Obando es cantor no por escogencia, sino por don. Desde niño su padre, que también fue cantor, le explicó que él había nacido para ser cantor en frente del coro en actividades espirituales. Aprendió de él, quien lo llevó al coro (al que ellos llaman siní) hasta que un día decidió mandarlo al frente, a cantar los versos principales de canciones como La historia del mundo o El rey zopilote, historias musicalizadas que algunas son exclusivas de ciertas ceremonias y otras pueden cantarse en cualquier momento.

Alvin sudaba del miedo, pero en ese momento se convirtió en cantor. No obstante, tienen niveles de conocimiento y Alvin todavía es muy joven para cantar en funerales, por ejemplo. Para eso hay cantores mucho más experimentados y avalados por los mayores, quienes por lo general son los guías en todos los aspectos de la vida temprana.

Son los mismos mayores los que conforman en su mayoría las Juntas de Educación de la zona, a las cuales el Ministerio de Educación (MEP) consulta para la selección de personal en las escuelas y colegios. De hecho, Alvin es maestro de cultura cabécar en dos centros educativos, gracias a la confianza de los mayores y a sus habilidades como cantor.

Tradición y modernidad se besan hasta dentro de algunos ranchos que tienen electricidad. (Nicole Alpízar.)

Una de esas escuelas está en los límites del territorio indígena, por lo que enseña tanto a blancos (a los que llaman “yokusas”) como a ditsö. “Al principio pensé que por estar en territorio no indígena me iban a rechazar, pero gracias a Dios los ditsö y los yokusa se interesan. Una vez teníamos una reunión de entrega de notas y todos los padres estaban ahí y empezaron a preguntar que cuál era la importancia de la clase de cultura y el director comenzó a explicar. Finalmente, yo dije que sí hay posibilidades para que nosotros les enseñemos a ellos también”. Ahora, ambos grupos comparten juntos y se entienden mejor.

Otra profesora ditsö dentro del sistema de educación indígena es Floribeth Herrera, quien creció recibiendo clases de cultura con su madre y sus tías y no en las aulas. El programa de cultura indígena es relativamente reciente y busca que la mayoría de maestros en estos territorios sean indígenas, que enseñen primero el cabécar que el español y que puedan educar a las comunidades desde su propia cultura.

Floribeth nos recibió en el rancho de la escuela en el que imparte su hora de clases de cultura todas las mañanas. En las escuelas y colegios que visitamos el rancho cónico no puede faltar, pues el conocimiento espiritual y cultural que les enseñan no puede transmitirse dentro de paredes de concreto o madera. Por eso las casas de los ditsö pueden ser de madera pero se la pasan todo el día en el rancho de paja; es ahí donde preparan y consumen los alimentos y se comunican los hijos con los padres.

La maestra nació en el territorio pero actualmente vive en Grano de Oro, la parte de la zona más conocida por los yokusas, pero que no es parte de la reserva. Como cabécar y profesora, asume su cultura y la estudia constantemente, pero también fue bautizada en una iglesia católica (al igual que sus hijas) y vive –como muchos– en un híbrido entre lo cabécar y lo occidental. “Yo siento que ambas culturas pueden complementarse pero hay que saber llevarlo bien”, dice.

“Creo en Dios, respeto todas las religiones que haya, pero yo mi cultura no la puedo dejar. Puedo conocer un montón de idiomas, un montón de culturas, pero la mía es mía”, manifestó Herrera.

Al igual que muchas otras ditsö, Floribeth toma pastillas para planificar y consume productos de occidente para salud y alimentación. Es el vivo ejemplo de una cabécar que conoce el mundo exterior, lo analiza, lo entiende y espera aprender más de él, pero sin deja morir sus raíces, las que la hicieron ser quien es. Todas las mañanas habla con sus pares sobre los clanes, las dietas a seguir, las familias y qué hacer en caso de que algún ser cercano muera. Floribeth no descansará si considera que puede hacer algo más para preservar la cosmovisión que a ella le enseñaron desde niña.

Con cierta distancia.

Por muchas razones que no vale la pena recordar, los ditsö suelen ser recelosos de los yokusa. Se dice que los cabécares huyeron a lo más oscuro y remoto de las montañas para escapar de los blancos europeos en la época de la inquisición y que millones murieron en el proceso. Hoy representan un porcentaje muy bajo de la población costarricense y, encima, viven en lugares de complicado acceso, lo que especialmente para los de Chirripó teje una relación con el exterior muy diferente a la de otros grupos indígenas del país que están más mezclados con las áreas alejadas de los territorios protegidos.

