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Amando Céspedes: El abuelito de América

Actualizado el 28 de junio de 2015 a las 12:00 am

En 1971 lo nominaron para el premio Nóbel de la Paz y lo llamaron “el segundo Marconi”, pero cuando se menciona su nombre no muchos saben quién es y, al parecer, sin él nuestro país sería un lugar muy primitivo; muy silencioso.

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Amando Céspedes: El abuelito de América

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Era 1893, yo tenía doce años y asistía al Liceo de Costa Rica. Un día le pusieron al profesor Ezequías Marín una culebra muerta adentro de la gaveta de su escritorio y se asustó tanto que tiró la cabeza para atrás y sangró. Yo le dije: “pero qué susto tan grande si solo es una culebra muerta”.

Me llevaron a la dirección porque pensaron que era el culpable, pero como no delaté a mis compañeros me expulsaron, a pesar de que era el segundo mejor de la clase en conducta y notas.

Decidí vivir con mi papá que trabajaba en la aduana de Puerto Limón.

Era un día normal, estaba viendo cómo en el muelle un barco de vapor cargaba bananos. Yo tenía 380 pesos de un chancho que había roto con mi mamá y se me ocurrió comprar un tiquete. Me fui para Nueva York, no le dije a nadie. Llegué en abril. Me adoptó una familia sin hijos; trabajé con Mr. Riebling, un fabricante de carruseles con caballitos. Mr. Riebling me llevó de nuevo a Costa Rica porque quería conocer; cuando llegamos, busqué a mi padre en Limón.

Esa noche armamos los carruseles y vendimos tiquetes hasta las 3 de la mañana. Después me fui para San José, visité a mi madre y me devolví a los Estados Unidos.

En 1897, mis padres me enviaron dinero para que comprara un taller de imprenta. Entonces regresé a Limón y fundé un periódico que llamé El Progreso de Limón .

Todo iba bien hasta que a un español no le gustó una nota que yo escribí, así que demandó al periódico. Mi papá consiguió un abogado que ganó la demanda y nos reintegraron el costo de daños y prejuicios.

Con ese dinero, me fui de nuevo a Nueva York, donde ingresé en el periódico El Nuevo Herald . Allí me recomendaron que tomara cursos en Illinois y obtuve un diploma de fotógrafo, fotograbador y dibujante.

En 1900 publiqué el libro Primeros pasos en fotografía y luego viajé por el Golfo de México y por el Caribe hasta que llegué a Costa Rica, pero solo me quede allí durante un año y me fui a Missouri.

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Esta vez conocí al presidente Roosevelt, vi a Buffalo Bill y después volví por un segundo a la madre patria, pero me devolví rápido. Un año después, un terremoto me espantó a Sacramento de California y luego a Denver, Nueva York, La Habana, Nueva Orleans y, luego, llegué a Puerto Limón y ahí tomé el tren hacia San José.

En 1910, saqué la revista El Magazin Nacional ; publiqué 12 números: uno cada mes. Tenía muchísimas ilustraciones y hasta traía lecciones para aprender inglés.

Lo vendía a 25 céntimos y se agotaban todas las ediciones. El año siguiente conocí a Rosita Arias.

Ella tenía 17 años; nos casamos un 11 de mayo en Atenas, donde introduje el alumbrado eléctrico. Finalmente, compré una casa de adobe en Heredia y abrí un estudió de foto. En 1920, me dediqué a estudiar artículos sobre la radio en periódicos de Nueva York.

En enero de 1927 nació la estación TI4NRH con un transmisor en AM, con una potencia de cinco watts. El transmisor no dio buenos resultados, por lo que decidí pasarme a onda corta con la esperanza de ser escuchado más lejos.

La TI4NRH se escuchó internacionalmente por primera vez el 4 de mayo de 1928 en 39 metros. El transmisor utilizado fue de 6 tubos y daba una potencia de 7.5 watts, a través de una antena básica montada sobre unos tramos de bambú. Para probar que funcionaba, le transmití el primer mensaje a Rosita; le pregunté cuántos huevos habían puesto las gallinas. Ella estaba a una distancia de 10 metros.

