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Hiroo Onoda

Un samurái atrincherado en la selva

Actualizado el 26 de enero de 2014 a las 12:00 am

En 1944, el teniente de la inteligencia japonesa había recibido la orden de boicotear la isla filipina de Lubang y asumió el mandato con tanto fervor que, 15 años después, no pensaba todavía en rendirse.

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La rendición oficial del teniente Onoda se dio frente al entonces presidente filipino, Ferdinand Marcos. Onoda le entregó su espada samurái y luego Marcos se la regresó.

Hiroo Onoda tuvo el raro privilegio de morir dos veces en una sola vida. En 1959, cuando el soldado japonés llevaba casi 15 años desaparecido tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, las autoridades dijeron basta y firmaron el acta de defunción.

Onoda estaba aún oculto en la selva de Filipinas (vivo, claramente) y nunca dijo si sintió algo al morir en el papel... una picazón, una corazonada, un calambre en el cuello.

En 1944, el teniente de la inteligencia japonesa había recibido la orden de boicotear la isla filipina de Lubang y asumió el mandato con tanto fervor que, 15 años después, no pensaba todavía en rendirse. Fue hasta 1974 cuando aceptó salir de la jungla, luego de que su antiguo comandante dejara su retiro como librero y cruzara el mar desde Japón para relevarlo de su puesto.

La semana pasada, el registro nipón de defunciones anotó de nuevo el nombre de Hiroo Onoda. Esta vez fue en serio: falleció el 16 de enero del 2014 en un hospital de Tokio, convertido en una celebridad de la cultura de la posguerra, el último de los grandes tercos japoneses.

Los haikus , estos poemas pequeños de menos de 17 sílabas que tan bien trabajó Matsuo Bashô, son parte importante de la tradición japonesa. Ahí están las estrellas, el otoño, el viento que empuja como un niño las flores del cerezo. Ahí la vida del jardín, del orden, del honor.

En 1996, Hiroo Onoda sostuvo una fotografía suya de 1974, cuando se le ve tras salir de Filipinas.
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En 1996, Hiroo Onoda sostuvo una fotografía suya de 1974, cuando se le ve tras salir de Filipinas.

Honor y órdenes, hasta la muerte.  Todos son felices víctimas y feligreses de su código de honor, escrito a veces, observado siempre.

Onoda no fue un caso aislado. Son docenas los uniformados nipones que sobrevivieron el pasar de los años. El teniente fue el penúltimo, solo superado por Teruo Nakamura, a quien debieron arrancarlo de la selva de Indonesia en diciembre de 1974.

La venganza de los 47 ronin ayuda a comprender el porqué de estas vigilias eternas. En el siglo XVIII, 47 samuráis quedaron huérfanos cuando su líder agredió a un alto funcionario y se suicidó por el deshonor. Los guerreros planificaron su revancha durante dos años, asesinaron al funcionario y luego fueron sentenciados a suicidarse. Y lo hicieron.

Esa es la herencia de los samuráis que recibieron los soldados del siglo XX. Está en su sangre. Cuando el emperador japonés Hirohito decretó rendirse y finalizar los combates, su ministro de guerra se quitó la vida.

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Otro caso: el último general a cargo de la defensa de Tokio ordenó a sus subalternos quemar sus banderas. Luego, él mismo se suicidó con la esperanza de que bastara para librar del deshonor a su ejército.

Honor y órdenes, hasta la muerte. Así también le pasó a Onoda. Todos son felices víctimas y feligreses de su código de honor , escrito a veces, observado siempre.

Hiroo Onoda nació el 1.° de marzo de 1922 y se enlistó a los 20 años en el ejército japonés. En diciembre de 1944, el teniente de Inteligencia Militar arribó con otros tres soldados a Lubang con la misión de sabotear al enemigo y no claudicar jamás.

Tras la rendición japonesa, empezaron a caer volantes del cielo anunciando el final de la guerra e invitando a los combatientes a salir. Los cuatro hombres concluyeron que se trataba de propaganda aliada. Lo mismo pensaron cuando unos aviones arrojaron órdenes de retirada del general Tomoyuki Yamashita y fotos y cartas de familiares. Falso, falso; todo falso.

Sin embargo, el tiempo no pasa en vano. Onoda se fue quedando solo. Uno de sus compañeros se rindió en 1950 ante el enemigo inexistente y otro fue asesinado por un campesino en 1954. Para inicio de los años 70, su único compañero era Kinshichi Kozuka.