Yessenia Jiménez camina y carga a su hijo con un pedazo de tela colgado en la espalda. (Nicole Alpízar.)

Christian, nuestro guía en esta aventura, es uno de los pocos yokusa que se ha abocado a aprender a hablar en cabécar todo lo que pueda, por lo que cada semana cuando entra a alguna de las comunidades saluda a todos en ese idioma, conversa con los ditsö casi como si fuera uno de ellos pero con mucho respeto y les hace los favores que le sea posible. El primer día salimos de la reserva con cinco personas dentro del carro, seis en el cajón y una moto que no encendía guindada al bumper con su conductor.

Además, el informático conoce el Chirripó cabécar de pies a cabeza, pues como parte de la UCR desarrolló el único mapa que existe del territorio, disponible en Google Earth. Seis años le tomó terminar el mapa, caminando entre trillos que no sabía a dónde lo iban a llevar, mojándose con lluvia que para los ditsö cae como aire y con las botas llenas de pesado barro complicando sus viajes. Así fue cómo conoció a tantas personas aquí y, mejor aún, cómo aprendió a entenderlos y a apreciar su cultura.

“Yo no representaba a una institución que posibilitara alguna ayuda para ellos, entonces la relación mía con las personas fue estrictamente en términos de una amistad”, cuenta. Él, en realidad, representa a la UCR y ha jugado un papel muy importante promoviendo a maestros de cultura en el MEP, al mismo tiempo que intenta ayudarlos con los exámenes de admisión a universidades públicas. Empero, se refiere a que su presencia no le va a traer nada gratuito e inmediato como comida o algún aparato a la comunidad; la ayuda que él les brinda depende de la iniciativa de los ditsö para ver frutos.

“Empecé a conocer condiciones y entendí que había una brecha en el acceso a servicios médicos, el acceso a la información, electricidad (el ICE ha colocado páneles solares en casas de algunas familias que ahora cuentan con televisor y luz), la cobertura de telefonía (solo en algunas piedras altas agarran señal) e Internet.

”Vi que realmente eran pueblos que vivían en un mundo completamente diferente: hablan, piensan, tienen costumbres y una estructura de organización completamente diferentes, y entonces creímos y soñamos que la educación era realmente la única posibilidad que tenían estas comunidades de ir ganándose un espacio en el colectivo nacional para ir resolviendo esas limitaciones”, comenta Brenes.

Para Christian es muy importante saber definir qué son limitaciones para los ditsö y qué son limitaciones para nosotros, los de occidente. Lo que para nosotros puede parecer absurdo o escandaloso, para ellos no, y es algo que quienes quieran trabajar de alguna u otra manera cerca de la comunidad deben comprender. La mejor opción para lograrlo es comunicándose con ellos, respetando sus intereses y gustos, y buscando un punto medio en el que ambas culturas coexistan sin chocar. Ninguna de las personas que conocimos allí se enojaría si tuvieran una calle decente, por ejemplo.

“Nosotros siempre vivimos en la montaña, en la orilla del río, en los trillitos, en un ambiente libre, pero tal vez eso fue antes de que llegara Cristóbal Colón”, explica la maestra Floribeth. “Hoy todos queremos vivir bien. Queremos buenos caminos, por ejemplo. Yo quiero aprender de su cultura pero yo quiero saber cómo lo voy a aprender para no dejar la mía botada”, agrega.

Arcelino Herrera estudia en la escuela de Tsipirí. Él cursa el quinto grado de primaria. (Nicole Alpízar.)

Aulas en la montaña.

Las comunidades cabécares no están organizadas en el espacio físico de manera similar a las nuestras. Uno no puede entrar a Chirripó buscando la plaza al frente de la iglesia y las casas acomodadas a los lados. Uno va entrando, ve a lo lejos y si no pone atención pierde de vista un par de casas escondidas entre árboles y pasto. Ellos viven así: con gran distancia entre familias, sin un centro real, y sin siquiera pensar en la propiedad privada. Tienen la casa allá dentro de la montaña y en otra montaña, tal vez a dos días de distancia a pie, tienen sembrado todo lo que necesitan.

