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La muerte es un buen negocio

Actualizado el 21 de julio de 2013 a las 12:00 am

El último adiós puede superar los ¢10 millones y el mercado está lleno de novedades: urnas de sal que se disuelven en el mar, cofres de peluche con estampado de leopardo o la opción de enterrar los restos del finado al pie de un árbol en medio de un bosque.

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La muerte es un buen negocio (Alonso Mata)

El ser humano cree en su inmortalidad hasta que le demuestran lo contrario, hasta que se asoma la muerte, a veces sin aviso y casi siempre sin alerta.

La muerte hace su trabajo con la guadaña en una mano y un portafolio en la otra. Allí lleva un catálogo con un abanico de opciones, brochures , paquetes y promociones dirigidas a los vivos, para despedir a los muertos: un funeral de lujo que incluye un cofre con compartimentos donde se pueden guardar las joyas del finado; una urna hecha a base de sal, la cual, al tener contacto con el mar, se disuelve lentamente haciendo que las cenizas del fallecido se “fusionen” con el océano.

También, ofrece la muerte un cementerio donde los restos de los difuntos se entierran bajo un árbol, formando una especie de bosque tropical.

La urna   llamada Nu está hecha de sal para que se disuelva en el mar. La idea es que las cenizas del difun- to queden en el oceáno. Este cenizario lo ofrece Jardines del Recuerdo desde hace año y medio.  | E. VARGAS
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La urna llamada Nu está hecha de sal para que se disuelva en el mar. La idea es que las cenizas del difun- to queden en el oceáno. Este cenizario lo ofrece Jardines del Recuerdo desde hace año y medio. | E. VARGAS

Hay opciones aún más singulares, que incluyen un cofre de peluche alusivo al Deportivo Saprissa, una carroza fúnebre color naranja y otra con luces de neón.

Lo que el cliente quiera se le concede, pero todo esto cuesta, y mucho. Tal parece que para la muerte no hay más ley que la ley del mercado que dicta: “plata en mano, cuerpo en tierra”.

Sabe la muerte que su negocio es un buen negocio; un funeral puede superar los ¢10 millones.

Mas no es realmente la muerte la que lucra con el fin de la vida. Es el propio ser humano quien hace números alegres en los momentos más tristes.

En Costa Rica, desde finales de los años 90, el negocio de los entierros y funerales ha experimentado un auge, el cual se ha intensificado en los últimos años, provocando, a su vez, una diversificación del servicio.

Estudios de Funeraria y Camposanto La Piedad, uno de los líderes del mercado, hablan de una cifra aproximada de 150 funerarias en el país.

Incluso, hace dos años se creó la Asociación Nacional de Funerarias y Camposantos (Anafuca) para regular el servicio y unir al gremio. Acctualmente, hay 22 empresas afiliadas.

De lujo

John Jiménez Valverde es el presidente de dicha organización. Además, es el gerente de ventas de Jardines del Recuerdo, funeraria que se asocia con la “clase alta”.

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Tal presunción tiene fundamento: uno de los paquetes que la empresa ofrece se llama Diamante e incluye velación en el salón presidencial (equivale al área de unas cinco salas “normales”), recuerdos del fallecido, 30 arreglos florales grandes, maquillaje y cortejo (traslado en una carroza Mercedes Benz)… “Lo único que no incluye es al difunto”, añade Jiménez.

El cofre en este paquete es un lujoso ataúd importado de Estados Unidos, hecho de cedro, con catre, almohadones y compartimentos especiales donde se pueden colocar cartas (mensajes de los vivos a los muertos) o, incluso, posesiones del fallecido: relojes, joyas, libros y hasta prendas de vestir.

El paquete Diamante puede costar hasta ¢11 millones, sin incluir el terreno en el camposanto o la cremación, los cuales se cobran por aparte.

“Lo vemos como un homenaje a la vida; creemos que la gente quiere invertir en ese momento. No se trata del difunto, él ya no está. El funeral y el camposanto son para quienes lo visitan; la gente busca dignificar la vida”, responde John Jiménez cuando se le cuestiona si es sensato gastar el equivalente a la cuarta parta del costo de una casa de clase media, en despedir a un muerto.

Jiménez, como buen vendedor, se apresura a resaltar que el programa Fondo de vida permite a las personas pagar por anticipado, mediante cuotas, sus propias honras fúnebres o las de un ser querido. De tal forma, se desembolsan ¢30.000 mensuales durante cinco años, por ejemplo ( ver recuadro ).

No obstante, esta opción preventiva todavía no genera suficiente interés; prueba de ello es que que siete de cada diez servicios que vende Jardines del Recuerdo son “planes de emergencia” (la gente acude en el momento en que el familiar acaba de morir).