Para que Onoda reviviera, primero tuvo que morir Kozuka.

Hiroo Onoda se rindió el 9 de marzo de 1974 después de recibir una orden directa de su comandante. No antes, no después. Tras hacerlo, le dio un detallado reporte de la información recolectada tras 29 años de inteligencia
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Hiroo Onoda se rindió el 9 de marzo de 1974 después de recibir una orden directa de su comandante. No antes, no después. Tras hacerlo, le dio un detallado reporte de la información recolectada tras 29 años de inteligencia

Son muchas las marcas que deja el vivir tres décadas en la selva, huyendo, robando y matando. Viviendo de bambú y arroz robado. El teniente y sus camaradas lo mismo incendiaron viviendas que mataron campesinos

En 1972, Kinshichi Kozuka recibió dos balazos en el pecho cuando quemaban arroz como parte de sus actividades de guerrilla. Onoda quedó solo y luchando una guerra imaginada, pero convencido de que el conflicto seguía.

En Japón, sin embargo, la muerte de Kozuka levantó sospechas. Si este tipo aparece 27 años después, ¿por qué no Onoda?

Para ese entonces, era una figura de leyenda.  Un hippie llamado Norio Suzuki salió de Japón buscando a Onoda, a un panda y al abominable hombre de las nieves, en ese orden. Lo halló en Filipinas y, tras entablar amistad, el teniente le confesó que debía mantener la posición, tal como le habían ordenado.

Suzuki sí regresó a Japón y trajo consigo fotos para probar su historia.

Pues nada, el gobierno decidió llamar a quien carajos hubiera sido el superior inmediato de ese hombre durante la guerra para llevarlo de regreso al archipiélago filipino.

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Hiroo Onoda se rindió el 9 de marzo de 1974 después de recibir una orden directa de su comandante. No antes, no después. Tras hacerlo, le dio un detallado reporte de la información recolectada tras 29 años de inteligencia, informó entonces la revista Time .

El teniente tenía todavía su rifle Arisaka 99 en perfecto estado, 500 rondas de municiones, varias granadas de mano y el puñal que recibió de su madre en 1944.

Ese día, otro soldado japonés cumplió con su palabra. El teniente aguantó tantísimos años porque al llegar a Filipinas había recibido una orden clara de su superior inmediato: “Esta misión puede durar tres años, puede durar cinco, pero pase lo que pase, volveremos por ustedes”.

El mayor Yoshimi Taniguchi, el superior de Onoda, llegó tarde, pero cumplió.

Hiroo Onoda regresó a un Japón diferente. El gobierno que vivía en los rascacielos de Tokio era cercanísimo al viejo enemigo norteamericano y, en su ausencia, las familias niponas vieron al hombre alcanzar la Luna desde sus televisores. Constelaciones de automóviles llenaban la capital. Su país no existía.

El teniente japonés Hiroo Onoda (al frente, a la izquierda) salió de la selva filipina el 11  de marzo de 1974. Todavía tenía su uniforme reconocible.
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El teniente japonés Hiroo Onoda (al frente, a la izquierda) salió de la selva filipina el 11 de marzo de 1974. Todavía tenía su uniforme reconocible.

Sin embargo, él era lo que Japón necesitaba. “Parecía personificar una devoción a los valores tradicionales que muchos japoneses pensaron que habían sido perdidos”, escribió The New York Times en su obituario .

A su regreso, el primer ministro no escatimó poesía, y escribió en su honor: “El aire de un héroe celestial será asombroso por mil otoños”. La población abarrotó las calles para verlo, pero Onoda no encontró reposo.

Un año después de salir de Filipinas, emigró a una colonia tradicionalista en la meseta brasileña. Allí hizo su vida y no regresó a Japón sino hasta 1984. Desde esa fecha, empezó a alternar entre ambos países, pero siempre receloso de la ciudad.

Esas son las marcas obligatorias que deja el vivir tres décadas en la selva, huyendo, robando y matando. Viviendo de bambú y arroz robado, el teniente y sus camaradas lo mismo incendiaron viviendas que mataron campesinos. Era guerra.

Hiroo Onoda finalizó su lucha cuando llegó a capitular frente al presidente de Filipinas, Ferdinand Marcos, en 1974. Todavía en su uniforme rasgado por la selva, el teniente apeló al honor japonés cultivado durante milenios y se rindió del único modo que supo.

Tomó su espada samurái y se la ofreció al presidente.

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