Esto, aunado a la ausencia de calles de asfalto dentro del territorio, donde los carros pasan por delgadas trochas hechas por las asociaciones de desarrollo (que son conformadas por indígenas), que si llueve o el río se crece no permiten el paso, y donde los ditsö caminan por trillos hechos por ellos mismos, complican temas como transporte a las escuelas, por lo que la Unidad de Educación Indígena (UEI) del MEP se ha abocado a construir escuelas dentro de muchas comunidades, en lugar de epicentros educativos donde se reunen estudiantes de distintos lugares.

Actualmente existen 70 instituciones educativas izadas por la UEI en la comunidad de Chirripó, de las cuales 64 son escuelas y seis colegios (o liceos rurales). Por su difícil acceso, Chirripó fue la última zona indígena donde se instaló el sistema educativo, hace unos 30 años con la primera escuela y el primer colegio en la década pasada. Por ello, no son muchos los ditsö con título de bachillerato y muchos menos los que han entrado a la universidad para continuar sus estudios.

En el distrito de Chirripó, en Turrialba, conviven al menos 65 comunidades indígenas

De igual manera, por haber sido el último territorio con educación, muchos de los profesores todavía son yokusa, a pesar de los esfuerzos del MEP y de las universidades estatales por que la mayoría del profesorado sea indígena. Casi 20 maestros ditsö están en proceso formativo actualmente y podrían sustituir a los yokusas en esos centros educativos. Uno de los problemas con los maestros blancos es que son lo que el MEP llama aspirantes: personas jóvenes a quienes el ministerio ofrece trabajo en las comunidades sin poseer títulos, que se preparan académicamente mientras ejercen en los centros.

“El reclutamiento de personal ahora tiene un abordaje diferenciado”, explica José Víctor Estrada de la UEI. “Los nombramientos de docentes en territorios indígenas no son una decisión unilateral del ministerio sino que su designación debe ser consultada con los consejos locales de educación (que son conformados por ditsö)”.

Los ditsö se ponen cualquier prenda, así sea de un artista gringo o de un partido político. (Nicole Alpízar.)

Durante el tercer día de nuestra visita llegamos al colegio de Jak Kjue Sulu, donde mientras conversábamos con profesores llegó don Víctor Segura, el presidente de la Junta de Educación de esa comunidad. No es que don Víctor haya terminado el colegio o que se dedique a tomar grandes decisiones ahí, pero todos los días se da una vuelta para estar presente y el director del colegio necesita su aval para hacer cualquier movimiento. Don Víctor dice que ese es su trabajo; ese, y cuidar su finca. A personas como él es a las que el MEP toma muy en cuenta.

Ese día, los profesores del colegio de Jak Kjue Sulu nos contaron sobre su experiencia trabajando en territorio indígena. “Vemos muchas faltas de ortografía y muchas veces no vienen bien preparados para enfrentar sétimo año”, contó Sergio Valverde, profesor de inglés. Los ditsö reciben inglés en el colegio pero no en la escuela, y hacen el mismo examen de bachillerato que los estudiantes del resto del país, a pesar de haber recibido menos inglés.

“Normalmente son tres o cuatro estudiantes los que llegan a final de año a hacer la prueba de bachillerato”, afirmó Henry Umaña, profesor de estudios sociales y cívica. “Por esas cosas, para trabajar en un territorio indígena es fundamental tener una relación con la comunidad por las limitaciones que hay; si no hubiera buena relación sería complicado. Gracias a Dios estamos en una comunidad que apoya mucho y siempre están anuentes”.

Algunos de estos profesores –los que no tienen medio de transporte propio– permanecen en las instituciones de lunes a viernes, donde viven y duermen y comen y hacen todo. Los fines de semana tal vez salen a sus casas en comunidades cercanas, aunque, si no encuentran cómo, es más fácil quedarse en el territorio que comerse tres o cuatro horas –o quizá más– caminando. Son de los pocos yokusas que tienen derecho a vivir en la reserva y muchos cosechan buena relación con los ditsö, aunque no necesariamente aprenden a hablar cabécar.

Todos los estudiantes con los que conversamos expresaron tremendo agradecimiento por la oportunidad de poder estudiar en sus propias comunidades, porque sus tíos o hermanos mayores o incluso padres y abuelos tenían que salir mínimo hasta Grano de Oro todos los días para ir a clases, si es que iban. Ronald Madriz, de 23 años, se graduó este año del colegio, tras tener que hacer prueba de ampliación de inglés, la cual superó en febrero. Su plan no es quedarse solo con el bachillerato.

