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Refugiados de Malí: sobrevivientes a tiempo completo

Actualizado el 26 de mayo de 2013 a las 12:00 am

282.000 desplazados por el conflicto militar de Malí LUCHAN POR SOBREVIVIR en condiciones infrahumanas. La ayuda internacional es deficiente y llega a cuentagotas.

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Refugiados de Malí: sobrevivientes a tiempo completo

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No fue la guerra, ni el ejército francés, ni los yihadistas. Fue el miedo. Ese miedo a morir los obligó a dejarlo todo –familia, casa, ganado– con la esperanza de ocultarse de la muerte. Sin embargo, ella sigue ahí, acostándose a diario con los más de 282.000 desplazados que suma el conflicto militar de Malí.

Campamentos en Burkina Faso, Níger y Mauritania son sus nuevas “casas”. Pequeñas tiendas donde la guerra contra el hambre, el calor y la falta de agua está en pleno desarrollo, mientras la ayuda internacional tarda en llegar.

“Tomamos la decisión de partir por temor al ejército, vi un montón de atrocidades y perdí a muchos seres queridos”, relató a la organización Médicos sin Fronteras (MSF), Ibrahimou, un hombre de 71 años albergado en el campamento de Mbera, en la vecina Mauritania, donde viven actualmente unos 76.000 refugiados, según datos de la Agencia de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

Las condiciones de vida en Mbera fueron documentadas en un informe de MSF que permite entender los matices de esta incansable lucha por sobrevivir.

La principal razón con la que los refugiados de Mbera justifican su escapatoria de Malí es el temor a convertirse en víctimas de la persecución étnica. Temor más que fundamentado si tomamos en cuenta que el 65% de los refugiados que se encuentran en Mauritania son tuaregs y un 26%, árabes. Se trata de grupos que participaron en el levantamiento que vivió la zona norte del país antes de que los yihadistas tomaran el control, en enero del 2013. Esto los convirtió en blanco de persecución por parte del ejército de Malí.

La falta de alimento es otro de los puntos por los que las personas huyen de la nación africana.

“La vida se volvió muy difícil. No tenía nada qué darles a mis niños, nada de comer. Las tiendas estaban cerradas o vacías. Tampoco había mercado para el ganado. Y como tengo hijos pequeños que alimentar, no me podía quedar”, comentó a MSF Halima, una mujer de 24 años.

Pesadilla

Al huir de su tierra, la preocupación de los refugiados se transformó, pero no desapareció. La tensión que hace varias semanas les generaban las balas hoy la produce el hambre, la falta de agua, el calor...

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La escasez de productos básicos como jabón y la llegada de nuevos refugiados ha provocado una degradación de las medidas de salubridad. En enero de este año, por ejemplo, había en Mbera cuatro letrinas para 12.000 personas, cuando lo recomendado es una por cada 20 individuos.

El agua es asunto de importancia extrema en la región, ¿cómo no va a serlo si la temperatura puede alcanzar los 50 grados Celsius? Se estima que cada refugiado toma, en el mejor de los días, 11 litros de agua cuando lo necesario, en condiciones de calor como estas, son 20 litros como mínimo.

De vuelta al hambre, esta es, sin duda, una gran amenaza. Comer depende de la distribución mensual que realizan las Naciones Unidas, en la que se entrega a la gente arroz, harina, aceite, leguminosas y azúcar. Dieta inadecuada para el desarrollo de los niños –uno de cada cinco menores sufre desnutrición– y que no coincide con el consumo tradicional de los adultos de la zona, basado en carne y leche.

¿Y la ayuda?

Que estos refugiados puedan seguir escapando de la muerte depende de una asistencia internacional insuficiente y tardía.

El último reporte de Acnur detalla que se necesitan unos $144 millones para hacerle frente a esta crisis.

Sin embargo, solo se ha podido recaudar un 32,1% de ese monto, es decir, unos $46 millones, de los que Japón aportó $30 millones.

El analista Claudio Alpízar considera que la principal razón por la que es tan complicado conseguir recursos es porque África no es tan importante a nivel geopolítico para las potencias.

Mientras llega la ayuda, si es que llega, estos refugiados y unos 66.000 más –que, según Acnur, ingresarán a los campamentos en el transcurso del 2013– deberán hacer de la lucha por la vida su trabajo de tiempo completo.

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