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Señas con sello criollo

Actualizado el 09 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Ya no está el cine Capri, la pulpería La Luz ni la ‘Y griega’, pero siguen usándose para DAR DIRECCIONES en Costa Rica. ¿Vacilón o dolor de cabeza para muchos?

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De la rotonda de la Gallito, ya no queda ni rotonda ni Gallito. Lo que existe en su lugar es un cruce comandado por semáforos y un gran supermercado de nombre anglosajón.

Hace más de una década que dejó de oler a chocolate en este punto de Guadalupe, pero todavía hoy, muchas direcciones de ese sector empiezan con la frase: “De la rotonda de la Gallito...” y terminan con referencias como “hacia arriba”, “para abajo” o bien con la mención de un punto cardinal.

La otrora rotonda no se queda sola en este apartado de lugares que “ya no son pero siguen siendo”.

La “y griega”, que en el algún momento salía de San José en dirección hacia el sureste perdió su forma de “ye” y es ahora una “o”, pues otra rotonda sustituyó el punto donde el camino se bifurcaba: a la derecha, hacia Desamparados, y a la izquierda, a San Francisco de Dos Ríos.

La fábrica Dos Pinos tiene mucho tiempo de haber salido de barrio Luján y ahora se ubica ahí el Patronato Nacional de la Infancia. A pocos kilómetros, la pulpería La Luz se convirtió en el restaurante Bagelmen’s.

En el centro de San José tampoco existen ya los cines Rex y Capri, y ni rastros quedan de la famosa cantina La Cañada, pues cerró sus puertas en la avenida segunda hace casi 50 años. Y entre Santo Domingo y Heredia, solo queda la fachada del antiguo matadero.

Ni en los aparatos más precisos de navegación satelital se pueden encontrar estos extintos puntos, pero la memoria colectiva del tico las sigue empleando como referencias de rigor.

Para muchos, esta podrá ser una práctica folclórica, divertida y hasta nostálgica, pero también provoca muchos dolores de cabeza, sobre todo a quienes no tienen cómo echar mano de los recuerdos y las alegorías.

Según Mauricio Rojas, gerente comercial de Correos de Costa Rica, cerca de un 40% de las direcciones que emplean los costarricenses tienen errores, lo que causa dificultades que van más allá de la anécdota de tener que dar vueltas y vueltas para encontrar un lugar.

A diario, las direcciones llenas de equivocaciones o de imaginación suelen afectar también el trabajo de mensajeros, repartidores y carteros.

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En Correos de Costa Rica conservan algunas direcciones particulares con las que se han enfrentado en algún momento. Una de las más memorables decía: “Del frente de la playa, 800 metros al este, frente a casa en construcción”.

Otro cartero tuvo que hacer maromas para encontrar una casa de habitación en Pacuarito de Siquirres, Limón. La única pista que tenía era: “De la casa sin pintar de la señora Josefina, 50 al este”.

En el caso de los carteros, les toca descifrar e interpretar este tipo de direcciones y aprenderse los nombres de las personas de una zona para facilitarse los recorridos. No es muy diferente de lo que debe hacer cualquier tico cuando tiene que llegar a una dirección nueva.

Esta práctica representa una pérdida cercana a los $720 millones anuales, según un estudio del Banco Mundial hecho en el 2010 en el marco del desarrollo del proyecto Regularización del Catastro Nacional.

Para el análisis, se tomaron en consideración las afectaciones al turismo, la atención de emergencias y el consumo de combustible, entre otros.

“Hemos visto como algo muy normal y hasta jocoso el hecho de no tener direcciones formales y que la gente tenga que dar referencias diferentes para llegar a un mismo lugar pero, en realidad, eso es un problema del país”, comenta Rojas.

Tras una consulta en Facebook, varios cibernautas compartieron sus direcciones favoritas, por inverosímiles.

“En Zapote, una muy común es: de la esquina noreste del redondel...”, dice Andrés Obando.

“Una que fue registrada en la entidad donde laboro decía: de la casa de Óscar Arias, 1.250 metros al oeste, 100 norte y 150 norte”, escribió un usuario identificado como Luis Diego.

