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El vía crucis olímpico de Brasil

Actualizado el 07 de agosto de 2016 a las 12:00 am

Hace siete años, el gigante suramericano confirmó su creciente poderío económico, social y cultural cuando se le otorgaron los dos mayores eventos deportivos del planeta: el Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos. Sin embargo, Brasil ha colapsado y vive, desde hace año y medio, su peor crisis económica desde 1930.

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El vía crucis olímpico de Brasil

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Así vivieron la inauguración de los Juegos Olímpicos los residentes de la favela Mangueira en Río de Janeiro. (AFP.)

“Quédense en casa”.

El 7 de mayo del 2016, 71 días antes de que la antorcha olímpica iluminara Río, una bala ingresó en el cráneo de Ana Beatriz Pereira y acabó con su vida. Tenía 17 años.

La muchacha viajaba por una carretera muy transitada, conocida como la Línea Amarilla, un camino que conecta el aeropuerto de Río con la mayoría de instalaciones deportivas de la ciudad.

El proyectil salió de un arma, y esa arma fue empuñada por un miembro de una pandilla armada. El hombre iba acompañado de otros siete como él, quienes rodearon el auto en que viajaba Pereira junto a su familia: la muchacha acompañaba a su padrastro al aeropuerto, donde recogerían a su madre, quien regresaba de un viaje de vacaciones; en el asiento trasero, viajaba un bebé.

El auto se detuvo cuando el padrastro de Pereira vio adelante la barricada que habían armado los pandilleros; luego aceleró, intentando atravesarla sin detenerse. Entonces, uno de los hombres armados jaló el gatillo. Ese gatillo accionó su arma. De esa arma salió despedida una bala. Y esa bala mató a Ana Beatriz Pereira.

Su nombre y su historia estaban destinados a perderse en el olvido de los violentos anales de Brasil, hasta que un antiguo astro del fútbol carioca lo rescató y lo publicó en su cuenta de Instagram. Más de 400 millones de personas vieron el rostro sonriente de Pereira en la cuenta de Rivaldo, quien acompañó la imagen con un fuerte mensaje: “Las cosas se están poniendo cada día peor. Esta mañana, unos hombres mataron a una muchacha de 17 años”.

Luego agregó que “solo Dios podría ayudar a Brasil”. Cerró su comentario con un mensaje para quienes pretenden asistir a los Juegos Olímpicos:

“Quédense en casa”.

Cuando todo era bueno

Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro comenzaron dos días antes de que se publicara este artículo, y un día después de que se escribiera. Por lo tanto, mientras escribo estas líneas la inauguración y los primeros días de competencia de las primeras olimpiadas en llevarse a cabo en tierra sudamericana son una especie de gato de Schröedinger: puede que hayan salido bien, puede que hayan salido mal.

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Ambas son posibilidades muy reales, porque durante los últimos siete años Río –y Brasil en general– ha probado ser una ciudad extremista, y su capacidad para albergar el evento deportivo más importante del planeta ha sido seriamente cuestionada, con argumentos de sobra.

Los aros de la insignia olímpica se reflejan en un charco en la playa de Copacabana. | FOTO: AP PHOTO/DAVID GOLDMAN

En días recientes, la seguidilla de reportes apocalípticos desde Brasil ha sido constante y no ha dado tregua. La violencia en la ciudad es cosa de todos los días y todas las esquinas, la contaminación del agua y el aire supera con creces los límites que la Organización Mundial de la Salud considera seguros, y las villas olímpicas donde los atletas deberán vivir –o sobrevivir– durante las siguientes dos semanas han sido objeto de severos cuestionamientos ante las condiciones inaceptables.

Apenas el pasado 31 de julio, un grupo de atletas australianos –una de las primeras delegaciones en llegar a Brasil– debió abandonar las instalaciones de la villa luego de que se desatara un incendio. Las alarmas contra incendios no sonaron: fueron desactivadas por falta de presupuesto. Cuando los oceánicos regresaron a sus habitaciones, se percataron de que varias de sus computadoras personales habían sido robadas.