Un año después, TI4NRH era la quinta estación de onda corta existente en el mundo. Las otras cuatro estaciones utilizaban potencias de 30.000 y 50.000 watts, y nadie podía creer que una estación con 7,5 watts de potencia pudiera llegar tan lejos

En 1928, me comuniqué con el almirante Richard Byrd, quien se supone que es de los primeros hombres en volar a la Antártida. En su estancia en el continente de hielo, Byrd perdió la capacidad de comunicación y por suerte logró establecer contacto conmigo. “TI4NRH, aquí Polo Sur”. Pero yo pensé que era una broma, entonces para comprobar que era cierto, le dije que me pusiera unos pingüinos a grajear y él lo hizo.

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Tres años después, nació Enrique. Mi cuarto y último hijo. Cuando él estaba pequeño se resbaló en una baba de moho y le agarró osteomielitis en la pierna derecha; un amigo alemán que era doctor lo tuvo que operar en la mesa del comedor, porque aquí le dijeron que no había nada que hacer.

***

Enrique sobrevivió; tiene 84 años y vive junto a un gato sin nombre en una casa que se apellida Céspedes Marín porque así lo dice la entrada. A veces lo visita su hijo, a veces su novia, con quien compra comida del chino que está al frente, los fines de semana.

Pero siempre que he ido, él esta solo. Su hogar está invadido de recuerdos de su padre. Cajas con papeles. Gavetas llenas de fotografías. Un cuarto con retratos que su padre tomó. Un álbum de cuero lleno de recortes de noticias que hablan de la radio o de su padre: Amando Céspedes Marín. Amando; no Armando.

Hay un recorte de la revista Áncora de marzo de 1980 donde llaman a Céspedes “un benemeritazgo olvidado”. Hay pinturas, tarjetas postales, facturas, cartas apoyando la nominación de Amando para el premio Nobel de la Paz.

Todo está lleno de polvo; capas sobre capas de hollín que poco a poco devoran la historia que tanto me costó encontrar en orden y aun así no está del todo escrita. Ni siquiera es la oficial.

Porque a pesar de que don Enrique siempre me abre el portón de su casa y se sienta a hablar conmigo, sé que solo quiere comenzar a hacer el crucigrama que trae el periódico de ese día.

Porque apenas salgo de su oficina, toma el lapicero y marca con una X roja el día que es, en un calendario y comienza a jugar.

Por mientras, me deja sentarme en un sillón cubierto de grasa y pelusa para ver un cuarto lleno con libros, que los amigos de todas partes del mundo, le enviaron a Amando; y a leer los compilados de la revista Zenith , la que creó gracias a una transmisión que realizó con un capitán de un barco que andaba por la Isla del Coco, quien terminó siendo Francis McDonald, el dueño de la compañía Zenith. Se hicieron amigos y el empresario pasó a patrocinar la revista.

A dentro de esa casa, hay miles de partículas compuestas de historia que esperan que alguien las una. Enrique duerme en el cuarto donde su papá murió y probablemente, donde él morirá, al lado de la primera radio de Costa Rica; de los trenes que armaba con Amando, de un tarro de magnesia y camisas mal planchadas.

***

Entre julio y agosto de 1938, volví a Nueva York; cuando estaba llegando podía ver a muchas personas en el muelle; supuse que esperaban a la primera dama de Nicaragua, esposa del presidente Anastasio Somoza y quien se encontraba a mi lado. Pero estaban ahí por mí. Fui a fiestas en Bristol, Hartford, Barrington, Milwaukee. Me llevaron a las radio difusoras para que hablara y a los periódicos para sus reportajes y luego embarqué hacia Costa Rica.

Treinta años después, en 1972 muere Rosita y cuatro años después yo; supuestamente fue por ir a ver un eclipse en el que contraje una gripe. Morí en el cuarto donde duerme Enrique; donde probablemente el morirá.

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Priscilla Gómez

priscilla.gomez@nacion.com

Periodista de Revista Dominical

Periodista de la Revista Dominical de La Nación. Estudiante de Periodismo en la Universidad San Judas Tadeo. Se unió a Grupo Nación en el 2015. 

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