Róger Méndez Ballestero publicó una dirección que a cualquier tico se le puede hacer familiar: “ Del bar Bluemoon, 100 varas al sur hasta el palo de jocote, ahí da la vuelta a la derecha y baja la cuesta, llega a la calle con huecos, sube por la placilla y ahí, al puro frente, a la par del chirrite, está mi casa”.

Vienen las placas

A lo largo y ancho del país todavía se cuentan con los dedos de las manos los cantones que ya poseen postes con rótulos donde se indican los nombres de vías y los números de calles y avenidas, en muchos casos, de forma parcial.

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Entre estos figuran Talamanca, Oreamuno, Osa, Tibás, Moravia, el cantón central de Heredia, Liberia, Los Chiles y Ciudad Cortés.

Antes de que se acabe el año comenzará un proyecto que sumará al cantón de San José a esta privilegiada lista. Está previsto que para el 2013 se haya concluido la instalación de rótulos en los 11 distritos del cantón central, al que ingresa un millón de personas cada día.

Después de cuatro años de estar en trámite, la Contraloría General de la República autorizó la aplicación del proyecto, que implica la confección de 16.000 placas metálicas con los números y los nombres de cada vía además de un logo de su “padrino” o patrocinador.

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El proyecto se pondrá en marcha de acuerdo con la Norma Técnica de Identificación de Direcciones, impulsada por Correos de Costa Rica. Un código indicará la provincia, cantón, distrito, avenida, calle y número de casa. Del vértice de cruce entre calles y avenidas, se enumerará, por metros de distancia, a cada casa o edificio.

¿Acabarán estos proyectos con la tradición de dar “direcciones a la tica”? Un grupo de taxistas, cuyo trabajo se desarrolla sobre calles y avenidas, debate en torno a la pregunta mientras algunos clientes esperan por el servicio.

“Para el tico seguirán siendo útiles las referencias tradicionales, pero a un extranjero eso no le sirve. En el centro de San José, yo le puedo llegar directo si me dice la dirección por números, pero afuera del casco central ya uno se jode y necesita un punto de referencia como la plaza, un bar, la iglesia, una tienda o una escuela” opina Óscar Ureña, de 64 años de edad.

Por su parte, Gabriel Romero, de 60 años, cuenta que desde niño lo educaron para ubicarse bien a partir del “punto cero”, entre el Parque Nacional y la Catedral Metropolitana.

“No es tan completo, lo que pasa es que hay gente a la que le cuesta y por eso prefiere dar puntos de referencia por pura costumbre”.

”Para mucha gente, no es lo mismo llegar a Coneja (una venta de repuestos), frente a La Castellana, a que le digan que vaya a la avenida 10. Está bueno que pongan placas, son necesarias; pero la gente va a seguir dando otras direcciones”, opina.

El grupo de taxistas está acostumbrado a recibir direcciones confusas y arbitrarias mientras corre la maría . Entre tantos clientes, conocen a algunos que se resisten a dejar de llamar a las calles por su nombre, aun cuando se esté hablando de dotarlas de numeración. Por ejemplo, transitan frecuentemente por calle Lencha (en Tibás), calle Ronda (en Santo Domingo de Heredia) y Chile ’e Perro (en Moravia), que oficialmente se llama La Alondra.

Andrés Fernández, diseñador, arquitecto e investigador costarricense, asegura que un sistema de nomenclatura sumamente riguroso existió en San José desde principios del siglo XX y prevaleció por varias décadas con bastante éxito.

“No poder contar con eso ahora es contraurbano y favorece el desorden en la capital”, comenta el especialista.

Fernández explica que la tradición del tico de usar referencias prácticas proviene de cuando los campesinos migraron a la ciudad y trajeron consigo el uso de un sistema de ubicación meramente orgánico y no cartesiano. “Utilizan puntos de referencia reconocibles como un árbol, una quebrada o un cruce de caminos, que en el campo hacen una gran diferencia”.

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