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Día Mundial de la Lucha contra el sida

Los heterosexuales no están a salvo

Actualizado el 01 de diciembre de 2013 a las 12:05 am

Hay quienes ven el VIH como una amenaza ajena, como un riesgo muy, muy lejano; “¡que se preocupen los ‘playos’ y las ‘putas’!”, proclama un discurso tan común como discriminatorio. Pero la realidad es otra. Estas son las historias de cuatro personas a quienes la noticia de que tenían el virus las dejó estupefactas.

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José ha hecho la retrospectiva mil veces en los últimos 11 años. Ha buscado en su memoria a sus compañeras sexuales y a cada una la tiene grabada, mas no se imagina cuál pudo haber sido la que le transmitió el virus. “Al tiempo comprendí que no se trataba de buscar culpables… Uno tiene el pensamiento de que esa enfermedad no es para uno, que como nunca se ha metido con homosexuales no le puede dar; pero es algo que está escondido en la sociedad. Hay miles de personas que lo tienen y no saben”.

Yadira acusó de loco al médico: “Yo era una simple ama de casa; había escuchado del sida, pero no me preocupaba, ¿a cuenta de qué me iba a dar a mí? Yo confiaba en mi esposo, en su fidelidad”; así recuerda el momento, hace 19 años, en que le informaron acerca de la condición que la acompañaría de por vida. En esa misma semana, su marido falleció.

Eugenio pasó de pesar 87 kilos a 42, creía que un cáncer era el responsable del paupérrimo estado de salud que lo tenía a un paso de la muerte. Fue el doctor Boza, del Hospital México, quien le dio la noticia. Ocurrió hace ocho años, pero lo recuerda como si hubiese sido ayer. “Nunca me lo imaginé; si decían que el VIH era de homosexuales y trabajadoras del sexo, jamás pensé que eso fuera conmigo”.

María, unos días antes de recibir su diagnóstico, había visto un anuncio sobre el VIH en la televisión: “Recuerdo que pensé ‘¿que será eso?, ¿quién sabe quién irá a padecer de eso’”, cuenta la mujer de 37 años. Tenía 20 cuando descubrió que era seropositiva, y lo supo a raíz de unas pruebas que le hicieron a su bebé recién nacida, la cual también resultó portadora.

A estas cuatro personas el VIH los sorprendió y les cambió la vida para siempre. Ellos son prueba de que no es necesario ser parte de la población de alto riesgo –hombres que tienen sexo con hombres, y trabajadoras sexuales– para adquirir el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), el cual, en su etapa avanzada, produjo la muerte de 142 personas el año pasado en Costa Rica; 120 fueron varones y el resto, mujeres.

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El VIH se transmite principalmente por actividad sexual y una de las formas más recomendadas para prevenirlo es el uso correcto del condón ( ver recuadr o).

No solo quienes forman parte de la población de riesgo deberían realizarse la prueba de detección del VIH.
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No solo quienes forman parte de la población de riesgo deberían realizarse la prueba de detección del VIH.

"Yo era una simple ama de casa, había escuchado del sida, pero no me preocupaba, ¿a cuenta de qué me iba a dar a mí?, yo confiaba en mi esposo, en su fidelidad", Yadira Martínez, 19 años con VIH

Las autoridades del Ministerio de Salud y representantes de las organizaciones no gubernamentales que trabajan el tema del VIH destacan que, al igual que José, Yadira, Eugenio y María, hay mucha gente que ve el virus como una amenaza ajena o un riesgo muy muy lejano, cuando la realidad es otra. Además, resaltan que el discurso de que el sida “es de putas y playos” es discriminatorio, equivocado y evidencia desinformación.

Infidelidad

Su esposo nunca se lo dijo y murió sin reconocer que era portador de VIH. Con el tiempo, ella se enteró de que él lo sabía, incluso antes de contraer matrimonio… “Al menos hubiera tenido la responsabilidad de protegerme a mí”, reclama Yadira Martínez, quien se casó en 1994 y fue diagnosticada dos años más tarde, a los 31 años de edad.

Él murió en cuestión de días. En ese tiempo, no había antirretrovirales en Costa Rica. Para ella fue un impacto múltiple: el fallecimiento, el engaño, la noticia, el miedo. “Se me vino el mundo encima: no tener apoyo, la muerte social…”, relata la mujer.

Ese era el segundo matrimonio de Yadira; del primero tiene tres hijos, los cuales debieron lidiar con el rechazo que sufrió su madre; fue una época sumamente dura.

No obstante, a Yadira no le gusta que la tilden de víctima. A sus 50 años, parece al menos un lustro más joven, luce bonita y jovial.

“Tuve que aceptar mi diagnóstico, quererme a mí misma, luchar, adueñarme de mis derechos”. Desde hace nueve años, labora como promotora de salud en la clínica del VIH del hospital Calderón Guardia, en el programa de pares. Allí comparte su experiencia con otras personas portadoras, les ayuda a vencer el estigma social y a llevar un estilo de vida más saludable.

