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Mi condición de mujer

Actualizado el 10 de mayo de 2015 a las 12:00 am

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Ilustración de Daniel Solano

Espero en la parada de bus a las tres de la tarde y desde su carro un conductor grita algo acerca de mi cuerpo; la violencia que usa me aturde. La señora a mi lado me ve con desaprobación y da dos pasos alejándose de mí. No hace falta que lo diga en voz alta, cree que me lo merezco. Hace unos meses de esto.

A los diecinueve años espero un taxi en la esquina de la Santa Teresita en Aranjuez, son las siete de la noche. Un motociclista dobla y baja la velocidad lo suficiente para agarrar mi pecho derecho con toda su mano y su fuerza. No me da tiempo de quitarme y el resto de la noche, junto con la cólera, me quedo con la sensación de sus dedos oprimiéndome.

Estoy en sexto grado, ya mis hermanos mayores están en el cole y mi hermana menor se cambió de escuela; me toca caminar sola por varios meses las siete cuadras desde mi casa y para no variar voy tarde a clases. Un hombre mete la mano debajo de mi enagua mientras me murmura al oído algo que a tan corta edad no tiene sentido para mí.

No hace mucho, en dos ocasiones, camino de día por Chepe con mis sobrinas adolescentes y me veo obligada a confrontar a un troglodita diferente, una de esas veces el tipo lleva de la mano a un niño de nueve años. Ambas sobrinas se mueren del bañazo, yo de la indignación.

Al día siguiente del incidente en la Santa Teresita una amiga y yo caminamos al mediodía cerca del CNP por Sabana este, un hombre vestido de traje se cruza con nosotras y agarra mi pecho izquierdo. Parece una mala broma. Exploto en ira y le doy una patada. El tipejo da vuelta asustado y asume posición de defensa con los puños cerrados levantados frente a mi cara. No le tengo miedo, le grito ¡grandísimo pendejo! varias veces mientras lo pateo. Son patadas de adolescente, sólo le ofenden el ego patriarcal.

No me golpea y cuando siente sobre sí la mirada de los que se asoman desde sus oficinas, decide alejarse. Yo le sigo gritando con todo hasta que no lo veo más y el resto de mi vida me dicen lo valiente que soy, pero recuerdo vívidamente la sensación de vulnerabilidad una vez pasado el bombazo de adrenalina. Tuve sus puños a unos cuantos centímetros de mi cara.

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¿Por qué tengo que ser valiente? ¿Por qué cada día cuando pienso en qué vestir tengo que considerar mi horario y mi ruta del día? ¿Por qué tengo que crecer marcada por el peso de la opinión ajena?

Porque, al parecer, mi cuerpo es mío hasta que es de dominio público para juzgar, piropear, agarrar, golpear, violar o matar a gusto de cualquiera. Ese es el derecho auto-concedido de los machos dominantes. Tienen madres, hermanas, hijas y sobrinas, no que eso les impida heredarse este derecho generación tras generación.

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