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Tinta Fresca: No me moleste, ando sensible

Actualizado el 09 de septiembre de 2017 a las 11:17 pm

Toca escucharse, entenderse, y hacerse piojito con la mano de madera. También repetirse como un mantra: 'todo pasa'.

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Tinta Fresca: No me moleste, ando sensible

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Supe que esto se iba a complicar cuando un día abrí la refrigeradora y como no supe qué comer, me senté en el suelo a llorar. Era tanto el sufrimiento. Era tanta la angustia que sentía al ver hacia dentro de ese aparato –que hace hielo automáticamente y dispensa agua fría desde el exterior– porque nada de lo que ofrecía me apeteció.

Al parecer eso era lo último que podía soportar en un día.

Normalmente estoy consciente de lo privilegiada que soy por tener manzanas y cartones de leche, pero es que cuando de repente tenemos sangre chorreándonos entre las piernas, somos así.

Tanto desequilibrio emocional está –socialmente hablando– mal visto. Por eso, poder funcionar en un mundo que condena el subibaja de sentimientos es un mérito que todavía no recibimos.

Porque así, lo hacemos todo. Caminamos por calles que nos prohíben; nos despertamos para hacer meriendas y dejar la cocina limpia; nos subimos a cohetes, y salvamos ballenas.

Así, qué no hacemos.

Muchas teorías, avalan que ese "desperfecto", sucede con más intensidad durante los días previos a la menstruación, porque cuando "aumenta la sensibilidad emocional, las mujeres pueden sentirse aisladas, más irritables o insatisfechas".

Pero yo tengo otra teoría. Creo que siempre estamos así, "desperfectas". Emocionales, sensibles, a punto de llorar porque sí. O tal vez, así siempre estoy yo.

Ilustración: Dominick Proestakis

Me ha llevado años en entender y abrazar esto como una cualidad positiva, y no permitir que lo señalen como un desbalance químico que debe ser tratado con urgencia.

Mi papá solía llorar por todo; sí subía a su taxi una familia que pasó horas esperando bajo la lluvia, lloraba.

Sí veía un perro desnutrido caminar por la calle, lloraba. Sí veía niños jugar una mejenga en un lote sucio, lloraba. Esto lo comencé a notar más durante los últimos días que compartí con él.

Mi padre vivió sumergido en un completo mar de nostalgia y enternecido por todo lo que lo rodeaba. Vivía demasiado maravillado.

Así que no veo nada de malo en llevar su legado entre las lágrimas.

Por muchos años, hubo –por supuesto– hombres que no aceptaron esta cualidad. Recuerdo uno en particular, a quien le gustaba decirme 'Lalo'. Como la loca. Luego leí un cita del poeta Walt Whitman que explicó todo lo que sucedía en mí:

I am large, I contain multitudes.

Ahora, yo y mis multitudes nos llevamos bien. A pesar de que durante "esos días" no es tan sencillo. Toca escucharse, entenderse, y hacerse piojito con la mano de madera. También repetirse como un mantra: 'todo pasa'.

Pero durante los otros días, es muy parecido.

Hay que sacarse a pasear de vez en cuando, contemplar el rosal del Tribunal, dormir con medias y una trenza.

Estar así todo el tiempo: sensible, 'Lalo', vieja loca, también produce un efecto de incubación, en donde la solitud no duerme.

Es como un contrato que uno firma sin saber bien qué va a pasar después.

"Señorita Priscilla Gómez. De ahora en adelante a usted se le otorgará este poder. Llorará todo el tiempo. Sentirá espasmos de asombro que muchos verán como ignorancia. A cambio de ese poder, se sentirá –la mayoría del tiempo– sola, triste y abrumada. Pero habrá días buenos. Caminará entre los otros y sentirá ganas de llorar. Nadie lo entenderá. Tampoco podrá mantener una relación sentimental sin sufrir infinitas crisis existenciales. Esto será de ahora en adelante, un largo y emotivo camino. Usted será para siempre una caja llena con vasos de vidrios, vasos que heredó de la abuela, vasos preciados que contienen lo más bello de esta vida".

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Priscilla Gómez

priscilla.gomez@nacion.com

Periodista de Revista Dominical

Periodista de la Revista Dominical de La Nación. Estudiante de Periodismo en la Universidad San Judas Tadeo. Se unió a Grupo Nación en el 2015. 

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