Dice Yadira que su historia es la de muchas mujeres: “No existe la fidelidad, hay mucho bisexualismo, y existen hombres que no se consideran gais, pero tienen sexo ocasional con otros hombres, no se protegen con esa persona y mucho menos con la compañera. Si uno como mujer les pide que se pongan condón, lo primero que te dicen es ‘¿por qué?, si sos mi mujer’”.

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En la clínica donde labora, cada mes se les dan diagnósticos positivos a cuatro mujeres contagiadas por sus parejas varones.

Las estadísticas del Ministerio de Salud señalan que el país tiene una tasa de VIH de 14,2 (casos por cada 100.000 habitantes). En los primeros seis meses del año pasado –datos más recientes– se registraron 640 nuevos casos. En total, se estima que hay 9.454 personas mayores de 15 años con VIH.

Sin distinción

Los registros de portadores del virus que lleva el Ministerio de Salud, no diferencian entre homosexuales y heterosexuales. La ministra Sissy Castillo afirma que plantear la distinción es discriminatorio, y sostiene que la sexualidad es muy compleja como para etiquetarla en ese binomio.

Con ella coincide Joel Chavarría, psicólogo de la Asociación Demográfica Costarricense ; él explica que las identidades son subjetivas, mientras que las prácticas son objetivas. Por eso, en vez de señalar a quienes tienen determinada orientación sexual, hay que enfocarse en las prácticas de riesgo.

“La orientación sexual tiene que ver con la autoidentidad. Hay muchas personas que se consideran heterosexuales, con familia, hijos…y tienen prácticas homosexuales. Lo importante son las prácticas, los hombres que tienen sexo con hombres, independientemente de su identidad, están dentro de la población de alto riesgo”.

En efecto, en Costa Rica, la epidemia está concentrada principalmente en hombres que tienen sexo con hombres, y también en trabajadoras del sexo , lo que quiere decir que hay una mayor prevalencia (número de casos por cantidad de personas) de VIH en esas poblaciones.

La razón, explica Joel, es que las trabajadoras del sexo tienen muchos compañeros sexuales, lo que multiplica sus posibilidades de contraer el virus. En algunos casos, ellas son obligadas a no usar el condón o, por necesidad económica, acceden a no usarlo a cambio de más dinero.

Por su parte, en el caso de los hombres que tienen sexo con hombres, inciden factores sociales y biológicos. “Tienen una sexualidad clandestina porque socialmente está mal visto lo que hacen; sobre ellos hay un gran estigma, hay un menor acceso a los servicios de salud, y el condón, dentro de esa clandestinidad, puede no estar presente”.

Asimismo, en la penetración anal existe más riesgo de que haya contagio de VIH debido a pequeñas lesiones que se producen en el ano, por las que ingresa el virus.

Mas lo anterior no significa que el resto de la humanidad esté exento. “Todo aquel que no utilice el condón en su relaciones sexuales está en riesgo, lo que pasa es que a veces hay una visión muy romántica de la sexualidad, y llegamos a creer que la persona con la que estamos jamás podría tener VIH”, destaca Chavarría.

"Uno tiene ese pensamiento de que  esa enfermedad no es para uno; que como nunca se ha metido con homosexuales, no le puede dar. Pero  es algo que está escondido en  la sociedad, hay miles de personas que lo tienen y no lo saben", cuenta José, quien lleva 11 años con VIH

La viceministra Castillo reforzó lo anterior: “Es muy sencillo: sexo sin protección es igual a riesgo, ya se sea homosexual, bisexual o heterosexual”.

José no tenía claro ese mensaje. Trabajaba en la provincia de Limón como DJ en centros nocturnos, un contexto que –admite– lo llevó a vivir una sexualidad muy activa.

Empezó a sentir fiebres y dolores de cabeza y a sufrir de diarreas, pero en el hospital solo le daban acetaminofén y lo mandaban para la casa.

Recuerda que en una ocasión alguien le sugirió que se hiciera la prueba del VIH, mas a él le pareció absurdo.

“Es que le juro que yo no tenía información. No se hablaba de eso como se habla ahora; básicamente, se pensaba que si uno no se metía con hombres, entonces no era con uno. Yo nunca en mi vida he tenido relaciones homosexuales”, relata José, de 37 años de edad y 11 de vivir con VIH.

Finalmente, los médicos descubrieron que la causa de sus males era su condición de seropositivo. Ya para ese momento, José estaba a punto de morir de una histoplasmosis pulmonar (infección producida por un hongo).

Pero, lo más duro de todo fue que su compañera, quien acababa de empezar una relación, también resultó seropositiva. Es decir, él, sin saberlo, la contagió.

“Lo que pasa es que hay mucha gente que es portadora y no lo sabe, porque no se ha hecho la prueba. Creo que si yo no me hubiera enfermado (con síntomasy dolores) tampoco me la hubiera hecho, ¿qué me iba a imaginar?”, relata José, cuyo verdadero nombre nos pidió no publicar.

