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Poesías y apuros en el ocaso del precario Triángulo de la Solidaridad

Actualizado el 01 de junio de 2014 a las 12:00 am

El Triángulo de la Solidaridad está a punto de desaparecer. Desde adentro, la gente empieza a empacar sin saber adónde ir; desde afuera, sus vecinos aplauden aliviados. La historia de ese pedazo de tierra invadida es un retazo de la realidad nacional.

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Poesías y apuros en el ocaso del precario Triángulo de la Solidaridad

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Hay un poeta en el Triángulo de la Solidaridad que es campeón de ajedrez y fanático de la matemática. Quiere ser ingeniero en sistemas; no, arquitecto; no, ingeniero...

Lo encontramos una tarde con los demás niños del precario, en un pasadizo del sector 2, donde, entre los ranchos de lata de cinc y los de madera añeja, se juntan todos a jugar bolinchas, tablero, trompo y mejenga.

– ¿Cuándo empezó a escribir?

– La primera vez que me enamoré.

–¿Cuantas veces se ha enamorado?

–Solo una, gracias a Dios.

– ¿Darío o Debravo ?

–De Bravo– contesta sin titubear.

No tiene ningún verso con él, pero asegura que se los sabe de memoria. Acto seguido, toma la libreta de periodista prestada y escribe:

Por las noches tengo largos pensamientos donde te comparo con la naturaleza…

Empiezo con una rosa porque me recuerda tu belleza

Continúo con el mar, porque en el oleaje escuché tu corazón palpitar

De rodillas, doy gracias a Dios por ponerte en mi camino y alumbrar mi destino como un lucero alumbra mil senderos.

El poeta Steven Coronado tiene 13 años, está en segundo año de colegio y, como casi todos los niños del precario Triángulo de la Solidaridad , es de nacionalidad costarricense, hijo de padres nicaragüenses.

De los 380 asentamientos en precario que el Ministerio de Vivienda y Asentamientos Humanos ( Mivah ) registra en territorio nacional, el Triángulo de la Solidaridad es, en este momento, el que concentra la mayor atención del Gobierno. La razón: está a punto de desaparecer.

Para finales de julio,   192 familias deberán haber dejado el precario, entre ellas la de Liseth Marín. |   MARCELA BERTOZZI
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Para finales de julio, 192 familias deberán haber dejado el precario, entre ellas la de Liseth Marín. | MARCELA BERTOZZI

“Estoy feliz de que todo esto se acabe. Al final se termina esta preocupación, 14 años temiendo por el día en que nos saquen, preocupados siempre. Que mañana… que la otra semana…Ahora ya parece que es fijo, ¡nos vamos!”, Auxiliadora Cruz.

No hay apelación válida y los precaristas están resignados. Finalmente, comenzó la cuenta regresiva para marcharse, tras numerosas prórrogas, trámites y hasta una resolución de la Sala Constitucional que data del 2010.

La nueva carretera Circunvalación norte pasará por el terreno público que hace 14 años fue invadido por familias en extrema pobreza.

Para la última semana de julio, 192 familias, de las 522 que allí residen, deberán haber abandonado su hogar y se calcula que las restantes lo harán en diciembre.

La comunidad

A su manera, cada quien se prepara para el adiós. Unos buscan lote, casa o un bono de vivienda. Otros ponen su confianza en la junta directiva de la asociación de vecinos, la cual procura encontrar un terreno al que pueda mudarse toda la comunidad.

“Estoy feliz de que todo esto se acabe. Al final se termina esta preocupación, 14 años temiendo por el día en que nos saquen, preocupados siempre. Que mañana… que la otra semana…Ahora ya parece que es fijo, ¡nos vamos!”.

Las palabras son de Auxiliadora Cruz, doña Xilo , quien tiene 60 años y 20 de haber llegado a Costa Rica procedente de Managua; es abuela de cuatro ticos.

“Estoy triste porque este es nuestro hogar y ya no vamos a estar juntos. Los vecinos somos como una familia, aquí hicimos nuestra vida”, reflexiona.

Doña Xilo reconoce que en el precario, la vida no es sencilla, pero que, al menos, está cerca de las escuelas, los centros médicos, las fuentes de trabajo y las paradas de bus.

Antes de ser un precario, el Triángulo de la Solidaridad fue una pista de motocross. Se ubica en Goicoechea, pero está muy cerca de Tibás, justo detrás del motel que antes se llamaba Edén, paralelo a la ruta 32.

Doña Xilo nos da un recorrido por los callejones y alamedas de los cuatro sectores del asentamiento, en compañía de su mascota Duque, un zaguate que juega a ser su sombra.

Por los pasillos encontramos a escolares, como Jostin Sánchez, de 11 años, y promedio de honor en la escuela; a trabajadores como Julio Orozco, de 18 años, electricista que en su tiempo libre se gana extras como barbero y que cursa el cuarto año en un liceo nocturno con la meta de llegar a la universidad y graduarse de ingeniero civil.

Pasamos por seis templos evangélicos; nos topamos a varios testigos de Jehová, a madres con bebés en brazos y a Rambo, un avejentado y escuálido sujeto que va escoltado por un agente de la Fuerza Pública, tras ser denunciado, una vez más, por violencia doméstica. El tipo va borracho y sin camisa.

