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Upala reconstruye lo que el agua le arrancó durante el Huracán Otto

Actualizado el 05 de marzo de 2017 a las 12:00 am

Tres meses después del Huracán Otto, la vida brota entre los escombros que dejó el fango que lo cubrió todo: los vecinos de Upala recobran lentamente sus rutinas cotidianas a punta de sudor y trabajo sin descanso

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Upala reconstruye lo que el agua le arrancó durante el Huracán Otto

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Eliseth Ramírez y su hijo Ian Daniel perdieron su casa en Bijagua el 24 de noviembre del 2016. | FOTO: RAFAEL MURILLO.

Al atardecer, la luz baña las cicatrices de los cerros que rodean a Bijagua de Upala. Entre el verde exuberante de la cordillera de Guanacaste, se asoman grandes surcos cafés que bajan desde sus cumbres hasta sus faldas. La tierra deslavada que falta arriba todavía está abajo.

Los vecinos acumularon el barro en montículos, entre paredes desmoronadas y los esqueletos de los carros que quedaron inservibles. Seca, convertida en polvo, la tierra ha vuelto a ser inofensiva.

“¿Sacar el barro? Todavía ayer estábamos sacándolo”, dice Otilio Pichardo, dueño y cocinero de Tilapias Ángel, uno de los negocios más cercanos a la quebrada que arrastró en su cauce a la cabeza de agua del pasado 24 de noviembre.

Las secuelas del huracán Otto no llegaron por aire, como la mayoría esperaba. En su lugar, Upala sintió al agua arrancar las viviendas desde el suelo, la vio entrar “como Pedro por su casa” a sus habitaciones y contaminar todo lo que estuvo al alcance de su fango sucio y maloliente.

Tres meses después, Pichardo y su hijo mayor —Ángel Alexis, de 17 años— caminan por los antiguos jardines de su negocio, con las frentes sudadas por el calor y las uñas sucias. Alrededor suyo están los tres estanques que reiniciarán el negocio.

Antes de la catástrofe, el hijo de seis años, describe Otilio, era el baquiano. Su trabajo era enseñarle a los turistas los 11 estanques de pescado que fueron construyendo a lo largo de 17 años.

Algunos de ellos eran lo suficientemente grandes como para navegar con un bote pequeño que ya no existe porque, en medio del caos, se lo robaron.

Trabajo manual: sin maquinaria, la familia Pichardo reconstruye Tilapias Ángel con carretillos. | FOTO: RAFAEL MURILLO.

Tilapias Ángel es un negocio familiar, tan familiar que la casa de habitación está a la par de la cocina donde se fríe el pescado y de la terraza en las que sirven a los comensales. En la inundación, los mismo se dañaron los colchones que los refrigeradores para los refrescos.

“No pudimos lijar las mesas. Las que se quebraron se quebraron y quedaron quebradas. No pudimos reparar nada de eso porque no tenemos tiempo”, asegura Pichardo con prisa, en la víspera de la reinauguración de su restaurante.

“Ya es mucho tiempo sin generar. Estamos trabajando pero sin generar”.

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Se lo llevó el agua

Bijagua cumple tres meses desde que sucumbió a la violencia del agua. La inundación no la tomó por sorpresa pero la encontró confiada.

El 22 de febrero, la Orquesta Sinfónica Nacional llega, en buses turísticos, a tocar al gimnasio local.

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El concierto se realiza detrás del salón comunal, justo a la par del redondel. Es un distrito tan pequeño que es imposible dispersarlo.

Sin las estrías de las montañas, nadie diría que la comunidad está sanando.

La visita de la Sinfónica es una única parada de una gira nacional. Es, inevitablemente, una visita simbólica. Además de los instrumentos, los músicos cargan consigo varias bolsas de útiles escolares que han recogido en sus escenarios anteriores.

“Viera que queríamos ir a Upala centro”, admite el director del Centro Nacional de la Música, Gabriel Goñi. “Pero las condiciones después del huracán... Era imposible albergar la Orquesta porque todavía están en reconstrucción. El 99% de los útiles escolares que trajimos fueron donados por la comunidad de Cañas. Recogimos muy poquito en Alajuela y Cartago. En Cañas pusieron en la publicidad que para poder ir al concierto había que llevar un cuaderno o un diccionario”.

El público de Bijagua llega con las manos vacías. Hay familias, estudiantes uniformados , mujeres en vestidos elegantes, niños en tennis y hasta un perro flaco que menea la cola frente a los músicos del grupo.

De una u otra forma, todos ellos son sobrevivientes.

Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Upala se encuentra entre los cuatro cantones con el Índice de Desarrollo Humano más bajo del país —lo acompañan en la lista Matina, Talamanca y Los Chiles, todos afectados, más o menos, por el Huracán Otto—.