También hay paquetes más económicos: el funeral más barato (sin incluir terrero en el camposanto o cremación) cuesta ¢790.000.

La diferencia en los precios radica en tres aspectos: el cofre, la carroza y la sala de velación; a eso habría que agregarle otros detalles como la cantidad de flores, por ejemplo.

Ese paquete básico es exclusivo para las funerarias ubicadas en Heredia, Alajuela y Desamparados; no incluye las que están en Los Yoses, Escazú ni en barrio Don Bosco, debido a la “geografía de la clase social”.

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Paradójicamente, justo a cinco minutos en carro de la última sucursal citada, se encuentra la funeraria que ofrece los precios más bajos y cuyo público meta son los estratos con menos poder adquisitivo. Se llama “Funeraria del Sur, para hacer el bien”.

Lo raro

Tiene 18 años de vida, se ubica en barrio Cuba y fue la primera –según proclama su dueño Rodrigo Sánchez Méndez– en introducir en el mercado cofres de peluche con colores llamativos: de dálmata, de arcoíris, de leopardo y alusivos a los equipos de primera división del fútbol nacional: Saprissa, Alajuelense, Cartaginés...

El costo promedio de un entierro ronda los ¢300.000 e incluye traslado, candelabros, capilla de velación, un percolador con 65 tazas de café y el paquete de vasos; además, durante la vela, se habilita una pulpería.

Pese a que ese monto es el referente, la empresa se “acomoda” al presupuesto del cliente. “Depende de la gente; si me dicen que solo tienen ¢100.000, le ayudamos; tenemos una visión social”, dice Ricardo, un hombre bajito y regordete que se confiesa amante de “lo raro”, de ahí que una de las carrozas sea de color naranja y otra tenga luces de neón.

La mayoría de usuarios de los servicios que brinda Ricardo son de los barrios del sur, así como de Alajuelita y La Carpio, pero también han dado servicios en Limón y en Cartago.

La empresa es familiar. Su esposa, quien es estilista profesional, se encarga de maquillar a los muertos, y sus hijos, de trasladarlos.

Aunque él mismo afirma que “hay una buena dosis de buena voluntad en su oficio”, Ricardo resiente que varias veces le han “amarrado el perro”. “Me quedan debiendo plata y el día después del entierro cambian el número de teléfono o hasta se pasan de casa”.

Con el fin de no dejar a nadie sin entierro, la funeraria tiene un convenio con el Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS) . Tras una rápida evaluación socioeconómica del caso, la entidad les da ¢135.000 para cubrir los gastos de personas que no tengan absolutamente nada de dinero.

Dice Ricardo que, en una “semana mala”, no llega ni un muerto, y en una “buena”, hasta cinco.

La diferencia   en los precios radica en tres aspectos básicos: el tipo de cofre, el tipo de carroza y el tipo de sala de velación. A eso habría que agregarle otros detalles como la cantidad de flores o si el coro lo acompaña un saxofón, por ejemplo. Esta sala es de la funeraria Jardines del Recuerdo. | FOTO: EYLEEN VARGAS
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La diferencia en los precios radica en tres aspectos básicos: el tipo de cofre, el tipo de carroza y el tipo de sala de velación. A eso habría que agregarle otros detalles como la cantidad de flores o si el coro lo acompaña un saxofón, por ejemplo. Esta sala es de la funeraria Jardines del Recuerdo. | FOTO: EYLEEN VARGAS

El concepto de la muerte como ganancia es cuestionado por Victoria Segura Castillo, jefa de la funeraria Montesacro, en San Pedro.

“Detrás de cada negocio, hay un fin lucrativo. Eso es inevitable. Sin embargo, hemos querido enfocarnos en que podemos ayudar a la familia en un momento difícil; los apoyamos en todo, tratamos de que hagan la menor cantidad de trámites”, dice.

En el camposanto de Montesacro, un lote sencillo para dos personas vale ¢3,7 millones (el más económico); mientras que un jardín privado con cuatro espacios, cuesta ¢9 millones (el más costoso).

La ventaja de adquirir un terreno en un cementerio es que cada cinco años se pueden exhumar los restos de la persona fallecida, por lo que queda el espacio disponible para un nuevo “inquilino”.

No obstante, ante el alto costo de la tierra, cada vez más se opta por la cremación, aunque todavía son pocos quienes se deciden por dicha alternativa: de hecho, no representa ni el 10% del negocio.

En Montesacro, el costo de la cremación es de ¢795.000 (no incluye honras fúnebres).

Ecológico

El interés por la cremación va de la mano con una mayor conciencia ecológica, pues se estima que, de esta forma, se reduce la contaminación que puede ocasionar un cuerpo en descomposición y todo el tratamiento que este requiere.