A Eugenio le pasó algo similar: se dio cuenta de que tenía VIH luego de que enfermedades oportunistas lo mandaran al hospital.

Él sí tiene identificada a la persona que le pasó el virus; fue una excompañera sentimental que ya murió.

“Yo era menor que ella. Haciendo memoria, yo le había visto unas pastillas, ahora sé que eran antirretrovirales, pero ella me dijo que eran vitaminas. Yo soy una persona de campo, tenía poca información, sabía casi nada del sida, solo que era de gais y bisexuales, nada más.

”Cuando me dijeron que era VIH, me quedé con la boca abierta. Yo pensaba que tenía leucemia o algo así”, recuerda Eugenio, un operario de construcción de 36 años, quien prefirió reservarse su apellido.

Cabeza en alto

María tuvo a su tercer bebé a los 20 años. Su historia está plagada de agresiones y maltratos en medio de grandes apuros económicos.

Producto de ese contexto, no acudió a atención prenatal hasta que tenía siete meses de embarazo.

Al nacer, su hija padeció de complicaciones en su salud. Los médicos no sabían qué tenía hasta que le hicieron la prueba del VIH, que dio positiva. De inmediato se la aplicaron a la madre y el resultado fue el mismo.

La pequeña sobrevivió tres años más. “Agradezco a Dios que al menos me permitió estar con ella ese tiempito”, dice María, quien ahora tiene 37 años.

Una antigua pareja –que ya murió– fue la que le transmitió el virus; el sujeto la había abandonado antes del nacimiento de la niña.

“Todo esto ha sido una prueba muy dura, pero salí adelante por mis otras dos hijas; ellas me necesitaban”.

María, quien tampoco quiso dar su apellido, es ahora voluntaria en la organización Hogar de Esperanza , que da techo y atención a personas seropositivas en vulnerabilidad social. Allí hay otras 27 mujeres como ella, madres de familia que fueron contagiadas por sus parejas.

“Hay que seguir la vida, exigir nuestros derechos, ver las cosas con actitud positiva… Para mí, estar en este centro es un gran apoyo, me da vida y siento que ayudo a los demás, que contribuyo”.

La mayoría de personas con VIH en el país llevan una vida normal. Esto, gracias a los antirretrovirales que otorga la seguridad social desde 1998. En realidad, el VIH se ha vuelto una especie de enfermedad crónica: basta con tomar los medicamentos, llevar un estilo de vida saludable y estar en control médico, para evitar complicaciones de salud.

José cuenta que a él a veces se le olvida que es portador del VIH, porque no se siente diferente al resto. Él sigue con su novia, la misma a la que le transmitió el virus. Llevan más de una década en pareja, y tienen una hija de siete años, quien, gracias a los tratamientos médicos, no es portadora.

“Lo que hicimos fue echar para delante. Todo nos ha salido bien, no volví a tener problemas de salud y mi señora y la chiquita están ‘pura vida’; ella va a la escuela. Somos una familia como cualquier otra”, explica.

Yadira, por su parte, ha tenido dos parejas desde que le dieron su diagnóstico y ninguno la rechazó por ser seropositiva: “Más bien, ellos me agradecieron por la honestidad, porque sabían que soy una mujer responsable”.

Pese a que se puede tener una buena calidad de vida siendo portador del VIH, aún persiste la discriminación y el estigma; en eso coincidieron los cuatro protagonistas de este reportaje.

A Yadira, antes de ser promotora de salud, la despidieron de su trabajo como recepcionista en un bufete de abogados, porque temían que contagiara a los clientes cuando los atendía. Por situaciones como esa, es que muchas personas seropositivas prefieren esconder su condición a sus patronos.

Eugenio, por ejemplo, dice que es casi como llevar una identidad secreta. “Es como lo que hace Batman para que no sepan que es Bruno Díaz. Movés aquí, hablás allá, hacés una serie de maromas para asistir a las citas médicas y que nadie sospeche, porque si se dan cuenta, quién sabe cómo pueden reaccionar en el trabajo”.

Para el psicólogo Joel Chavarría, hay una gran deuda de la sociedad y del Estado en combatir la discriminación, pues se maneja un discurso de respeto, pero en la práctica no se concreta.

El experto cree que debe haber más campañas y estrategias para prevenir el VIH, que estas incluyan la eliminación de mitos y prejuicios, en conjunto con la promoción de relaciones sexuales seguras (uso adecuado del condón) .

La ministra Castillo señaló como avance los nuevos programas de sexualidad y afectividad del Ministerio de Educación, que abordan el tema del VIH de forma integral.

Otra recomendación, más concreta y práctica, para todo aquel que ya inició su vida sexual, es hacerse la prueba del VIH para salir de dudas. Si el resultado es negativo, se elimina cualquier temor; si es positivo, pues se puede iniciar el tratamiento antes de que el virus avance, lo que disminuye las posibilidades de complicaciones en la salud. Además, evita el riesgo de transmitir el virus a otra persona sin siquiera estar consciente de ello.

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