En Upala, los ríos se desbordan todos los años en las épocas lluviosas. Incluso, en diciembre pasado, las lluvias que fueron anecdóticas en el Valle Central se convirtieron en una nueva amenaza para 200 casas del cantón.

En esos casos, la evacuación se hace entre las mismas casas de la zona. Amigos que reciben a amigos mientras pasa la amenaza.

Entre los distritos del cantón, Bijagua es de los más “seguros”. A sus tierras no las dominan los cauces de los ríos, como le ocurre a Upala centro.

Hace tres meses, la seguridad la fracturó una quebrada inofensiva. En ella se embotellaron tierra, troncos y agua que bajaron desde la cima de los cerros.

Ahora, al lado de la quebrada mansa, crecen flores. A su alrededor solo hay una casa que está habitada. Lo demás son escombros.

“Esto era mi casita”, señala Eliseth Ramírez, una madre soltera de 35 años con dos niños bajo su cuido.

Eliseth y sus hijos Allison, de once años, e Ian Daniel, de seis, asisten juntos al concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional. El fotógrafo Rafael Murillo los reconoce de los días en los que prensa y afectados convivieron juntos en uno de los albergues.

En Tilapias Ángel, se encontraron dos cuerpos de los diez fallecidos durante Otto. | FOTO: RAFAEL MURILLO.

La mañana después del concierto, Eliseth y Daniel recorren los escombros de la cuesta Pichardo, el pequeño barrio que estaba al margen de la quebrada.

En un rectángulo de cemento chorreado, Eliseth señala habitaciones imaginarias: cuartos, cocina, sala. “En esa esquinita tenía una mesa de trabajo. Debajo de la mesa habían cajas de material”, dice sobre las pérdidas de su negocio de artesanías.

El jueves 24 de noviembre, mientras comenzaba a llover, la familia Ramírez dejó su casa para resguardarse donde una amiga. Antes de irse, Eliseth tomó de una gaveta los carnés de la Caja del Seguro Social pero dejó en ella todas las fotos y los títulos de sus hijos.

“Como que Dios me lo decía. Yo nada más agarré la pijama. Los chiquillos buscaron una pijama cada uno. Ian agarró dos juguetillos. Él quería llevarse un montón de cosas pero yo no lo dejé. Me arrepiento, cómo me arrepiento”, lamenta.

Eliseth alquilaba, por ¢45.000 mensuales, una casa de madera. Diagonal a ella estaba la casa propiedad de su mamá, quien ahora vive en San Ramón.

Cuando azotó el huracán, la familia estaba esparcida entre Alajuela y Limón. En vista de las proyecciones de la Comisión Nacional de Emergencias, su mamá envió a Bijagua los bienes que tenían en Tortuguero.

“Ella salió a Guápiles a protegerse del huracán sin saber que todo lo que mando para acá era para que el huracán se lo llevara. El huracán vino y se lo llevó todo empacado en maletas”, bromea Eliseth.

Después de perder la casa de su madre, la familia no tiene plata para reconstruirla. De forma temporal, Eliseth vive en la propiedad de unos extranjeros que regularmente se hospedan en la zona. No obstante, tendrá que abandonarla a finales de marzo.

Aunque todavía no encuentra una casa de alquiler, el Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS) le entregó ¢1,5 millones para invertir en electrodomésticos y muebles. El nuevo patrimonio de Eliseth y sus hijos está guardado en casa de un tío.

“La situación de nosotros es... no sé. Vivíamos en la parcela Altamira, teníamos una casita allá y la casita se nos anduvo cayendo con los temblores. Después tuvimos que levantar todo, volver a comprar las cosas porque todo se quebró. Mi abuelo le dijo a mi mamá que buscara un lote en el centro. Él compró esto”, dice sobre la tierra erosionada por la que avanza el agua de la quebrada, a sus nuevas anchas.

El cauce normal

La vida volvió a Upala cuando los vecinos limpiaron el fango. Como ocurre en Tilapias Ángel, no todos los terrenos están listos pero, con palas y carretillos, su rehabilitación avanza.

Hacia el centro de Upala, los árboles en el cauce del río Zapote todavía son troncos marchitos. En el pueblo, las pulperías están abiertas y un camión de basura recoge las bolsas de las aceras. La escuela vieja está cerrada pero afuera de ella caminan niños en uniforme. Todos los edificios llevan la misma marca café: una mancha incurable del barro.

Sandra Morales planea reabrir su Clínica Dental en marzo. Primero tiene que renovar las paredes. | FOTO: RAFAEL MURILLO.

“Acá es la clínica y la casa”, aclara la doctora Sandra Morales, una odontóloga que mantiene cerrado su consultorio desde el desastre. “En la clínica todo quedó inservible. En la casa se dañaron la cocina, la refrigeradora, la lavadora, los sillones, las camas, los colchones, las ollas, los platos... Todo se llenó de ese barro que era increíble de lo sucio, de lo mal que olía”, recuerda.