En cada puerta, hay una historia de migración, de integración, de multiculturalidad. El vecindario está formado por albañiles, peones, servidoras domésticas y empleados de compañías telefónicas privadas.

La soda Carmencita está en el sector 1. No es la única, pero sí la más famosa. La cuchara nica de doña Carmen Palacios incluye nacatamales, sopa de gallina y chancho con yuca.

El postre se come donde doña Xilo: chocobananos con maní bañados en leche condensada. La receta incluye manteca Clover y polvo de cacao y los precios van de ¢150 a ¢450, según el tamaño.

Así se gana doña Xilo el sustento; la pulsea también vendiendo números de rifas, en las que el premio es un botín de ¢30.000. “De eso se trata esto, de pulsearla ”…

Doña Ana y doña Flor

Doña Ana Martínez tiene 55 años y es líder comunal del Triángulo de la Solidaridad. Es la principal encargada de buscar una solución de vivienda para todas las familias que se quedarán sin techo. Por eso, se reúne con los del Ministerio, procesa trámites e informa a la gente.

Doña Flor de María Gómez tiene 75 años y es líder comunal de Santa Mónica, el barrio residencial que colinda con el precario. Ella es la principal encargada de buscar una solución para que el Triángulo de la Solidaridad sea desalojado. Para ello, procesa trámites e informa a la gente.

Doña Ana asegura que en el barrio Santa Mónica no los quieren, que los ven como “un nido de ratas”.

Doña Flor sostiene que no quieren maltratar ni perjudicar a los habitantes del Triángulo; solo quieren que se vayan a otro lugar.

Su principal motivación es la inseguridad que envolvió a la zona desde la llegada del precario.

Doña Ana dice que es cierto que hay gente mala, pero que también hay mucha gente buena y trabajadora, que lucha honradamente para salir adelante.

Doña Flor dice que es cierto que hay gente buena, pero que también hay mucha gente mala, que roba y genera desorden.

Doña Ana y doña Flor no se conocen; ni saben que la otra existe. Ellas insisten en que la labor que hacen es respaldada por sus compañeros de la junta directiva de la asociación, y por los vecinos del precario y del residencial, respectivamente; es decir, ninguna quiere monopolizar el mérito de los esfuerzos realizados.

El sacerdote Luis Gonzalo Mateo oficia misa todos los domingos en la capilla “Quién causa tanta alegría”, ubicada en el sector 1 del Triángulo. Él asegura que el asentamiento es un chivo expiatorio al que se le endilga la culpa de cualquier problema. “Las personas le tienen miedo al precario, pero acá somos buena gente, hay tranquilidad y hermandad”, sostiene el misionero claretiano, quien opina que la Iglesia católica debe convertirse en un puente entre los barrios marginales y los residenciales vecinos.

Julio César Orozco tiene 18 años,  es electricista y cursa el cuarto año en un liceo nocturno. En su tiempo libre, se gana algún dinero extra como barbero. Acá atiende a Miguel Colindres.  | FOTO: MARCELA BERTOZZI
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Julio César Orozco tiene 18 años, es electricista y cursa el cuarto año en un liceo nocturno. En su tiempo libre, se gana algún dinero extra como barbero. Acá atiende a Miguel Colindres. | FOTO: MARCELA BERTOZZI

En cada puerta, hay una historia de migración, de integración, de multiculturalidad. El vecindario está formado por albañiles, peones, servidoras domésticas y empleados de compañías telefónicas privadas.

Doña Flor coincide con el sacerdote en cuanto a la hermandad que debe reinar, pero el discurso se desploma en lo pragmático. Robos de mangueras y macetas, daños a las estructuras de los parques de juegos comunales, consumo de marihuana en las canchas y parques, y tachas de vehículos, son parte de las acciones que llegaron a socavar la tranquilidad de los barrios aledaños Santa Mónica y Las Dalias, según varios vecinos.

La Policía, por su parte, afirma que el principal conflicto con la ley que se da en el Triángulo es la violencia doméstica: deben atender unas tres llamadas cada semana para intervenir en casos similares al de Rambo.

Jorge Calderón, capitán y jefe de la delegación de la Fuerza Pública de Tibás, indicó además que la delincuencia que se registra de parte de pobladores del precario tiene que ver con hurtos en supermercados: se roban atunes, paquetes de arroz o pastas, que esconden entre sus ropas.

Tal acción parece obedecer al objetivo de cubrir una necesidad básica. Sin embargo, es equivocado pensar que en el precario la gente se “muere de hambre”.

En el paisaje, sobre los techos de cinc de los ranchos hechizos se divisa un ejército de antenas parabólicas de las empresas Sky y Claro, mientras que en algunas casitas, un televisor de pantalla plana desentona en medio de escenarios dominados por la miseria.