“Me gustaría estudiar criminología o derecho”, dice Ronald, quien nos recibe en la puerta de su casa cuando cae la noche. “No quiero quedarme de brazos cruzados y espero entrar a una universidad. Mi idea es ir a estudiar afuera y después llegar a la comunidad a apoyar a los muchachos y jóvenes”. Contrario a lo que los de afuera pudiéramos pensar, son pocos los ditsö que quieren buscar la forma de irse para no volver jamás. Chirripó es ellos. Ellos son Chirripó.

Andy Aguilar (8) y su hermana Caurin (5), hacían burbujas de jabón en la escuela de Tsipirí. (Nicole Alpízar.)

Mañas del otro lado.

La razón por la que hicimos esta visita a Chirripó fue por invitación de los profesores de odontología de la UCR del Atlántico, Esteban Mora y Diego Céspedes, quienes desde hace años participan y organizan clínicas gratuitas de odontología en diversas comunidades de Chirripó. Con consulta y tratamiento gratuito, intentan salvar los dientes de una población que no está acostumbrada al cuidado dental y que no tiene mucho acceso a los servicios de salud.

La Caja Costarricense del Seguro Social tiene un puesto de salud en Grano de Oro (que, recordemos, es una zona remota para las comunidades muy metidas) y uno itinerante que rota de comunidad en comunidad, pero no es suficiente. En Grano hay clínicas dentales privadas, pero por lo general la salud dental no está presente en la zona.

Por eso, cuando Mora y Céspedes y sus estudiantes anuncian una visita, cientos de ditsö se acercan. Este programa de la UCR lo inauguró Rosa Araya, una profesora de odontología en el Atlántico, luego de participar en una iniciativa de ferias de salud en Chirripó, junto a la Caja.

Araya luego se separó de la Caja y empezó a hacerlo sola, con sus estudiantes, prefiriendo ingresar a comunidades lejanas a Grano de Oro en las que sabía que era poco probable que recibieran atención anteriormente. Aunque también iban cerca de Grano de Oro, donde había más problemas dentales en los niños.

“Cuando uno se mete muy adentro en la montaña se da cuenta de que los niños no tienen tan mala salud, a pesar de que no se cepillan. Aunque no mantienen higiene de la boca por desconocimiento, no tienen la salud oral en tan malas condiciones”, dice Araya. “Hemos visto que cerca de Grano de Oro, donde hay pulperías que venden comida cardiogénica, que les afecta, entonces uno se encuentra las bocas bien dañadas por la influencia de esa alimentación chatarra, como le llamamos, a la que ellos están teniendo acceso”.

Si bien la naturaleza es esencial en la cultura, es común encontrar basura en los trillos. (Nicole Alpízar.)

En el territorio es común encontrar una que otra pulpería donde, en efecto, reinan las chucherías y algunos productos de canasta básica, pero saliendo, en Grano de Oro, se ve una pulpería cada tres o cuatro casas. No es joda. Esos comercios se benefician del dinero que les entregan los consumidores ditsö, que reciben ayudas de distintos programas sociales. Lo que más venden, además de papitas tostadas y esas cosas, es sal, menudos de pollo y baterías.

En el territorio indígena es común ver iglesias cristianas para los ditsö, que no nacen cristianos.

Los odontólogos Mora y Céspedes, siguiendo el ejemplo de Araya, intentan no solo tratar las enfermedades dentales de los ditsö, sino enseñarles la importancia de lavarse bien los dientes, pues aunque la dieta autóctona de los cabécares no destruye tanto las encías ni crea tantas caries, su consumo de productos chatarra sí incrementa estas problemáticas. En nuestra estadía, ellos hicieron consulta gratuita en la escuela de Paso Marcos (en la comunidad Simiriñak), donde durante un par de días trataron a unas 150 personas.

Para la maestra ditsö Floribeth Herrera, la alimentación es una de las muchas cosas que han cambiado para los cabécares entre más contacto tienen con el mundo exterior. Además de las casas separadas, las escuelas y algunas pulperías, en los pueblos también es común ver iglesias evangélicas. Hablamos de una reserva indígena, en donde solo ellos tienen derecho a ocupar territorio y levantar estructuras, por lo que estas instituciones religiosas (las que tienen presencia dentro del territorio) forman a pastores indígenas para que sean ellos los que construyan las iglesias.