En medio del consultorio y la casa donde vive con su esposo y su hijo adolescente, coexisten los instrumentos herrumbrados y los aparatos nuevos, algunos donados por el Colegio de Odontólogos.

En la recuperación, las donaciones se quedan cortas. En todo el país, el IMAS ha invertido casi ¢3.372 millones. El 59% fue distribuido en la región Huetar Norte (el norte de Alajuela y Heredia).

El IMAS evaluó los casos de los damnificados por medio de visitas de campo de trabajadores sociales. En Upala, 107 personas se encargaron de las entrevistas que sirvieron de base para diagnosticar a cada caso.

Del cantón, 2.948 familias en pobreza y extrema pobreza recibieron dinero para cubrir necesidades primarias: “enseres, vestido y alimentación”, como las describe el director regional de la institución, Juan Luis Gutiérrez. Solo quienes todavía tienen la casa en pie fueron beneficiados con una ayuda para pagar su renta.

La comida enlatada y los paquetes de frijoles y arroz bastaron para suplir le emergencia pero no todas las familias recibieron la comida por igual.

“La trabajadora social preguntó: ‘¿Y cómo han hecho con el huracán?’ Mi esposo dijo que ahí nos veníamos reponiendo, que nos han ayudado, que nos donaron una plantilla eléctrica para cocinar”, cuenta Sandra sobre la visita que recibieron cuando la casa estuvo limpia del barro. “Ayer me enteré, por primera vez, porqué no recibimos nada. Ella puso que no lo necesitábamos”, asegura.

En la superficie de la calle, Upala se repone. Dentro de los comercios, aquellos que perdieron equipo, productos y papelería no encontraron amparo en los criterios del IMAS.

La Comisión Nacional de Emergencias estima que el país necesita ¢130.000 millones para recuperarse de los estragos de Otto. De esa cantidad, ¢2.000 millones pertenecen al rubro del sector empresarial.

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“El agua rompió puertas. Me botó todo. Era exagerado el barreal que había”, recuerda Óscar Juárez, un abogado que tiene un bufete en el centro de Upala. “Toda la jurisprudencia, la legislación. Tenía más de ¢8 millones en libros y códigos que utilizo para mi trabajo. El libro de protocolo se me fue; no se podía sacar nada. Perdí toda la oficina”.

Juárez comparte su residencia entre Upala y Liberia. Además de ahorros propios, los clientes de Óscar han concedido adelantarle algunos pagos para que cancele sus cuentas, incluyendo las del alquiler del bufete.

Después de tres meses en pausa obligatoria, el bufete continúa en pie en el mismo lugar, aunque sin el documento que consigne su fe pública puede hacer poco por mantenerlo a flote.

La última de las trabas infranqueables son las pautas normales de la burocracia de la Dirección Nacional de Notariado, por las cuales el trámite para recuperar su documentación podría durar otros cuantos meses.

Para toda Upala, retomar el cauce cotidiano ha sido difícil. Sin condiciones para generar ingresos, la vida de los negocios propios continúa atrapada en el barro.

Otilio Pichardo es un maestro retirado de 54 años. Hace 17 años abrió su negocio en Bijagua. | FOTO: RAFAEL MURILLO.

“Mis colegas me preguntan que cómo me fue, que cómo nos ayudaron. Yo les digo que no nos han dado nada. La gente en San José asume que las ayudas que dio el pueblo de Costa Rica, que las donaciones que dieron al banco, a Repretel.. que ya nos llegaron a nuestras manos. No han llegado y no sabemos cómo va a llegar”, alega Sandra Morales y asegura que su familia recibió un único “diario” alimenticio, entregado por la Cruz Roja.

“Acaso uno se va a comer la tierra”, reflexiona Ángel Alexis, el hijo mayor de Otilio Pichardo, en Tilapias Ángel. Sus vacaciones del colegio las pasó con la pala empuñada, jalando los carretillos llenos de tierra. El restaurante familiar tampoco calificó para la ayuda del IMAS.

“Nosotros no nos quejamos. Nosotros no decimos que el gobierno no nos ayuda. Tal vez nos ayudan. No tenemos tiempo para quejarnos. Si el gobierno no nos ha podido ayudar es porque están en sus trámites. Va a llegar la ayuda algún día y a eso nos aferramos”, dice Otilio.

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Natalia Díaz Zeledón

ndiaz@nacion.com

Periodista de entretenimiento y cultura

Periodista del suplemento Viva de La Nación. Productora audiovisual y periodista de la Universidad de Costa Rica. Se especializa en temas de artes escénicas, música, cine y televisión. 

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