Inodoros bloqueados, tuberías que gotean, cables expuestos y, en algunos casos, en contacto con charcos de agua, escaleras oscuras, pisos sucios, pasillos donde no se instalaron luces. Faltantes de agua y electricidad. El diario australiano Sydney Morning Herald declaró la villa “inhabitable”. El alcalde de Río de Janeiro, Eduardo Paes, respondió a las críticas así: “Vamos a ponerles un canguro a ver si se sienten más a gusto”.

Un vecino de un barrio pobre de Río muestra una parodia de la insignia olímpica, en protesta contra el gasto. | FOTO: EFE

***

Hace siete años, el escenario era muy distinto. El 2 de octubre del 2008, Río derrotó a Madrid, Tokio y Chicago en la carrera por ser la sede de la trigésimo primera olimpiada de verano –también existen los Juegos Olímpicos de Invierno–; la delegación aseguró, además, que Brasil organizaría, en cuestión de dos años, los dos eventos deportivos más importantes del planeta, junto al Mundial de Fútbol del 2014.

El gigante suramericano tenía argumentos de sobra. Para entonces, el país llevaba rato siendo la B de BRIC, un acrónimo utilizado para agrupar a Brasil, Rusia, la India, China, una heterogénea familia de mercados emergentes; es decir, de países enrumbados, gracias a sus economías en poderoso desarrollo, hacia la fortuna y la trascendencia política de los países desarrollados.

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Entre el 2004 y el 2008, la economía de Brasil creció cerca de 5% por año, de acuerdo con datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

Imágenes de nadadores adornan las ventanas de un rascacielos de la ciudad. | FOTO: AP PHOTO/GREGORY BULL

Durante los siguientes años, el poderío de BRIC se consolidó. China se convirtió en la segunda economía más fuerte del mundo, mientras que Rusia y la India (tal vez el más inesperado de los cuatro invitados a la fiesta) mantuvieron un desarrollo acelerado. Brasil, por su parte, era para el 2011 la sexta economía del planeta –por encima del Reino Unido– y se aprestaba a alardear de su desarrollo cuando los ojos del mundo se posaran sobre sí durante el Mundial y los Juegos.

El mundo pintaba verde amarelo. Luego todo se fue al carajo.

Luego todo era malo

Todo comenzó con un mosquito.

De acuerdo, tal vez no todo . Un mosquito no explica una debacle económica, ni la destitución de una presidenta, ni el incremento en los crímenes violentos y mortales que pululan en las calles de Río. Pero, cuando menos, se podría tomar como un mal presagio. Como una mala señal de las cosas por venir.

Así, digamos entonces, que todo comenzó con el Zika.

El río Botas desemboca en la contaminada Bahía Guanabara, donde competirán decenas de atletas. | FOTO: EFE

En fechas posteriores a la realización del Mundial (que dejó herido el espíritu del país, atónito ante las derrotas de su selección por 1-7 y 0-3 ante Alemania y Holanda, en la semifinal y el juego por el tercer lugar), el mundo comenzó a preocuparse por el virus del Zika, una enfermedad transmitida a través de la picadura de mosquito que puede llegar a ser mortal.

La presencia del mosquito transmisor en los países suramericanos de pronto se convirtió en un tema de conversación a nivel mundial; durante los siguientes dos años, el Zika sería un tema inevitable cada vez que surgía una noticia sobre la cercanía de las Olimpiadas. Varios atletas anunciaron que no participarían en los juegos como medida de prevención; el británico Greg Rutherford congeló su esperma antes de viajar hacia Brasil. Pese a todo, las autoridades cariocas mantuvieron el riesgo de contagio es mínimo.

Mientras la atención internacional se enfocaba en el virus, a Brasil le enfermaban otros males que poco a poco comenzaron a mostrar síntomas.

En marzo del 2015, cientos de miles de manifestantes tomaron las calles y las playas de Río para protestar contra el gasto excesivo en que el país había incurrido para albergar las dos justas universales (el Mundial fue el más caro de todos los tiempos; le costó al gobierno brasileño $14.000 millones). Las marchas se mantuvieron durante el resto del año; crecieron en constancia, número de protestantes (que llegó a superar el millón de personas) y violencia.

