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Tinta fresca: Sitio en reconstrucción

Actualizado el 20 de noviembre de 2016 a las 12:00 am

"Contar es entonces para mí un modo de borrar de los afluentes de mi memoria aquello que quiero mantener alejado para siempre de mi cuerpo"

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Tinta fresca: Sitio en reconstrucción

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No creo que tenga alguna enfermedad. Solo olvido. Alguna vez leí que el cerebro cuando vive una experiencia muy sensorial no la olvida.

Ilustración: Dominick Proestakis.
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Ilustración: Dominick Proestakis.

Entonces ahora me expongo a situaciones extremas: no uso sombrilla cuando llueve, me majo un dedo cuando escucho algo que me hace reír, o tomo fresco con muchísimo hielo. También tomo notas y fotos, y grabo videos. Y me toca aguantarme a muchas personas burlarse de esto.

Me dicen que soy demasiado dependiente de la tecnología. O que estoy obsesionada con las redes sociales. Pero esas personas así, no saben nada.

Qué tal si tal vez esa constante necedad por subir fotos y mostrar qué estamos haciendo o con quién estamos cenando, o dónde estamos esperando, son solo intentos por recordar. Que tal si el momento que decidimos capturar es porque estamos sintiendo en cada burbuja dentro de la piel, que no importa que llegue a pasar en un futuro, ese momento, ahí, es uno de los mejores momentos que vamos a tener en nuestra vida. Las fotos no pueden ser solo colores.

Pero no recordar complica mucho. El proceso de entenderme se me hace más difícil cuando no tengo los datos previos.

No sé cómo fue mi primer día de escuela. No sé cómo pasaba las tardes de vacaciones con mi papás. No sé dónde pasé muchos cumpleaños. No recuerdo qué hice con mis amigos hace dos navidades. Ni siquiera me acuerdo si tenía amigos. Me tendría que poner a pensar, pero ya de inmediato, no lo sé.

No me acuerdo cómo se sentían las piernas de mi hermano cuando era bebé. Olvidar no me hace bien.

No recordar qué me gustaba hacer cuando era pequeña me hizo muy difícil saber que estudiar. O qué me hubiese gustado estudiar, o ser. Hasta hace un año supe que mi papá se sentaba debajo de un árbol de mango a leerme cuando era bebé; y supongo que por eso me gusta leer. Pero eso es casi todo lo que sé.

Tal vez si supiera más de mí no pasaría todo el tiempo haciéndome tantas preguntas. Porque así me siento un poco desarmada. Se que cuando era pequeña me gustaba mucho el yogur y ahora estoy un poco obsesionada. Paso horas en esa parte del supermercado. A los tres años solo tenía dos opciones: pera o melocotón. Entonces si empezara a tratar de recordar cosas podría descifrar(me). Pero lo que recuerdo, todavía no tiene mucho sentido.

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Al menos no sé como relacionar esas memorias con el presente.

Se que cuando era pequeña no me gustaba usar vestidos. Me daba mucho miedo hablar con extraños. No dormía de noche y jugaba con rompecabezas. Pero no sé de que me sirve saber esto.

Ya opté por no preocuparme. A veces me asusto.

Asustarme me ayuda a recordar. Por ejemplo, hay que personas que me asustan mucho. Esas personas que me aterran son moras. Así dice una amiga.

"Todos somos moras. Pequeñas bolitas que se adhieren unas a otras. A quienes pertenecemos".

Pero tal vez mi cerebro nada más no es capaz de retener el pasado sin importar qué tanto yo lo busque. Tal vez ya ni siquiera existe.

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Priscilla Gómez

priscilla.gomez@nacion.com

Periodista de Revista Dominical

Periodista de la Revista Dominical de La Nación. Estudiante de Periodismo en la Universidad San Judas Tadeo. Se unió a Grupo Nación en el 2015. 

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