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Volcán Turrialba: El despertar del coloso

Actualizado el 12 de diciembre de 2015 a las 11:50 pm

Los volcanes  son bromistas y a veces se hacen los muertos. Cuando  estamos a punto de escribirles el epitafio resucitan para salir en los periódicos y en ese regreso a la vida  eructan gas, vapor y ceniza.  El Turrialba es uno de ellos,  también  inquieto y temperamental, un gigante amarrado al espinazo ardiente del centro del país, un  constructor de  torres blancas, un "labio roto de la tierra".

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Volcán Turrialba. (John Durán)

Las palabras entrecomilladas son de Julieta Dobles, que un día dijo, como solo saben hacerlo los poetas, que nuestro Turrialba estaba "dormido en un sueño de nieblas sin regreso".

Hoy sabemos que no estaba ni muerto ni dormido. Únicamente se tomaba uno más de los descansos con los que alterna su furia interior.

Medio millón de años atrás, cuando quizás usted no estaba por aquí, ya era como lo vemos pero no había pasado por la pila bautismal y uno de sus supuestos primeros nombres era más bien una pregunta: ¿Toriáravac? Después lo han llamado Turrialva, Zuriarba, Turialva o Turi Alba...

"Los estudios sugieren que el magma inyectado en profundidad no se equipara con la cantidad  salida en forma de lava", Guillermo Alvarado, vulcanólogo

Para entenderlo ahora, los científicos le remueven el ayer y él abre sus registros para que ellos interpreten y traduzcan su fuerza destructiva y creadora al mismo tiempo.

Guillermo Alvarado, Gerardo Soto y Wilfredo Rojas retratan en un estudio vulcanológico a un monte explosivo que medio siglo después de la era actual hizo una de sus erupciones más violentas, apenas 29 años antes de que el Vesubio enterrara Pompeya y Herculano.

Se hundían en nuestro suelo pies indígenas y, además de fuego y gases, la montaña lanzaba enigmas. Los primeros habitantes buscaban respuestas, igual que hoy; la diferencia está en el método científico, porque quien desea resolver los misterios de un volcán lo estudia y en eso viven los vulcanólogos, quienes a menudo aparecen con noticias.

Por ejemplo, a mediados de noviembre pasado informaron de que el magma del Turrialba ha subido y dijeron que la roca fundida está más cerca que antes (si por "cerca" entendemos entre 4 y 15 kilómetros de profundidad).

Han encontrado lava pulverizada en la ceniza y el efecto de su ascenso se descubre en una deformación del monte imperceptible a simple vista que los instrumentos sí detectan.

¿Qué hace un volcán en estas páginas? Sencillo: el Turrialba eligió el 2015 para reclamar un protagonismo al que ya parece acostumbrado.

Lleva más de trece meses activo y no da señales de cansancio. Ha quemado bosques; ganaderos y agricultores se han ido, expulsados con sus animales por la lluvia ácida que mata el pasto, la ceniza y los gases que todo lo corroen; en abril, mayo y junio, obligó a cerrar el aeropuerto Juan Santamaría y, en octubre, hizo 116 erupciones (26 solo en un fin de semana), vomitó piedras de casi tres metros y al menos dos veces elevó las cenizas un kilómetro.

Volcán Turrialba
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Leyenda, amor y ceniza. Las erupciones recientes del volcán Turrialba podrían recordarnos con facilidad a la primera si no fuera porque esa nadie la vio. Pero podemos decir que ese detalle no tiene importancia porque tenemos una leyenda que la cuenta.

Cira estaba enamorada de Mixcoac, el jefe indígena de un grupo rival, y al padre de la princesa (como a todo papá celoso) no le hacía gracia aquel romance.

Sin saber de Romeo y Julieta, Cira y Mixcoac avanzaron por un sendero parecido, pero sin venenos ni muertes, que llevó al nacimiento del mismo volcán que siglos después nos preocupa y nos entretiene cuando le tomamos fotos al verlo desmelenado y lanzando chorros blancos o grises.

En el universo indígena, las fuerzas naturales eran tan caprichosas como las personas. Así entendemos por qué al ver que el padre de Cira estada decidido a disparar su arco y separar por las malas a la hija del hombre al que ella amaba, la tierra se abrió y se tragó a la pareja. Brotaron de inmediato por la grieta lava y piedras y creció un monte del cual se elevó una columna de vapor

.¿Cómo fechar este primer episodio explosivo que dio paso a la torre alba (de albo, es decir, blanco) que el volcán ha estado enseñando desde entonces y que a menudo mezcla con cenizas, roca y gases? Es imposible.