Las cosas solo habrían de ponerse mucho, mucho peor. En cuestión de meses, la gran B se desplomaría de forma casi kamikaze.

Un oficial rocía con gas pimienta a un manifestante durante una protesta contra el gobierno. | AP PHOTO/LEO CORREA

Los precios de varios productos de exportación claves para el sustento brasileño, como la gasolina y el azúcar, se irían al suelo. De acuerdo con el Washington Post , la economía del país se ha venido reduciendo de forma dramática desde el 2014. La reducción de su Producto Interno Bruto ha sido de un 8.5%; en contraste, la reducción del PIB estadounidense durante la Gran Recesión de los años treinta fue de un 4.2%.

Mientras tanto, el desempleo en el país pasó de 6.7 a un 11.2 por ciento entre el 2014 y mediados del 2016. Es decir, que más de 11 millones de personas en Brasil no tienen trabajo. Eso es el doble del total de habitantes de Costa Rica. Es la peor crisis del país desde el desplome de los años 30.

“El Estado está en bancarrota”, dijo a Globo Francisco Dornelles, gobernador interino de Río, hace poco más de un mes. Dornelles está cubriendo al gobernador electo, Luis Fernando Pezao, afectado por un linfoma.

Fue Pezao quien declaró en diciembre una “emergencia del sistema de salud”, cuando los hospitales de la ciudad comenzaron a cerrar unidades por falta de fondos para mantener equipos, suministros y salarios. Meses más tarde, comenzaron los retrasos en el pago de pensiones y de otros salarios en el sector público.

Según el New York Times , el Estado de Río debe al gobierno federal brasileño $21 millones, y otros $10 millones a bancos públicos y prestamistas internacionales. Ya Río había recibido un préstamo por $860 millones para cubrir los gastos de los Juegos Olímpicos. El dinero no alcanzó.

Pared de una casa pobre que fue derrumbada para hacer lugar para las instalaciones. | FOTO: AP PHOTO/MORRY GASH

La crisis económica y las protestas del pueblo en las calles hicieron que la estabilidad política fuera insostenible. El 12 de mayo, la presidenta Dilma Rouseff fue forzada a resignar a su puesto ante alegatos de que había manipulado el presupuesto del país a su favor. El proceso todavía está en marcha; mientras tanto, la toma de decisiones en Brasil se ha paralizado.

El país está maniatado.

Bienvenidos, atletas.

Ahora todo es peor

No es raro que los trabajos de preparación para unos Juegos Olímpicos sobrelleven atrasos, protestas y otras complicaciones. Pero el caso de Río pinta más extremo de lo imaginable.

De acuerdo con The New Yorker , en la Bahía Guanabara, donde se llevarán a cabo competencias de triatlón y otros deportes acuáticos, se han encontrado colchones, vehículos, lavadoras, árboles, mesas, televisores, sillones, sillas, perros muertos, caballos muertos, gatos muertos. Incluso, el atleta brasileño Lars Grael dijo al New York Times que ha visto cuerpos humanos en descomposición en cuatro ocasiones distintas. Tres cucharadas del agua de esta bahía son suficientes para provocar una infección estomacal. Cuando Río ganó la sede, prometió al Comité Olímpico Internacional que reduciría la contaminación de la bahía en un 8% para cuando se iniciaran los juegos. No sucedió.

Muelle en la Bahía Guanabara. Tres cucharadas de su agua bastan para provocar una infección estomacal. | FOTO: AP PHOTO/FELIPE DANA

Apenas en abril, una rampa para bicicletas que se utilizará durante las competencias se desplomó y mató a dos ciclistas; un tercero quedó herido de gravedad. A finales de julio, restos de cuerpos humanos fueron encontrados en la playa de Copacabana, justo frente a las canchas de volleyball de playa. Cada semana aparecen más reportes de atrasos en las obras, de falta de fondos y de más deudas para la ciudad y, por tanto, para sus ciudadanos.

