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El pito del tren

Actualizado el 26 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Está claro: el tren urbano es una obra incompleta y remendada

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El pito del tren

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De lunes a viernes, apenas sale el sol y tan pronto se pone, el tren parte San José como un zíper. Avanza a toda máquina pero a poca velocidad, una fila india de vagones revueltos: unos fósiles resucitados y otros de segunda mano que vienen a retirarse al trópico, cansados de ser banca en las líneas europeas. Su paso lo anuncia un pito que ruge como un alarido que sale de las entrañas del siglo pasado. La banda sonora del peor es nada.

Santa Rosa, Santo Domingo, Cuatro Reinas, Aranjuez, Amón, Escalante, San Pedro, Lourdes, despiertan a diario con el sobresalto.

El pito les mueve el piso desde las 6 de la mañana a miles de ciudadanos acostumbrados al escándalo; o a disimularlo.

Contra el pito del tren se ha intentado todo. En los últimos cinco años, la Sala Constitucional rechazó al menos dos recursos que buscaban amparo frente la bulla insalubre. El alto tribunal solo pidió bajar el volumen. Mientras tanto, el Ministerio de Salud, que calla por igual a cantinas, megabares, perros o iglesias evangélicas, al tren no se le mete.

El Incofer defiende el pito. Según ellos, es la única forma de prevenir a los conductores en las intersecciones donde se cruza la vía pública con la locomotora del subdesarrollo. Nos quieren convencer de que no existen decenas de soluciones tecnológicas básicas, efectivas y seguras, y que no incluyen un estruendo de 120 decibeles.

Está claro: el tren urbano es indispensable para nuestro malogrado sistema de transporte público. Pero, como casi todas las nuestras, es una obra incompleta y remendada.

Así, el pito se convierte en el retrato sonoro de los tiempos que vivimos: una era perdida para el desarrollo serio de infraestructura en Costa Rica. La era de las obras a medias que parecen suficiente. De las soluciones temporales que se eternizan. La era del puente sin arreglo; de las obras a futuro insuficientes en el presente. La era del camino de tierra como grito de guerra. La del conformismo. De la entronización de la inutilidad.

De lunes a viernes, apenas sale el sol y tan pronto se pone, la mediocridad atraviesa San José de lado a lado, nos grita en el oído y nos saca la lengua. Y nosotros como las vacas: viendo pasar el tren.

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