Natalia Morales, economista e investigadora del Programa Estado de la Nación , aclara que tal fenómeno no ha sido objeto de estudio, pero a partir de resultados de otras investigaciones, ensaya una respuesta:

“Se ha evidenciado que las personas pobres tienen una serie de activos básicos materiales: refrigeradoras, lavadoras, televisores… que no tienen un costo muy elevado, los adquieren mediante financiamiento a plazos y terminan pagando dos o tres veces más el costo. No obstante, son cuotas relativamente accesibles, a diferencia de lo que implicaría endeudarse con un lote o una casa, algo que está fuera de su alcance”.

Sin destino claro

Tal y como lo plantea la experta, las opciones de una mejor vivienda para los precaristas del Triángulo son limitadas en lo económico. Los ranchos donde habitan les fueron heredados o los construyeron ellos mismos. Algunos los compraron o los alquilan a otros precaristas.

Ahora deben lidiar con una barrera social para buscar un nuevo hogar, pues nadie los quiere recibir como vecinos.

“Hay una reacción extraña: hacemos un sondeo para ver terrenos, pero cuando decimos que somos del Triángulo, nos rechazan… Lo mismo pasa cuando la gente sale en busca de una casa para alquilar”, cuenta doña Ana.

El mismo problema afronta el Ministerio de Vivienda, al cual distintos municipios le han cerrado las puertas al enterarse de sus intenciones de edificar un proyecto habitacional para ellos.

Prueba de ello son las reacciones de los alcaldes de Escazú y Moravia, luego de que La Nación publicara que sus cantones figuraban como opciones .

“Hubo una reacción de malestar y protesta de la comunidad de Escazú en Facebook y por medio de llamadas telefónicas. Me decían: ‘Alcalde, pare ese asunto’. Y quedó claro que la municipalidad no lo va a permitir”, sentenció Arnoldo Barahona, alcalde escazuceño.

Por tal motivo, Erick Mata –quien hasta la semana pasada fue director de Vivienda del Mivah y cabeza del proyecto de reubicación de las familias del Triángulo– prefirió no revelar la ubicación de los lotes que barajan para levantar las nuevas soluciones habitacionales. Así busca evitar enfrentamientos prematuros con las comunidades y con sus gobernantes.

No obstante, Mata asegura que la alternativa más viable es la construcción de un edificio vertical de apartamentos, el cual se situaría en un remanente del terreno que se recuperó para hacer la nueva carretera; es decir, a poca distancia de donde está ahora el Triángulo.

Ajedrez,  tablero, bolinchas, trompo y mejenga son parte de los juegos con que se divierten los niños que habitan el precario Triángulo de la Solidaridad.  |   FOTO: MARCELA BERTOZZI
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Ajedrez, tablero, bolinchas, trompo y mejenga son parte de los juegos con que se divierten los niños que habitan el precario Triángulo de la Solidaridad. | FOTO: MARCELA BERTOZZI

Por los pasillos encontramos a trabajadores como Julio Orozco, de 18 años, electricista que en su tiempo libre se gana extras como barbero y que cursa el cuarto año en un liceo nocturno.

El proyecto daría casa a 100 familias y contaría con áreas verdes y zonas de juego. El ayuntamiento de Goicoechea ya dio el visto bueno, mas para que tenga luz verde definitiva, requiere de un permiso de la Secretaria Técnica Nacional Ambiental, el cual está pendiente.

Otra posibilidad para los pobladores del precario es optar por un bono de vivienda o por el subsidio de alquiler del Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS) por un plazo de seis meses.

Todas estas opciones son exclusivas para quienes cumplan los requisitos de ley (no tener propiedades y no haber recibido un bono antes) y tengan su condición migratoria en orden.

Así las cosas, el tiempo es el principal enemigo para los habitantes del Triángulo, aún más que los vecinos de Santa Mónica y Las Dalias.

Doña Ana corre y corre entre reuniones y asambleas; la gente le entrega papeles para que lleve a la Dirección de Migración y documentos para que los presente en el Mivah y en el IMAS. A veces, parece desesperarse, pero siempre responde con una sonrisa que proyecta la tranquilidad de un “todo va a salir bien”.

Doña Flor, quien ha sido regidora y síndica en la municipalidad de Tibás por el Partido Acción Ciudadana, espera ansiosa que se concrete el desalojo.

Tantas veces la medida se ha quedado en el discurso y el papel, que el escepticismo la embarga. Aclara que espera que a la gente del Triángulo le vaya bien y recalca que son “excelentes y hermosas” personas.

Las últimas tres servidoras domésticas (incluyendo la actual) que han trabajado en la casa de doña Flor, son precaristas del Triángulo. A todas, asegura la señora, les tiene mucho cariño, en es especial a Carolina Hernández, quien actualmente le ayuda.

Carolina tiene 32 años y es madre sola de dos hijos costarricenses, uno de 9 años y otro de 14 meses. Es nicaragüense pero hace dos décadas llegó al país y vive en el Triángulo desde que este existe.

De Carolina, doña Flor dice que es una gran trabajadora, honesta y dedicada. De doña Flor, Carolina afirma que es muy dulce, buena y amable.

Del ocaso del precario, del que tanto ha escuchado a hablar a doña Flor, Carolina prefiere no hablar. No le gusta siquiera pensar en eso. No sabe qué hará cuando la cuenta regresiva llegue a cero.

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