Mientras tanto, Río sigue ardiendo. En los cuatro primeros meses del año, el número de robos aumentó 24%; el de asesinatos, 16%. El gobierno insiste en que más de 85.000 oficiales de policía serán desplegados durante los juegos, pero esa cifra –el doble de la que se utilizó en Londres hace cuatro años– genera más preocupación que seguridad en algunos sectores.

A pocos días de la inauguración, todavía había obras pendientes y en construcción. | FOTO: AP PHOTO/ANDRE PENNER)

El Observatorio de los Derechos Humanos emitió, hace apenas un mes, un estudio sobre la violencia excesiva por parte de las autoridades cariocas. Solo en el 2015, 645 personas murieron a manos de la policía de Río. Mientras tanto, los propios policías aseguran que no están recibiendo su salario y han organizado sus propias protestas: frente al aeropuerto, exhiben pancartas que rezan “Bienvenidos al infierno” y “Quien viene a Río no estará seguro”.

***

Es claro que ser sede de los Juegos Olímpicos tiende a ser un pésimo negocio para la ciudad y el país sede. Incluso para ciudades tradicionales, como Londres (que auspició los juegos en el 2012), el negocio suele ser más bien contraproducente. Luego de gastos multimillonarios, las instalaciones olímpicas de Atenas (2004) y Pekín (2008) están hoy en abandono casi todas.

¿Por qué hacerlo, entonces? ¿Dónde está el provecho? Más allá de un asunto de estatus y de que la ciudad se convierte, durante dos semanas, en el centro de atención del planeta, los verdaderos ganadores del sorteo por ser la sede de las olimpiadas se encuentran muy arriba en la pirámide de poder social y económico.

Dos colaboradores trabajan en los preparativos para la apertura de los Juegos. | FOTO: AP PHOTO/KIICHIRO SATO

Al menos algo así se puede desprender de las palabras de Eduardo Paes, alcalde de Río, quien en una entrevista del 2012 dijo: “El pretexto de los Juegos es increíble; lo puedo usar de pretexto para cualquier cosa. Lo que sea que quiera hacer, lo haré por las Olimpiadas. Algunas cosas podrían realmente estar relacionadas a los Juegos; otras no”.

Así, es fácil discernir ganadores y perdedores aun antes de que comience prueba alguna de Río 2016. Por ejemplo, Carlos Carvalho es un gran ganador: el gobierno adquirió de él seis millones de metros cuadrados en donde se construyeron muchas de las sedes de los juegos y las residencias de los atletas. Mientras tanto, de acuerdo con un reporte de la organización Children Win, unas 4.120 familias de Río han sido movilizadas de sus hogares para hacer lugar para las sedes deportivas.

El propio Carvalho dijo, en una entrevista con el diario británico The Guardian , que esperaba que de Barra –un sector donde se concentra buena parte de la población más rica de Río; allí estaban los terrenos de Carlvalho adquiridos por el gobierno– se expulsara a “todos los pobres”. En efecto, el New York Times asegura que la policía lleva a cabo, durante las madrugadas, agresivas misiones de traslado de personas indigentes y de bajos recursos que encuentra en las calles hacia refugios donde las condiciones son peores que en la Villa Olímpica.

Trabajadores limpian los asientos del Centro Olímpico de Tenis, en Río de Janeiro. | FOTO: AP PHOTO/CHARLIE RIEDEL

Los ciudadanos están disconformes. De acuerdo con la agencia Reuters , el 60% de ellos cree que los juegos harán más daño que bienestar a sus vidas.

Cuando este artículo se publique, los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016 llevarán ya un par de días en actividad; faltará una semana y media para que concluyan. Sin embargo, en las Olimpiadas brasileñas ya parece haber un claro bando perdedor: los brasileños.

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Danny Brenes

danny.brenes@nacion.com

Periodista de entretenimiento

Se unió a Grupo Nación en el 2012. Escribe para la Revista Dominical desde principios del 2015. Trabajó en la revista Su Casa y en 89decibeles.com.

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