Bajo esta consigna, desde hace año y medio, Jardines del Recuerdo ofrece tres urnas especiales cuyo atractivo está en que hacen que las cenizas del difunto se “reintegren” con la naturaleza.

La primera de ellas se llama Geos y está elaborada con sustratos de origen orgánico y mineral. La idea es que se entierre en una finca o lote y, sobre ella, se plante un pequeño árbol.

Sansara, por su parte, es una urna biodegradable y fue confeccionada con arena de mar, para que se deposite en un lago o río. Finalmente está una urna de nombre Nu, hecha de sal para que se disuelva en el mar.

Cada una de ellas, en conjunto con el proceso de cremación (incluye autopsia, requisito para tal procedimiento) tiene un valor de ¢835.000.

La Funeraria La Piedad va un paso más allá en su “conexión” con la madre Tierra. Esta empresa está desarrollando un camposanto en San Antonio de Escazú que se asemejará a un bosque.

Así lo explicó el director ejecutivo Alberto Coto Esquivel, quien dice querer desligar a la muerte de lo triste y lo opaco, y acercarla a la vida y al recuerdo.

El cementerio se llamará Árbol de vida y fue diseñado en conjunto con expertos del INBioparque , quienes determinaron cuáles árboles deben plantarse para atraer mariposas y aves.

Lo más simbólico del sitio será que la urna, con las cenizas del difunto, será enterrada al pie del árbol que se siembre.

“Será una especie de corredor biológico, con colibríes y vegetación, lleno de vida, como un paseo al parque”, manifestó Coto.

Los ataúdes   pueden costar más de  ¢1 millón. Algunos son hechos en Costa Rica; otros son importados de Estados Unidos. Estos los tiene la funeraria Jardines del Recuerdo.  | FOTO: EYLEEN VARGAS
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Los ataúdes pueden costar más de ¢1 millón. Algunos son hechos en Costa Rica; otros son importados de Estados Unidos. Estos los tiene la funeraria Jardines del Recuerdo. | FOTO: EYLEEN VARGAS

Los precios dependen del espacio, la ubicación y el tipo de árbol y van de ¢800.000 en adelante. El proyecto ya está en preventa.

Pese a la innovación, La Piedad también ofrece los tradicionales nichos. El más barato está en el camposanto de Cartago, es de dos espacios y cuesta ¢750.000, mientras que el más caro se ubica en Heredia en un sector llamado “lotes preferenciales”, pero se le conoce como V.I.P. ( very important people ). Incluye un jardín propio, con irrigación y una banca, posee espacios para cuatro y vale ¢5 millones.

“Es como cuando se compra un vehículo: algunos quieren un carro para transportarse y listo, otros lo quieren con ventanas eléctricas y hasta con televisor. Hay gente que quiere pagar un poquito más para tener más comodidades, para que un momento tan duro sea menos duro”, comenta Alberto, quien ya en espíritu empresarial, habló de planes de financiamiento y de cómo por ¢5.000 al mes se puede ir pagando un entierro ( ver recuadro ).

“Yo le vendo a vivos, no a muertos”, destaca, haciendo referencia a que el 85% de las ventas de La Piedad son en “prenecesidad”, es decir, personas que, de forma preventiva, compran paquetes. El restante 15% son de emergencia.

Público

En los cementerios municipales, los precios son más accesibles, aunque no hay mucho espacio.

En Desamparados , un terreno de tres nichos vale ¢1,2 millones; en Goicoechea cada año se rematan, en promedio, unos cinco fosas y el valor ronda los ¢2 millones.

Bajo la administración de la Municipalidad de San José, hay seis cementerios. El ayuntamiento ha optado por arrendar el espacio por cinco años. Vencido el plazo, se exhuman los restos y el nicho vuelve a salir el mercado. El costo por este servicio es de ¢107.000 por todo el lustro.

Un requisito para ser enterrado en un panteón público es que el fallecido haya residido en el municipio donde este se ubica, según lo señala el Reglamento General de Cementerios .

De igual forma, el artículo 5 de esa normativa establece: “Todo habitante tendrá derecho a un funeral decoroso y a la disposición adecuada de su cadáver. Sus restos o cenizas deben ser tratados en toda circunstancia con consideración y respeto”.

Cumpliendo esta directriz, a las personas indigentes o que no tienen dinero, se les entierra en el cementerio Calvo , ubicado detrás del Mercado de Mayoreo, en San José. De hecho, muchos de los difuntos que son atendidos por la Funeraria del Sur son llevados allí.

A la muerte nada se le escapa, ni siquiera este reportaje, que ya agoniza. Después de todo, no es tan malo decir adiós. Así lo anunció el ya fallecido escritor José Saramago : “Pese a que la muerte es un gran negocio, la inmortalidad sería un horror”.

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