Lo que sí podemos hacer es recordar lo ocurrido hace poco, el 6 de noviembre pasado, cuando vimos algo igual de cautivador: el Turrialba mostraba sobre la cima nubes lenticulares que otras veces han coronado al Arenal.

"Más de cien bocas pequeñas (de dos varas en circunferencia), están humeando con estrépito, silbando como mal arregladas máquinas de vapor", Juan Braun sobre el volcán Turrialba (1864)

Meteorólogos y vulcanólogos explicaron que las forman los vientos fuertes que soplan muy alto, pero fue fácil ver en la curiosa nube circular algo distinto: un volcán con sombrero. Afirmar eso es atribuirle cualidades que, se supone, no tiene.Pero ¿qué tal si descubrimos que sí?

El vulcanólogo Gino González se refirió de esta manera al Turrialba: "Ha sido gentil porque ha hablado; poco a poco nos ha ido diciendo que él es un volcán activo". Gentil y con sombrero: un dandi tropical.

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Desde la soledad de su altura, y vigilado todo el tiempo por una cámara, este caballero ha ido diciendo que volvió –encendido y fogoso– del sueño fingido en el que estaba.

Despertar con baño. La actividad que hemos visto este año en el Turrialba es recurrente; un vaivén entre el silencio y la explosión.

Viajemos hasta la mañana del miércoles 17 de agosto de 1864, cuando los josefinos despertaron bañados en ceniza y empezaron a buscar la fuente de aquel polvo molesto.

El misterio quedó resuelto cuando, sobre la fila azul de la cordillera, se vio días después el humo –entre negro y verde, dicen relatos de la época– y entonces se supo que la montaña era inofensiva solo en apariencia.

Dos años después ya había caído ceniza en Puntarenas y en Nicaragua. Y entonces se dejó envolver de nuevo por la calma para hacerse de nuevo el muerto.

En 2005 se revolvió en su cumbre, como quien intenta levantarse y se enrosca de nuevo. Después tembló y avivó sus fumarolas; entre 2007 y 2009 enseñó otras vez la torre de gases y vapor. En 2010 tiró ceniza (sin magma) y abrió un boquete nuevo en uno de los cráteres.

Cuando estábamos, por decirlo así, acostumbrados a la rutina de ese espectáculo sobre la cordillera, llegamos al 12 de marzo de este año.

Las farmacias quedaron sin mascarillas, ardían los ojos, un velo gris se extendió sobre una parte amplia del Valle Central, y la memoria regresó a 1963 junto a las imágenes del Irazú aunque esta vez el baño era cortesía de su hermano.

El Turrialba es un ser prehistórico; los rastros de sus travesuras se extienden milenios. Los expertos Alvarado, Soto y Rojas han escrito sobre avalanchas de 17.000 años de antigüedad (ocurridas en plena época del hielo) que dejaron atrás cementerios de robles de altura. Las furias antiguas del volcán hacen ver minúsculas a las de hoy.

Volcán Turrialba

Maquinota de vapor. Bueno, y si un vulcanólogo afirma que el monte habla, ¿por qué no decir también que ruge?

El Ovsicori sorprendió en mayo haciendo perceptibles para el oído humano unos sonidos únicos. Lo que se oye, traducido por programas de computación, semeja una matraca, pero son piedras chocando contra otras, crujidos, las voces profundas de la tierra.

Juan Braun las había oído en 1864 y escribió: "Cien bocas pequeñas (en el cráter) silban como máquinas de vapor mal arregladas". Describía así lo que él y sus compañeros de aventura hallaron al conquistar la cumbre del macizo. Hasta entonces nadie había subido y relatado la experiencia y lo que queda es el testimonio de un viaje penoso de una semana en el que se metieron doce hombres que caían y se levantaban de los barriales con un solo objetivo en la cabeza: llegar arriba.

Después de tantas penurias lo lograron y Braun detalla, asombrado, lo que vieron desde la cumbre: los dos mares, el Reventazón, Paraíso, Tucurrique y las calles de Heredia.

Es quizás lo mismo que veríamos si cualquier día de estos llegáramos tan alto, solo que subir es imposible o, mejor dicho, está prohibido. Lo hacen únicamente los científicos para cazar noticias y exhibirlas más adelante en sus informes, a veces llenos de interrogantes.

El Turrialba "se está preparando para algo", dijo en marzo el vulcanólogo Mauricio Mora. ¿Algo? ¿Qué es algo? ¿Se hará otra vez el dormido este bromista de 3.340 metros o –dicho de nuevo con palabras de Julieta Dobles– veremos "sus rocas emergiendo como lenguas de dragones olvidados"?

Este volcán es un vivazo: lanza preguntas que solo él sabe responder.

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