VEA MÁS: Un acercamiento fotográfico a los cabécares de Chirripó

Antes de subir a Quetzal, a 30 minutos de Grano de Oro en carro, vimos una iglesia de la AIBC, una comunidad cristiana estadounidense. Nos recibió Rodolfo Salazar, un ditsö que ahora es pastor evangélico y que, a pesar de haberse criado con la costumbre cabécar, ya no cree en eso. También fue bautizado como católico de niño. “Yo creo que las espiritualidades cabécares son tradiciones nada más”, dice, y admite que sufrió presión y críticas de los ditsö por cuestionarse su espiritualidad.

Ahora pastorea frente a unas 50 personas tres veces a la semana; la mayoría son niños. Su misión, dice, es enseñarle a esos niños que es más importante la vida en Cristo que haciendo velorios de ocho días cuando se muere alguien de la comunidad, comiendo y sacrificando animales, tomando chicha y haciendo cantos y danzas. Ale-ga que no recogen el diezmo y que la construcción se facilitó con recursos de la iglesia en Estados Unidos, luego de que él fuera pastor en ranchos durante una década.

Testigos de Jehová confeccionaron una aplicación movil con la Biblia traducida en cabécar. (Nicole Alpízar.)

Varias razones tuvo don Rodolfo para pasarse de “bando”. Primero, anduvo en malos pasos, metiéndose guaro y drogas en San José y siendo violento con su familia. Segundo, se cansó de pagarle a los sukias (curanderos) para que curaran a su hijo y que su hijo nunca se recuperara. Dice que le prometió a Dios seguirlo si le curaba al hijo, y así pasó. Hoy es parte de una tendencia a cristianizar el lugar por parte de muchos misioneros, como pasaba –pero de otra forma– hace unos siglos.

Abajo, en Grano de Oro, entramos a una iglesia de los Testigos de Jehová, quienes con orgullo nos enseñaron la aplicación para celular de la Biblia en cabécar. Los habíamos visto caminando montaña arriba temprano en la mañana, bien acicalados, tocando puertas para invitar a los ditsö a la iglesia. Nos mostraron la caja de madera donde van las donaciones, no sin advertirnos que no obligan a nadie a dar dinero y que solo son donaciones. Dicen tener operaciones en varias partes de la zona.

“Aquí todo ha cambiado mucho”, lamenta la maestra Floribeth. “En Grano de Oro se mueren señoras mayores y las entierran sin rituales; como enterrar a un perro. Como han entrado muchas religiones en Chirripó se ha perdido mucho la cultura. Ellos entierran totalmente diferente. Las personas mayores o personas que no ven bien esas religiones sí lo critican, pero la otra gente se involucra porque les llevan ropa, les llevan cosas que no necesitan, entonces ya con eso ellos se dejan engañar”.

Por encima de todos los obstáculos para preservar la cultura y permitirles crecer sin matar lo propio, Christian prefiere señalar las virtudes de estas comunidades. “Cuando uno pregunta la hora en cabécar la traducción es ‘¿qué sol es?’; eso lo lleva a uno a entender que la lengua de ellos tiene que ver con todos los elementos de la naturaleza”, explica, por ejemplo, subrayando que la conexión de ellos con el mundo es que ellos son la naturaleza y la naturaleza es ellos. Chirripó es ellos. Ellos son Chirripó.

“Son una cultura muy solidaria; tienen la visión de entender a la persona como parte de un todo; es decir, noso-tros nos vemos como mi nombre con un título, no nos vemos como toda mi familia, como todo mi barrio, sino yo de carácter individual. Ellos no. La muestra más sencilla es la atención médica: si usted está enfermo para un ditsö todo está enfermo, todo lo que está alrededor suyo está enfermo, su mamá, su papá, los animales, la cosecha, porque usted es todo, porque no hay forma en la cultura cabécar de ver a la persona como un ser aislado”, dice.

“Se es todo”, agrega. “Y cuando usted aprende y entiende que usted solo es una parte usted de todo, usted sabe que el río se cuida, que el bosque se respeta, porque es una parte suya. Nosotros vemos la naturaleza como algo que está a nuestro servicio; aquí más bien es parte de mi ser, de ese gran espíritu”.

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